¡El nunca bien ponderado “error humano”! Mire usted, siempre que ocurre una catástrofe, se habla del error humano. El piloto que transportó al equipo de Chapecoense no cargó el combustible suficiente, ¡qué bruto! El piloto que estaba a cargo del avión de Lapa que se estrelló en agosto de 1999 en el aeroparque de Buenos Aires no hizo caso a las alarmas que le indicaban que no podría despegar, ¡qué inconsciente!
Si nos atenemos a lo que dicen los especialistas en catástrofes, los accidentes no existen: todos son, en verdad, errores humanos. Pero, ¿cómo va a decir usted eso? Si ocurre un terremoto, ¿de quién es la culpa? Bueno, del terremoto nadie, pero de que haya asentamientos humanos en lugares donde pueden ocurrir terremotos es responsabilidad exclusiva del ser humano.
A veces nadie es culpable de que un río crezca e inunde sus riberas, pero de que allí haya habitantes sí es decisión del ser humano. Y a veces, aún somos responsables de las inundaciones por procesos de deforestación comercial, construcción de barreras que impiden el normal escurrimiento del agua con fines agrícolas o de construcción de viviendas y otras graciosadas que hacemos con el planeta con el fin de ganar dinero.
Así que, establecido que el error siempre es humano, lo realmente importante es preguntarse por qué nos equivocamos los humanos, en especial en situaciones donde el error es fatal no sólo para otros sino para uno mismo, como los casos de accidentes de aviación.
Ese tipo de errores humanos parecen estar reflejando un doble orden de valores: por un lado está la vida, la seguridad, las normas, pero por el otro está la necesidad de conservar el trabajo, de ganar dinero para las empresas donde se trabaja, de ser lo más “competitivos” posibles.
En el año 1988, cuando el avión de Austral se estrelló en cercanías del aeropuerto de Posadas, el error también fue humano. En vez de seguir las indicaciones para el aterrizaje que en ese aeropuerto obligaba a una aproximación más larga, el experimentado piloto Ianuzzo, con el apoyo de los instrumentos de vuelo, intentó acortar esa maniobra y una de las alas terminó golpeando en un bosque de eucaliptus. Curiosamente, ese accidente coincidió con una etapa donde se otorgaban premios por ahorro de combustible en los vuelos comerciales. De nuevo la famosa “competitividad”.
La vida es lo segundo, el negocio es lo primero. En temas como el uso de agroquímicos, la contaminación ambiental, las radiaciones nocivas, el dinero se gana inmediatamente y los efectos negativos para la vida se verifican a largo plazo. En la aviación, por razones obvias, esta preponderancia del negocio sobre la vida humana exhibe sus resultados de manera instantánea.
Po eso desconcertó al mundo de los negocios y a los propios técnicos de la aviación la decisión tomada por el comandante Chesley Sullenberger y su copiloto Jeff Skiles cuando, en vez de regresar al aeropuerto decidieron acuatizar en el río Hudson para salvar a los pasajeros.
Al revés que lo que ocurrió con los empresarios de LAPA fueron declarados libres de culpa y cargo en un vergonzoso fallo judicial, Sullenberger y Skiles fueron sometidos a un juicio donde corrían el riesgo de perder su trabajo, licencias, ahorros y buen nombre. ¿A quién se le ocurre pensar en las vidas humanas? ¿Quién se hará cargo de los gastos para sacar el avión del río? ¿Qué indemnizaciones deberán pagar los seguros?
La película Sully hizo un buen resumen de la situación. En la vida real, los ahora “héroes” debieron batallar duramente para que se anulen las primeras simulaciones que, efectuadas en condiciones irreales, mostraban que hubieran llegado sin contratiempos al aeropuerto.
Y los diligentes dirigentes de Chapecoense también habrán evaluado precios antes de contratar a la empresa Lamia: su obligación es defender los intereses del club y pagar lo más barato posible. Y las propias federaciones y confederaciones del fútbol también son clientes especiales: no es delito traficar influencias para obtener el transporte de los equipos. Pero nada de eso es relevante: el “error humano” del piloto –ya muerto, como el de Lapa o el de Austral– y, a lo máximo, de los que debían controlar que ese vuelo cumpliera con las normas establecidas, pagan todos los platos rotos.
En el Cerro Gordo, municipio colombiano de Antioquia, encontraron los restos de un avión. Si examinaran mejor, verían que son los restos de una cultura.
Página y media – nota escrita en Marzo de 2017