Finalmente, con entusiasmo y en tiempo récord, se logró la renuncia del diputado lujurioso que ni durante la sesión de la Honorable Cámara de Diputados de la Nación pudo resistirse a besar un par de tetas femeninas.
Rápidamente nos enteramos también de que dicho diputado salteño no era salteño y que habría sido denunciado mediáticamente por acoso sexual y que, además, sería un conspicuo representante del patriarcado. En fin, la construcción de una imagen de persona poco recomendable ayudó a la rápida tramitación del incidente, sin llegar, claro está, a la expulsión de la cámara y la consecuente inhabilitación para ocupar cargos públicos. Nunca se sabe de quién se puede necesitar en el futuro.
Usted podrá, posiblemente, coincidir en que el besuqueo de marras quizás no conlleva nada malo en sí mismo, sino que lo que se castiga es lo inapropiado del lugar donde hacer públicos esos deseos. Porque allí se hacen las leyes, y hacer leyes requiere de seriedad y respeto expresado, más no sea, en la separación entre las conductas correspondientes al ámbito público de las que son propias del ámbito privado.
Mucho se podría decir de la invasión que representa la virtualidad en la vida de las personas, desde el más distinguido diputado hasta el más sencillo trabajador o aplicado estudiante, quienes tienen que permitir que las imágenes de su casa se confundan con las del ámbito de trabajo o estudio del que participan. Pero eso lo dejaremos para otra oportunidad.
Hoy queremos reflexionar con usted, si de inconductas se trata, qué tipo de sanciones deberían aplicarse a los legisladores que votan leyes lesivas del interés común. Para no hacer una extensa lista, traeremos sólo el ejemplo de la aprobación en la misma Cámara de la llamada Reforma Previsional a través de la ley 27.426 en el año 2017.
Circunspectos diputados, sin besar ninguna teta, decidieron que los jubilados perderían alrededor de 100 mil millones de pesos de sus ingresos ─al cambio de la época unos cinco mil millones de dólares─ y que el Fondo de Garantía de Sustentabilidad registraría una pérdida de 29 mil millones de dólares en un año, equivalente al 55% de su patrimonio.
Para aquellos que quieran reducir esa situación a las políticas antisociales del gobierno de la alianza Cambiemos les queremos aclarar que no están en lo cierto. El resultado de 128 votos a favor del proyecto y 116 en contra se alcanzó con los votos de varios legisladores opositores que hoy forman parte del gobierno del Frente de Todos y con sorprendentes ausencias de otros que no se presentaron a votar.
Quizás haya sido todo un símbolo que la actividad lasciva se haya producido, justamente, mientras se presentaba un informe sobre el estado del Fondo de Garantía de Sustentabilidad.
Se considera inmoral besar en público un pezón, pero no se considera inmoral reducir brutalmente los ingresos de las personas de edad avanzada, quienes, juntos con los niños, son los más débiles en nuestra sociedad.
Algunos argumentan que, en el caso presente, hay que reaccionar para no hacer el juego a la “antipolítica”, entendiendo por tal a todos aquellos mensajes que desprestigian la actividad política como vehículo apropiado para encauzar la preocupación por el bien común. Coincidimos con este argumento para ambos casos: en uno se trata de no permitir en el ámbito público actos que en nuestra cultura se realizan en la intimidad, en el otro de no dejar impune que donde se debe velar por el bienestar de los ciudadanos se decida bajar la calidad de la vida de millones de personas.
Ambas conductas son inapropiadas para ese ámbito. La diferencia es que en un caso se podría resolver con una disculpa sincera más la obligación de hacer un curso sobre manejo de conexiones remotas, mientras que en el otro el daño resulta, en términos reales, irreparable.
Este evento, que sería gracioso si no tocara el sensible nervio que conecta virtudes públicas y vicios privados, nos hizo recordar los criterios con los que se define la aptitud de las películas para las distintas franjas de edad. Cuando investigamos por qué películas con altos grados de violencia eran catalogadas como aptas para todo público, mientras que otras sin un solo asesinato no lograban esa consideración, nos fue explicado con paciencia que lo que se calificaba eran las imágenes eróticas. Si se veía una teta ─de mujer, claro, que fue la que introdujo el pecado en el mundo─ implicaba directamente recibir una calificación de no apta para menores de 13 años.
La antipolítica infringe un daño tremendo a nuestra sociedad. La hipocresía también. Y la venalidad, ¡ni les cuento!
Septiembre 2020
emiliopauselli@gmail.com