Desde hace décadas las personas más afectadas por la deriva actual de nuestra cultura sueñan con tener un “trabajo genuino”, las organizaciones sociales lo reclaman y los gobernantes actuales o futuros lo prometen.
Pero, desde hace décadas, ese trabajo genuino no aparece. Cuando el desempleo, el subempleo y la presión sobre el mercado de trabajo retrocede algo –nunca mucho–, esa mejor situación se relaciona con la extensión de distintos tipos de trabajos precarios. Cuentapropistas de bajos ingresos, trabajadores en negro, actividades al margen de la ley, todas esas cosas ocurren, menos la aparición del trabajo genuino.
Cuando se sueña con hacer retroceder la especulación financiera se piensa en una sociedad de trabajo, se reclama que en vez de la obtención de “plata dulce” –posibilidad real solo para un puñado de especuladores– las personas edifiquen su prosperidad personal a través del esfuerzo productivo. Se piensa, con razón, que si se fortalece el mercado interno más personas podrán encontrar la manera de generarse medios de vida.
¡Pero el trabajo genuino sigue sin aparecer!
¿En qué se piensa cuando se piensa en el trabajo genuino? Se piensa en un trabajo que cumpla con la legislación laboral, que sea estable en el tiempo, que remunere de manera tal que el trabajador pueda salir de la pobreza, que sea la base de la construcción de identidad individual y promueva un sistema de valores al que puedan adherir todos los miembros de la comunidad.
Hay que remontarse a varias décadas atrás para encontrar esas características como la manera en que la mayoría de las personas se relacionaban con el trabajo. En el mundo desde los años 60 y en la Argentina desde los 80 del siglo pasado se comenzaron a generalizar formas precarias de trabajo. El paradigma del trabajo genuino fue quedando como un paraíso perdido al cual, con razón, se quiere volver.
Pero el ángel de la desigualdad cuida, con espada de fuego, que nadie atraviese su entrada. La tecnología permite producir más con cada vez menos trabajo humano. La competencia por el escaso trabajo disponible empeora aún más las condiciones en que se realiza. La cultura se va autodestruyendo en una espiral donde la eliminación de trabajadores implica, en el mismo acto, la desaparición de consumidores.
Dicen que mientras el gerente de la empresa automotriz y el representante sindical recorren una parte de la fábrica totalmente robotizada, aquél le dice a éste en tono de broma: “A estos trabajadores es difícil cobrarles la cuota sindical”, a lo que el sindicalista responde: “Y más difícil aún venderles un auto”. Ficción, realidad, este diálogo es un buen resumen de los dilemas actuales de un mundo humano que parece orientado a destruir tanto la vida social como natural del planeta.
Parece ser que aquello que se evoca como trabajo genuino es el trabajo de la época en que el capital necesitaba explotar intensivamente la mano de obra para obtener ganancias. Ese mundo no existe más y, por lo tanto, es probable que demandas y promesas de trabajo genuino sigan siendo más bien lugares para la nostalgia que programas efectivos para superar los problemas actuales.
Un mundo nuevo requiere una cabeza nueva. Las elites parecen incapaces de generar esas ideas, quizás por conveniencia, quizás por ignorancia, quizás por una mezcla variable de ambas.
Octubre, 2019