Democracia y barbarie

Democracia se ha impuesto como la palabra que denomina el mejor sistema de gobierno imaginable. Originada en una etimología fracasada, ni antes ni ahora fue expresión de “gobierno del pueblo”. Desde la democracia ateniense, que unos cuantos irresponsables pregonan como modelo, hasta las democracias actuales, los sistemas de gobierno humanos pocas veces han logrado representar las creencias, necesidades y aspiraciones de los gobernados.

Claro que democracia suena mucho mejor que aristocracia –gobierno de los mejores– y también que plutocracia –gobierno de los más ricos–. Ni que hablar que es mucho más aceptable que tiranía, considerada ésta como gobierno ilegítimo. Pero no hace falta ser un gran observador para darse cuenta de que las democracias contemporáneas han conservado todos esos sentidos supuestamente desechados o contradictorios.

Un candidato a gobernar, para obtener el favor del electorado, centra todo su esfuerzo en demostrar que es mejor que su oponente. Serían unas capacidades y unos valores superiores los que deberían hacer que el votante se incline a darle su apoyo. Aún para los griegos esta situación no correspondería a un gobierno del pueblo: en su experiencia los cargos se ejercían por sorteo ya que ningún ciudadano era “superior” a otro. El “filósofo rey” y siglos más tarde el “sociólogo asesor” vienen a enmendar este sueño estableciendo nuevos criterios para crear la aristocracia de la democracia.

Tampoco es de difícil comprobación la relación entre ser gobernante y ser rico. Salvo algunas excepciones en la historia, donde líderes pobres gestaron contextos institucionales de gobernabilidad futura, la mayoría de los gobernantes han sido y son personas inmensamente ricas. San Martín exilado en Boulogne Sur Mer o Bolívar teniendo la inteligencia de morir antes de que lo asesinen sus ricos “liberados”, son las excepciones de la historia y no su regla. El “costo” de la política se ha incrementado permanente en las democracias modernas, sólo basta averiguar el dinero que debe invertir quien quiera integrar una lista de candidatos aún para cargos locales.

Las democracias occidentales parecen, eso sí, oponerse a las tiranías. Pero eso es sólo una primera impresión. Si observamos más atentamente veremos dos cosas: la primera que esas democracia han impulsado y apoyado a todas las tiranías que favorecían sus intereses económicos y políticos; y la segunda que esas mismas democracias cuentan con abundantes mecanismos legales y de hecho para impedir cualquier cuestionamiento importante que afecte los intereses de la minúscula clase rica. Desde las revelaciones hechas por Assange, Snowden y otros, hasta el Acta Patriótica en Estados Unidos o las leyes antiterroristas en nuestros países, el ejercicio tiránico del poder está fuertemente asegurado.

La pregunta sobre qué sistema de gobierno es mejor que la democracia es, por lo tanto, una pregunta falsa. La democracia occidental resume en sí todas las prácticas que pueden ser atribuidas a gobiernos “antidemocráticos”. Cuando la cumbre de la participación democrática consiste en la posibilidad de votar por un personaje, en general desconocido para nosotros salvo por lo que él mismo u otros dicen de él, no estamos propiamente en el campo de la democracia sino en el de la manipulación.

Está muy claro que en estos sistemas denominados democráticos el pueblo no tiene ninguna posibilidad de elegir a sus dirigentes. La realidad es que los dirigentes se eligen entre sí y son ofrecidos a la sociedad como un menú para que cada uno decida cuál de esas personas o listas de personas le parece que le hará un mayor bien o, lo que es más frecuente al tomar la decisión de a quién votar, cuál se considera que hará el menor daño.

Desde los problemas propios de la representación de voluntades humanas –Proudhon ya dudaba de que pudiera existir la posibilidad de representación eficiente en grupos humanos superiores a las treinta mil personas– hasta la necesidad de garantizar cierta disciplina social que permita reproducir la vida, la biblioteca está llena de ricas y pobres reflexiones.

Aquí solo queremos postular la idea de que mejor gobierno será aquel que permita cuestionar y mejorar la cultura en la que vivimos. Esto parece estar relacionado en parte con la mayor participación de la mayor cantidad de gobernados, contando con que estos están educados críticamente y cuentan por lo tanto con capacidad de discernimiento propia. Claro está que las llamadas “democracias occidentales” están a años luz de cumplir con estos requisitos. Prometa usted a la gente que va a vivir mejor y muéstrele algún culpable de todo lo que está mal –sirve para este fin un árabe, un mexicano o un gobierno saliente– y llegará a ser elegido presidente  “democráticamente”.

Y para intentar revertir la agonía de nuestras sociedades a manos de elites que sólo utilizan el decorado de la democracia para defender sus intereses, parece imprescindible que la política salga del ámbito de los medios y pueda cuestionar los fines de la cultura en la que vivimos. Mientras el objetivo único sea consumir y tener más dinero para consumir, el declive hacia la barbarie parece difícil de evitar.

Página y media – nota escrita en Enero de 2017

emiliopauselli@gmail.com

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