…dijo hace unos cuantos años el católico canadiense Marshall McLuhan. Mucha tinta se ha dedicado a interpretar esas palabras, pero nosotros tenemos un ejemplo cotidiano en la utilización de los medios que hacen posible la existencia de redes no presenciales.
Estas redes, soportadas por la tecnología del Smartphone, han sido denominadas “redes sociales”, lo que constituye una construcción típica de la cultura en la que vivimos. Imaginan una sociabilidad sin cuerpos, sin la presencia necesaria del otro, como en la transacción ideal que propone el capitalismo en el mercado: entre desconocidos.
Pero eso no es todo: las propias categorías que ofrecen representan un modelo de vida asociado al consumo. Categorías centrales como “me gusta” definen la construcción de las popularidades y la representatividad aunque, a poco de reflexionar, resulte evidente que la cantidad de estrellas obtenidas u otorgadas difícilmente coincida con ningún criterio ético o defina su aporte a un mundo mejor.
La participación en estas redes, incluidas algunas con menos requisitos aunque no con menos control –como whatsapp o telegram– implican un esfuerzo mínimo: no hay que acordar un momento para encontrarse con el otro, ni trasladarse para producir el encuentro ni presenciar las reacciones que nuestro mensaje produce en los demás. Sólo con teclear unas expresiones, que para nosotros son transparentes y verdaderas, sentimos que hemos cumplido con nuestra parte en la comunicación. Esta pierde, así, su opacidad característica, deja de tener un valor de verdad relativo que necesita ser confirmado por el otro y elimina todos los riesgos implícitos en cualquier comunicación, no sólo humana.
Los problemas que enfrenta la humanidad son fáciles de resolver, sólo hay unos malos a vencer, se llamen Cristina o se llamen Mauricio, Se llamen Trump o Castro. Alineo los mensajes que van en esa dirección y todo aquel que no los comparta es un enemigo o un imbécil. Como bien decía Cristopher Lasch, sólo leemos a los que piensan como nosotros. Esa pobreza intelectual asociada al individualismo y al narcisismo exacerbado por la cultura capitalista, encuentra su perfecto soporte en el funcionamiento de las llamadas redes sociales.
Es por eso que hasta los smartphone mienten en su nombre, ya que ni son teléfonos ni son inteligentes. De manera precursora, ya el icónico Súper Agente 86 se llamaba Smart y hablaba por el zapatófono.
La crítica a la cultura imperante y la utilización de las llamadas “redes sociales” para llevarla a cabo, probablemente, por extraño que parezca, sean prácticas imposibles de compatibilizar.
Muchos grupos reales, con intereses y necesidades comunes, confían con total inocencia su comunicación a este tipo de interacción. Claro que, por sus características, esa comunicación no se produce y, en ocasiones, da lugar a agrias disputas y rupturas a veces dolorosas. Las personas tenemos que educarnos para, en los casos que consideremos necesario hacer uso de esta tecnología, saber qué podemos esperar de ella y qué riesgos implica.
Quizás puedan lograrse objetivos más modestos, como transmitir información de manera más rápida, pero eso tampoco se alcanzará sólo con la utilización de tecnología incorporada de manera acrítica: los colectivos que no cuenten con las habilidades necesarias para administrar de manera consensuada ese flujo, probablemente tampoco puedan utilizar ese beneficio, ya que la elaboración y transmisión de información es una actividad compleja y polisémica.
Muchos imaginamos que la participación en la vida social y política mejora las posibilidades de construir una sociedad menos agresiva con los seres humanos, pero creer que esa participación tiene algo que ver con las redes llamadas sociales nos parece, por lo menos, un acto de increíble ingenuidad.
Febrero, 2019