La felicidad instantánea

Por estos días, este slogan acompaña la publicidad de una compañía de entrega de productos a domicilio. No importa las obligaciones a las que usted debe hacer frente y el estrés que ello le produzca, tampoco si la vida le sonríe o acaba de sufrir un desengaño amoroso, siempre tiene al alcance un botón de su celular para pedir papas fritas, calmantes o cualquier otra cosa que, al recibirla y consumirla, lo hará feliz sin remedio.

Y parte de esa felicidad nos la otorga el escaso esfuerzo que debimos hacer para encontrarnos con el bien deseado. Nada de mirar la hora para saber si don Pepe ya cerró, o de cambiar el pijama por ropa de calle y, menos aún, tener que caminar hasta donde está el objeto de nuestro deseo.

Esta situación está, claramente, emparentada con otro valor de nuestra manera de vivir: la velocidad. Que algo ocurra rápidamente es la condición del disfrute: ya si hay que esperar, el resultado se torna dudoso.

Por eso se publicita también queso cortado en dados para poner directamente en la fuente, sin necesidad de realizar enojosas operaciones como quitarle la cáscara, ponerlo sobre una tabla de madera, buscar un cuchillo con buen filo y esmerarse en cortarlo con cierta prolijidad. Eso ya es algo engorroso y lleva tiempo, y, todos saben, el tiempo es oro.

O en otro orden de cosas nos ofrecen masajeadores de pies y de piernas que se manejan con un control remoto. No necesitamos salir a caminar ni hacer ejercicios para mantener nuestra salud: con apoyar los pies y apretar un botón alcanza. Mientras tanto, podemos seguir mirando la televisión, leyendo un libro o simplemente trabajando en nuestra computadora. ¿Para qué salir al mundo, lleno de otros seres humanos peligrosos como yo, donde además puede llover, hacer calor o hacer frío, si logro el mismo resultado de manera instantánea sin moverme de mi sillón?

Claro que el éxito de estas campañas es posible cuando ha dejado de ser un valor la paciencia. Ya no podemos esperar que llegue la temporada del durazno, ahora necesitamos duraznos frescos todo el año, así sea que vengan desde el otro lado del planeta. El mecanismo de satisfacción es el que se torna inmediato, no la satisfacción en sí. No se ha inventado aún un satisfactómetro que nos permita saber si es mayor el deleite de tener algo apenas lo deseo o tenerlo después de haberlo esperado un tiempo considerable. Juntar ganas, que le dicen.

No es que la publicidad sea causa de la falta de paciencia, en todo caso explota y agudiza un sentimiento de la época. Es uno de los colores del arcoíris de la sociedad de consumo: todo, sí, pero todo ya.

Eso explica, en parte, el fracaso de muchas medidas que se están tomando en el mundo para contener la pandemia provocada por el Covid-19. Muchas de ellas, justamente, lo que requieren es paciencia, producto que cuenta con mala prensa por estos días.

Las condiciones de la pandemia nos obligan a postergar proyectos, a limitar contactos, a dejar esto o aquello para mañana, ya sea festejar mi cumpleaños o abrazar al nieto. Nos obligan, más allá de otros inconvenientes, a tener paciencia.

Pero diversas personas de notoriedad pública nos dicen que eso está mal, que están atentando contra nuestra libertad, que nadie nos puede prohibir hacer aquello que deseamos cuando lo deseamos y que cualquiera que nos diga que no existe el botón que resolverá la pandemia es un dictador, o un nazi, y que básicamente no tiene ningún derecho a decidir por mí a qué hora tengo que volver a mi casa.

La escasez de paciencia hace incomprensible la idea de que las vacunas deben fabricarse y distribuirse antes de poder ser aplicadas. La manera desigual en que los países acceden a las vacunas y la guerra comercial y casi geopolítica entre los laboratorios resultan elementos de segundo orden. El mecanismo de satisfacción que no se puede alimentar es el de la felicidad instantánea. Al fracasar éste, todo lo que ocurra luego será inmensamente insatisfactorio y, para justificación de nuestra impotencia, culpa de otro.

Por lo que sabemos de otras pandemias y por lo que vamos aprendiendo de la presente no sería alocado pensar que llevará un proceso de tres años poder alcanzar niveles de inmunidad similares a los que tenemos respecto de otras enfermedades respiratorias. Pasó un año, estamos transitando el segundo. Si todo va bien tenemos otro año por delante de severas dificultades. Más que nunca necesitaremos paciencia para no enfermarnos y para no enfermar a otros.

Pero, entre tanto, tenemos que tomar una decisión: o lloramos todos los días por lo que no podemos hacer, o sonreímos todos los días pensando en la tremenda fiesta que haremos cuando esto termine. Porque, ¿sabe usted?, el durazno que deseamos todo el año… termina siendo el más sabroso.

Abril de 2021, emiliopauselli@gmail.com

Ir hacia arriba