Fútbol y cultura

El fútbol, además de constituir una pasión popular, parece ser, en algunos aspectos, reflejo de nuestra manera de ser sociedad. Si esto es así, es posible también que nos brinde una oportunidad de mejora de nuestra cultura, de la misma manera en que, en un espejo, podemos ver esa espinilla que afea nuestro rostro y con los instrumentos adecuados, remediarlo.

Esto estuve pensando al observar, en los últimos meses, ejecutar los tiros de esquina –o corners, como se decía antes cuando aún el fútbol estaba poblado por ofsáis, centrojás, insáis, wines y otras denominaciones que acercaban ese deporte a sus fundadores.

¿Qué tiene de especial la ejecución de esos tiros libres? Muy sencillo: se destacan por el operativo de seguridad con el que hay que rodear a aquel player que lo debe cobrar. Policías con escudos tratan de proteger al jugador condenado a ejecutarlo ya que los escupitajos y proyectiles caen impunemente sobre su humanidad.

Claro que esto no lo sufren los jugadores locales, sino los visitantes que, por algún motivo, se transforman en enemigos sobre los que pueden descargar la ira los espectadores que, a tal fin, se ubican en los codos de la tribuna. Pone la piel de gallina ver a padres que, con sus hijos de 12, 14 o 16 años, escupen a un joven sólo algunos años mayor por el simple hecho de vestir una camiseta con colores distintos a los de sus “amores”, requisito obligado, dicho sea de paso, para que exista el espectáculo deportivo que fueron a ver.

Son pocos los comentaristas deportivos que se refieren a la inhumanidad que encierran estas conductas. Algunos hasta hablan de “el folklore del fútbol”. Otros lo atribuyen a la maldad del poder que protegería a su mano de obra, los llamados barras bravas –si es que éstos fueran esos agresores–, como si el poder necesitara escupir a un joven de 20 años para cometer sus tropelías. Los más, lamentan el hecho pensando que se trata de algo inevitable en un espectáculo futbolístico.

Llama la atención que este fenómeno no se pueda asociar con otros acontecimientos sociales que pertenecen a la misma familia de conductas indeseables. El grupo que arroja proyectiles y escupe a un jugador que se acerca al alambrado no se diferencia, esencialmente, de aquel que participa de una violación grupal o de aquel otro que define sus preferencias cívicas por el odio que siente por una propuesta política a la que considera ajena.

Tienen en común constituir conductas sólo ejecutadas por la previsible impunidad con la que imaginan contar. Para arrojar una botella o violar entre varios a otra persona o generar y reproducir mensajes en una red social con total despreocupación por su grado de veracidad no hace falta ni valentía ni ninguna otra clase de capacidad especial, salvo la de odiar y dar rienda suelta a ese odio.

Pero, así como el fútbol puede reflejar parte de nuestra manera de ser sociedad, también puede incluir acciones que nos permitan mejorar como tal. Con la tecnología actual son fácilmente identificables las personas que en una cancha de fútbol realizan esos actos de cobardía. Una vez bien filmados y fotografiados se los puede interceptar de la manera más conveniente, sin causar más daños que los que se quieren remediar, y ponerlos frente a una serie de consecuencias de sus actos.

La primera de ellas podría ser mostrarle las imágenes de ellos mismos cometiendo esos actos. Es posible que no pocos se avergüencen y presten atención a no repetir tales conductas en el futuro. Para todos servirá como una advertencia y la reiteración de la conducta habilitará la aplicación de marcos normativos que, aunque insuficientes y perfectibles, permiten castigar y evitar la reiteración de esos actos.

Ni el folklore del fútbol ni la sociedad machista ni la defensa de intereses o creencias deberían justificar la agresión a personas que consideramos diferentes de nosotros y, en especial, más débiles y con escasas posibilidades de defenderse al ser agredidos.

Quizás la ventana del fútbol nos permita mirar hacia fuera de nuestros propios odios y entender que agredir, violar o agraviar deberían desaparecer de nuestras prácticas sociales y que eso sí sería, efectivamente, un mejoramiento de nuestra cultura.

De otra manera, no habrá policía ni escudo que nos pueda proteger del próximo botellazo, venga de donde venga.

Marzo de 2022. emiliopauselli@gmail.com

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