“Aunque se vista de seda…

…la mona, mona queda”. Así afirma el refrán popular para señalar aquellas cosas que no pueden cambiar su naturaleza, aunque logren cambiar su aspecto exterior.

Algo de eso estamos viendo por estos días a medida que avanza la producción de vacunas para enfrentar la pandemia provocada por el virus denominado COVID-19. Según las fuentes que informan habitualmente sobre la evolución de las medidas para frenar la pandemia, hasta ahora el 99 % de las vacunas fabricadas ha sido acaparada por los países más ricos de la tierra.

No han tenido confirmación las esperanzas de que, ante la palmaria fragilidad humana que esta situación ha puesto, una vez más, de manifiesto, la conciencia planetaria avanzara hacia valores como la solidaridad, la ayuda mutua y la protección de los más necesitados.

Por el contrario, en las condiciones de pandemia se ha reproducido la normalidad de la cultura de la época: lo principal es ganar dinero y el que, lamentablemente, no lo tiene en abundancia, tampoco tendrá acceso a los bienes que la propia humanidad produce.

Previendo tal posibilidad, a través de la Organización Mundial de la Salud (OMS), la Coalición para la Promoción de Innovaciones en pro de la Preparación ante Epidemias (CEPI) y la Alianza Gavi para las Vacunas, han puesto en marcha la iniciativa denominada COVAX: colaboración para un acceso equitativo mundial a las vacunas contra la COVID-19.

Los recientes acuerdos entre COVAX y Pfizer, por alguna razón presentados ante la opinión pública mundial como “esperanzadores”, consisten en que dicho laboratorio destinará un modestísimo 2 % de su producción a respaldar dicha iniciativa.

Tampoco deja de llamar la atención que se presente con gran optimismo, como si se tratara de un inmenso logro, la noticia de que COVAX proveerá durante 2021 de 26 millones de dosis de distinto origen a América Latina. La justa dimensión del anuncio recién se adquiere cuando reparamos en que se trata de una región del mundo con más de 600 millones de habitantes.

Esta situación muestra, claro está, lo que afirmaba el refrán del comienzo: un mundo desigual también se apropia de modo desigual de los recursos para enfrentar esta pandemia. Hasta allí no deberíamos sorprendernos. Es más, no faltarán quienes interpreten esta situación como normal y, ya que de refranes se trata, podemos recordar en su favor aquel de que “la caridad bien entendida empieza por casa”. Claro que para esto no hay que ahondar en mayores reflexiones filosóficas ni históricas sobre cómo el mundo se ha dividido en países ricos y países pobres, cómo algunos seres humanos desconocen cuántas generaciones serán necesarias para gastar la fortuna que han acaparado mientras otros seres humanos no saben qué cenarán esta noche.

Pero dejando de lado esas minucias, acá nos enfrentamos al problema que tiene la mona: como su capacidad de intelección es baja, todas sus acciones se rigen por la obtención de bananas, cuántas más mejor; no puede calcular el efecto de esas acciones sobre la disponibilidad total del bien que se quiere atesorar.

Efectivamente, muchos especialistas ya alertan que la desigual vacunación en el mundo, de no remediarse, puede producir un ciclo interminable de reinfecciones, favorecer cambios en el virus y llevar aun a la pérdida de eficacia de las actuales vacunas.

Esta situación no sólo producirá una crisis política y ética difícil de dimensionar, sino que también afectará de manera impredecible a la economía: se confunde el dinero con la riqueza o, lo que es lo mismo, las bananas con las condiciones en que crecen las bananas.

Es que la crisis de la pandemia ha expuesto las limitaciones de una manera de pensar la vida que consiste en privilegiar la resolución de las necesidades individuales desconociendo la relación indisoluble de éstas con la vida colectiva. La idea ingenua de que toda la sociedad existe para que yo acumule dinero naufraga cuando enfrentamos algún problema un poco más complicado de disimular.

Quizás es hora de empezar a desconfiar de los que se visten de seda.

Febrero, 2021

emiliopauselli@gmail.com

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