He recibido en estos días muchos mensajes de amigos y amigas colombianos con el corazón sobrecogido por la profunda herida que ha dejado en la sociedad el reciente plebiscito llevado a cabo en aquel país para refrendar o no unos acuerdos de paz firmados entre su actual presidente y los líderes de las FARC.
También en estos días he convivido con mis dos hermanos y sentido en carne propia los profundos enfrentamientos alentados en la sociedad argentina por los anteriores y actuales líderes del país. Todo lo que se hizo anteriormente estuvo mal y todo lo que se hace ahora está bien, o viceversa. El actual gobierno disimula su orientación pro-ricos inundando los medios con denuncias de corrupción de funcionarios salientes; los que enfrentamos esas políticas que empobrecen al pueblo decimos que el actual gobierno también presenta casos notables de corrupción solo ocultados y mezquinados por los medios de comunicación hegemónicos.
Lo tercero que me pasó en estos días es que volví a leer el prólogo que en la España de 1914 escribió José Ortega y Gasset a su obra Meditaciones del Quijote. Pocos años después la guerra civil hizo entrar a ese país en una noche oscura, no por repetida menos dolorosa.
Y quise compartir con ustedes la reflexión que sobre el amor y el odio hace ese entonces joven español, pensando que quizás algo nos puede decir también a nosotros.
“Yo sospecho que, merced a causas desconocidas, la morada íntima de los españoles fue tomada tiempo hace por el odio, que permanece allí artillado, moviendo guerra al mundo. Ahora bien: el odio es un afecto que conduce a la aniquilación de los valores. Cuando odiamos algo, pone un fiero resorte de acero que impide la fusión, siquiera transitoria, de la cosa con nuestro espíritu. Solo existe para nosotros aquel punto de ella donde nuestro resorte de odio se fija; todo lo demás, o nos es desconocido, o lo vamos olvidando, haciéndolo ajeno a nosotros. Cada instante va siendo el objeto menos, va consumiéndose, perdiendo valor. De esta suerte se ha convertido para el español el universo en una cosa rígida, seca, sórdida y desierta. Y cruzan nuestras almas por la vida, haciéndole una agria mueca, suspicaces y fugitivas como largos canes hambrientos.
Por el contrario, el amor nos liga a las cosas, aun cuando sea pasajeramente. Hay, por consiguiente, en el amor una ampliación de la individualidad que absorbe otras cosas dentro de esta, que las funde con nosotros. Tal ligamen y compenetración nos hace internarnos profundamente en las propiedades de lo amado. Lo vemos entero, se nos revela en todo su valor. Entonces advertimos que lo amado es, a su vez, parte de otra cosa, que necesita de ella, que está ligado a ella. Lo imprescindible para lo amado, se hace también imprescindible para nosotros. De este modo va ligando el amor cosa y cosa y todo a nosotros, en firme estructura esencial. Amor es un divino arquitecto que bajó al mundo según Platón, «a fin de que todo en el universo viva en conexión».
La inconexión es el aniquilamiento. El odio que fabrica inconexión, que aísla y desliga, atomiza el orbe y pulveriza la individualidad. En el mito caldeo de Izdubar-Nimrod, viéndose la diosa Ishtar, semi-Juno, semi-Afrodita, desdeñada por éste, amenaza a Anu, dios del cielo, con destruir todo lo creado sin más que suspender un instante las leyes del amor que junta a los seres, sin más que poner un calderón en la sinfonía del erotismo universal.
Los españoles ofrecemos a la vida un corazón blindado de rencor, y las cosas, rebotando en él, son despedidas cruelmente. Hay en derredor nuestro, desde hace siglos, un incesante y progresivo derrumbamiento de los valores. Las cosas no nos interesan porque no hallan en nosotros superficies favorables donde refractarse, y es menester que multipliquemos los haces de nuestro espíritu a fin de que temas innumerables lleguen a herirle.
Llámase en un diálogo platónico a este afán de comprensión, «locura de amor». Pero aunque no fuera la forma originaria, la génesis y culminación de todo amor un ímpetu de comprender las cosas, creo que es su síntoma forzoso. Yo desconfío del amor de un hombre a su amigo o a su bandera cuando no le veo esforzarse en comprender al enemigo o a la bandera hostil. Y he observado que, por lo menos, a nosotros los españoles nos es más fácil enardecernos por un dogma moral que abrir nuestro pecho a las exigencias de la veracidad. De mejor grado entregamos definitivamente nuestro albedrío a una actitud moral rígida que mantenemos siempre abierto nuestro juicio, presto en todo momento a la reforma y corrección debidas. Diríase que abrazamos el imperativo moral como un arma para simplificarnos la vida aniquilando porciones inmensas del orbe.
Con aguda mirada ya había Nietzsche descubierto en ciertas actitudes morales formas y productos del rencor. Nada que de este provenga puede sernos simpático. El rencor es una emanación de la conciencia de inferioridad. Es la supresión imaginaria de quien no podemos con nuestras propias fuerzas realmente suprimir. Lleva en nuestra fantasía aquel por quien sentimos rencor, el aspecto lívido de un cadáver; lo hemos matado, aniquilado con la intención.
Y luego al hallarlo en la realidad firme y tranquilo, nos parece un muerto indócil, más fuerte que nuestros poderes, cuya existencia significa la burla personificada, el desdén viviente hacia nuestra débil condición.
Una manera más sabia de esta muerte anticipada que da a su enemigo el rencoroso, consiste en dejarse penetrar de un dogma moral, donde alcoholizados por cierta ficción de heroísmo, lleguemos a creer que el enemigo no tiene ni un adarme de razón ni una tilde de derecho.
Esta lucha con un enemigo a quien se comprende, es la verdadera tolerancia, la actitud propia de toda alma robusta.”
Defender y reconstruir el amor al interior de nuestras sociedades debería ser una tarea que los Macris, los Santos, los Uribes, o quienes fueran no deberían poder impedir.
Página y media – nota escrita en Octubre de 2016