La historia que elige

Millones de eventos ocurren a diario y el flujo del tiempo humano los lleva, rápidamente, al mar del olvido. No deja de ser un buen sistema de limpieza cósmica, aunque haya que reconocer que también comete sus injusticias.

Así, la historia elige guerras, revoluciones, inventos, religiones, para que perduren en el tiempo: lo que pomposamente se llaman “acontecimientos”. Lo mismo ocurre en las historias familiares: es un acontecimiento que el abuelo haya venido de Italia, pero no lo es que haya eructado groseramente luego de la cena de Navidad. Pareciera que la máxima que aplica la historia es: los acontecimientos quedan, los eructos pasan.

En nuestra opinión, haciendo uso de las facultades adivinatorias con las que todos los seres humanos contamos, dentro de doscientos años la historia elegirá, de la Argentina del siglo XX, el juicio a las Juntas de Comandantes que usurparon el poder en 1976 y asesinaron a miles de argentinos.

No pasará a la historia la denuncia de prevaricato contra el juez Baltasar Garzón cuando intentó investigar los crímenes del franquismo en España ni el referéndum que en Uruguay impidió derogar la ley de impunidad que protegía los crímenes cometidos por el Estado. Y no pasarán a la historia porque son acontecimientos muy repetidos, casi vulgares, que responden a una regla conocida desde la antigüedad: los delitos de los poderosos no se juzgan.

Pero juzgar a los poderosos es un buen boleto de entrada a la historia, en especial si se lo hace cuando aún tienen poder.

Por estos días nos encontramos con otra oportunidad parecida. Quizás no se concrete; en muchos momentos del juicio a las Juntas militares parecía increíble que se pudiera llegar a una condena. Pero la moneda está en el aire, habrá que ver de qué lado cae: si del lado del acontecimiento o del lado del eructo.

Nos referimos a la denuncia penal presentada por la Oficina Anticorrupción donde se exponen las graves irregularidades que rodearon la obtención y la aplicación del préstamo más importante aprobado por el FMI en toda su historia, otorgando a la Argentina 44 mil millones de dólares.

Los informes técnicos revelan que dicha suma, que ahora debe pagar la Nación Argentina, fue destinada a la formación de activos externos de empresas y particulares. Para decirlo en palabras más llanas: después de tres años de “bicicleta financiera” donde fondos de inversión en dólares se pasaban a pesos y obtenían una ganancia promedio del 70 % anual, era necesario garantizar su retorno a dólares.

Como todos saben, la Argentina no imprime dólares, por lo que se hizo necesario obtenerlos de otra fuente. Y ahí estuvo, solícito y preocupado por apoyar a un gobierno afín, el Fondo Monetario Internacional, otorgando esa suma extraordinaria violando sus propios estatutos internos.

Estas maniobras han venido ahogando a los países en desarrollo desde hace varias décadas, garantizando un flujo constante de recursos desde la periferia hacia el centro, justamente al revés de lo que se escribe en todos los documentos internacionales que teóricamente bregan por un mundo más igualitario. Desenmascarar esta realidad sería un acontecimiento digno de la historia.

Así como los militares no fueron héroes sino asesinos de sus propios compatriotas, los gobernantes que endeudan a nuestros países no están colaborando con el progreso ni con la inserción en el mundo sino, sencillamente, enriqueciéndose ellos y sus amigos a expensas de las penurias de sus conciudadanos.

En 1952 la Argentina pagó todas sus deudas externas y pasó a ser un país acreedor. El gobierno surgido del golpe de Estado dado en 1955, entre sus primeras medidas, tomó nuevamente deuda por 700 mil dólares. En 1976 la deuda externa de Argentina era de 8 mil millones de dólares, al retirarse el gobierno militar siete años después la deuda ascendía a 43 mil millones. En el año 2005 la Argentina canceló la deuda de 9.800 millones que aún mantenía con el FMI, pero un nuevo gobierno de especuladores volvió a recurrir al usurero internacional por una cifra cuatro veces y media mayor.

Juzgar a los militares por sus asesinatos fue un acontecimiento. Juzgar a los gobernantes por poner sus negocios financieros por delante de los intereses de la patria sería otro acontecimiento. Esperemos que nuestros jueces no lo transformen en un eructo.  

Abril, 2021. emiliopauselli@gmail.com

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