Por estos días, en Argentina y con motivo de las negociaciones con el FMI, hemos asistido a una ensalada entre principios, responsabilidades e intereses. Todo eso condimentado, claro está, con las apetencias presidenciales para el 2023, los enconos personales y una pizca, poca, por desgracia, de histrionismo.
Ya Max Weber había distinguido entre una ética de la convicción y una ética de la responsabilidad. La primera de ellas se basaría en principios preexistentes a las decisiones a tomar, mientras que la segunda tendría su centro de gravedad en las consecuencias de los actos humanos.
Una actitud de principios debe denunciar, como efectivamente se ha hecho, que la deuda de la Argentina con ese organismo internacional contraída en el 2018 está plagada de actos ilícitos, tanto respecto a los reglamentos que rigen al otorgante como a la propia legislación de la Argentina. Un préstamo por un monto récord –57.100 millones de dólares– fue otorgado con increíble velocidad y sin ningún estudio sobre su destino ni posibilidad de repago, con el fin de intentar mantener en el poder a la alianza de derecha que gobernaba por ese entonces.
Si usted ha vivido la penosa experiencia de ser asaltado en la calle habrá tenido sentimientos encontrados entre sus convicciones y su conveniencia. Siguiendo a aquellas habrá experimentado toda la ilegalidad del acto que estaba sufriendo, donde una persona, sin ningún derecho a hacerlo, se apropiaba de sus pertenencias y su dinero. Pero al momento de querer reaccionar, habrá advertido que el asaltante tenía un arma de fuego apoyada en sus costillas, lo que lo dejaba en la disyuntiva de hacer todo lo que aquel quería o de intentar, aunque en notoria inferioridad, negociar que no le robara los documentos o que le dejara un mínimo de dinero para poder regresar a su casa.
La Argentina ha resuelto muchas situaciones con sus acreedores de la primera manera: entregando todo aquello que el asaltante quiso llevarse. En algunas ocasiones se ha negociado.
El arma que está apoyada en las costillas de nuestro país está cargada con abundantes proyectiles. Uno de ellos es la situación actual del mundo, dominado principalmente por los intereses financieros, donde no hay actividad productiva o comercial que produzca más dinero que el propio dinero: no dejarse asaltar desata represalias iguales o mayores a iniciar una guerra –claro, si el que la inicia no es EE.UU.
Otra de las balas que apunta a nuestro corazón es la connivencia entre esos intereses internacionales y una parte importante de las elites económicas argentinas, que son regularmente beneficiarias del endeudamiento “externo” del país. Completan el cargador un sistema judicial local totalmente sometido a los intereses económicos de los más poderosos que ya va acumulando años en la investigación del endeudamiento de marras sin arribar a ninguna conclusión, y una parte de la sociedad fácilmente convencible de que el zorro es la mejor opción para cuidar a las gallinas, como quedó demostrado, por ejemplo, en la defensa que muchos estafados hicieron de su estafador Vicentín.
La interpretación que cada legislador realizó al momento de votar el acuerdo con el FMI, ya sea teniendo en cuenta sus propios intereses o los del país, hizo estallar la división entre oficialismo y oposición y entre derecha e izquierda. Así, la mayoría del bloque opositor votó igual que la mayoría del bloque oficialista, mientras que la izquierda y la disidencia interna del oficialismo lo hizo junto a los liberales de extrema derecha.
Claro que la distinción weberiana no es absoluta: quizás los que votaron en contra no lo hicieron sólo por principios, sino ejerciendo su responsabilidad respecto a un futuro hipotéticamente no deseable que se derivaría del presente acuerdo. Y quizás los que apoyaron la negociación no lo hicieron sólo por responsabilidad, sino también pensando en las posibles consecuencias, contrarias a sus principios, que tendrían lugar de no llegar a un acuerdo con el acreedor internacional.
Porque sería triste pensar que unos lo hicieron sólo pensando en ganar las elecciones del 2023 o que otros lo hicieron sólo pensando en no perderlas. El capítulo de la ética del interés aún está por escribirse.
Marzo de 2022. emiliopauselli@gmail.com