Es creencia generalizada que vivimos en una sociedad dominada por el conocimiento. Si bien qué cosa sea el conocimiento puede dar lugar a interesantes intercambios de opiniones, aquí nos conformaremos con la idea de que los procesos tecnológicos controlan de manera creciente diversas esferas de la vida humana y que, para comprenderlos, harían falta mayores conocimientos que en el pasado.
Vemos abuelos luchando con sus teléfonos inteligentes, personas maduras con dificultades para realizar sus operaciones bancarias y aún personas jóvenes esforzándose por confirmar su identidad a través de su imagen. Pero, si lo pensamos bien, eso parece más bien referirse a destrezas que se pueden adquirir: nuestros antepasados también tuvieron que aprender a mantener el equilibrio al subirse a una escalera mecánica, perder el miedo a utilizar un ascensor o, simplemente, adaptarse a la luz eléctrica.
Así que, cuando se habla de la sociedad del conocimiento, más bien nos referimos a una utilización generalizada de la ciencia y de la técnica para producir los bienes y servicios que consideramos necesarios o deseables para la vida, desde un automóvil, un teléfono inteligente o los propios alimentos. Y como el que produce es el ser humano, parece razonable que éste deba contar con muchos más conocimientos y capacidades que en el pasado. Es más, resulta habitual escuchar que una de las causas del desempleo es la falta de calificación de las personas que revisten en esa situación.
Pero algunas cosas que ocurren en la industria, el comercio y los servicios hacen dudar de esa denominación que atribuimos al mundo actual. En una ocasión, antes aún de la pandemia, llego al aeropuerto de la ciudad de Buenos Aires y los pasajeros desbordaban de manera inusual los salones de espera. Por suerte, no se trataba de ningún accidente que pusiera en riesgo a las personas, sólo “se había caído el sistema”. Al caerse el sistema no se podían despachar los vuelos y, de esa manera, como en capas arqueológicas, nos íbamos amontonando los pasajeros de los vuelos subsiguientes. En un momento comenzaron a aparecer detrás de los mostradores varones y mujeres con el pelo blanco con unos papeles en las manos. Según lo que se veía, les daban instrucciones a los jóvenes operadores quienes, en poco más de media hora, normalizaron la situación. Cuando al apretar la tecla no apareció en la pantalla la información, nadie tenía el saber sobre cómo se despachaba un vuelo manualmente. ¿Quién sabría más? ¿El que carga datos que un programa interpreta o el que conoce y comprende cuáles son los pasos necesarios para despachar un vuelo?
Hasta hace pocos años, casi todas las maquinarias en la industria se reparaban: en eso consistía el trabajo de los departamentos de mantenimiento. Esa actividad requería del aporte de multitud de oficiales y obreros calificados que sabían hacer ese trabajo, como, por ejemplo, en los ingenios azucareros, que prácticamente se desarmaban y se volvían a armar entre zafra y zafra. Ahora, cuando una centrífuga llega a determinado nivel de vibración, se cambia por una centrífuga nueva. ¿Quién sabría más? ¿El que reparaba la máquina o el que lee un instrumento de medición y llama a la administración para que se encargue de comprar la maquinaria de reemplazo?
Muchas líneas automatizadas de producción, desde una trefiladora de alambre hasta el envasado de fideos, son manejadas por ordenadores sofisticados. En la actualidad, cuando se produce una falla, la posibilidad de solucionarla por parte de las personas responsables de esos procesos es casi nula. Lo más normal es que el operario avise al supervisor y éste al gerente. En algunos casos la demanda finalizará en una oficina de ingeniería y, la mayoría de las veces, en un llamado al fabricante para que envíe un técnico a ver qué es lo que pasa. ¿Quién sabría más? ¿El que comprendía las causas de las fallas y sabía subsanarlas o el que avisa para que llamen al proveedor?
En la supuesta sociedad del conocimiento a las personas se nos exige saber cada vez menos y apretar teclas cada vez más. Nadie sabe lo que ocurre detrás del botón, ni lo necesita saber. Y no existe un supuesto mercado de trabajo ocupado en fabricar todas esas maravillas de la tecnología, por la sencilla razón de que a esas poderosas máquinas las fabrican otras máquinas.
Como dijera el profesor Warren Gamaliel Bennis, «la fábrica del futuro tendrá solo dos empleados, un hombre y un perro. El hombre para alimentar al perro. El perro para cuidar que el hombre no toque los equipos».
En fin, que habría buenos motivos para sospechar que, con esta imagen autocomplaciente de que formaríamos parte de una supuesta sociedad del conocimiento, quizás sólo nos estén metiendo el perro.
Febrero 2022. emiliopauselli@gmail.com