Todos somos tortugas

El ser humano siempre ha tenido dificultades para estudiar a especies que realizan grandes migraciones y sólo pueden ser observadas durante un período de tiempo, a veces breve. ¿Qué harían esos animales durante sus largos viajes? ¿Cuáles serían sus recorridos exactos y por qué? ¿Cuánto tiempo viven? ¿De qué se alimentan? ¿Qué podríamos aprender del resto de la naturaleza que ellos ven y nosotros no?

A principios del siglo XX se comenzó a practicar el anillado de aves. Así aprendimos que hay especies que recorren miles de kilómetros en pocas semanas y que hay aves que pueden vivir hasta cincuenta años, por lo menos.

Claro que el método requiere también contar con algo de fortuna, ya que hacernos de esa información depende de encontrar nuevamente el ave anillada. También se adapta bien poco a especies marinas tanto por su morfología como por el hecho de que al no vivir en la superficie del planeta se complica grandemente su avistaje.

En la década del 60 del siglo pasado la telemetría vino en auxilio de la biología y los investigadores pudieron ampliar las posibilidades de seguimiento de ciertos animales, como las tortugas, a través de dispositivos que se adherían a su cuerpo sin que, creemos, el animal tenga conciencia de ello y varíe su conducta en consecuencia.

Finalmente, con el desarrollo de la cibernética, hoy podemos incorporar pequeñísimos artefactos dentro o sobre los animales y luego seguir satelitalmente el movimiento de diversas especies, lo que nos ha abierto nuevas oportunidades de aprendizaje sobre el planeta en el que vivimos.

La especie que más se ha resistido a este tipo de control ha sido la especie humana. El valor positivo otorgado a la libertad, la defensa de la privacidad de los individuos y la creencia de que poseeríamos cierta cosa llamada “libre albedrío”, ha impedido la instalación de sensores que hagan disponible la información sobre su vida.

Pero esa dificultad ha terminado con el invento de los llamados “teléfonos inteligentes” –que, claro está, no son lo uno ni lo otro. Este dispositivo, que los miembros de la especie llevan de buen grado adherido a su persona, permite saber dónde nos encontramos, a qué lugares concurrimos y con qué frecuencia y, con pocas posibilidades de error, qué es lo que estamos haciendo.

Como nuevas tortugas marinas, los dueños de esas tecnologías –que dicho sea de paso no somos nosotros– ni siquiera necesitan ir hasta las Galápagos para hallarnos: nosotros vamos solos a su encuentro.

Los superespecímenes casi humanos que nos estudian tienen un interés muy definido: predecir nuestra conducta y ofrecer esa información a los que nos venden cosas que, claro está, pagan muy bien por ello, ya que transforma la incertidumbre del mercado en un safari de caza en el zoológico.

Claro que eso no lo hace sólo un aparatito que llevamos en el bolsillo. Hizo falta la invención de internet, el aumento de la capacidad para manejar datos y, sobre todo, inversores sin escrúpulos que consideran la experiencia humana como algo de su propiedad.

¿Qué otra cosa autoriza usted cuando dice “sí” a una cookie o acepta las condiciones de una red social? Está diciendo que todo lo que haga, diga o mire pasa a ser propiedad del que le ofrece ese servicio. ¿Nunca se puso a pensar por qué Google o Facebook son “gratis”?

Pero, como el hambre viene comiendo, ya no alcanza con saber qué harán las tortugas humanas: ahora también queremos influir en su conducta. Como, al fin y al cabo, todas esas aplicaciones saben más de nosotros que nosotros mismos, no es imposible enviarnos una serie de “información” que nos hagan hacer tal o cual cosa.

Y, como las desgracias nunca vienen solas, ya que esas tortugas comen lo que le decimos, se visten con lo que le ofrecemos y acceden “en línea” a aquello que nosotros decidimos que esté visible para ellas, ¿por qué no intentar que voten a tal o cual candidato que, luego, dispondrá una serie de medidas que aumentará grandemente nuestras ganancias?

Pero a no desesperar. Mientras que diversas organizaciones bregan para que contemos con legislación actualizada que impida esta manipulación desvergonzada hay algo que podemos hacer: regalémonos la oportunidad de pensar por nosotros mismos.

Abril, 2021. emiliopauselli@gmail.com

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