Lo nuevo viene de a poco

Hasta hace pocas décadas, en treinta de los cincuenta estados de los Estados Unidos estaba prohibido el casamiento entre un blanco y una negra o entre un negro y una blanca. Afortunadamente, hoy sería impensable que se pudiera sostener una prohibición de ese tipo, aunque en ambientes conservadores esos matrimonios no dejen de ser mirados con recelo.

Hace apenas 70 años que las mujeres pueden votar en la Argentina, lo que obligó a empadronarlas y crear las mesas femeninas para sufragar. Hubo que esperar cincuenta años para que una junta electoral –la de Tierra del Fuego– decidiera terminar con la discriminación y aprobara mesas electorales únicas para varones y mujeres, práctica hoy extendida a todo el país en la línea de la Convención sobre la Eliminación de Todas las Formas de Discriminación contra la Mujer aprobada por las Naciones Unidas.

Hay instituciones –pocas aún– que ya han eliminado los baños para varones y mujeres y tienen baños únicos. Quizás, con el tiempo, eso nos parezca tan natural como cuando en Talentos ocultos Kevin Costner eliminó los baños para blancos y para negros en la NASA.

Eso no impide que en muchas escuelas se sigan formando filas separadas de niños y de niñas. Los vigilantes del saber parecen ser, como todos los vigilantes, más reacios a lo nuevo. Pero, de la misma manera que en otros ámbitos de la cultura, es dable esperar que de a poco se pierda el miedo a la innovación y se puedan reconocer sus inmensas ventajas.

Lo mismo ha ocurrido con el concepto de familia que, hasta hace poco, era sinónimo de pareja heterosexual con hijos. Hoy se reconocen variadas formas de familia, desde las monoparentales hasta las originadas en las leyes que protegen el llamado matrimonio igualitario, que permite acceder a los beneficios de esa institución civil a personas del mismo sexo.

La resistencia de muchos líderes religiosos a estas nuevas realidades genera también resistencias internas en las propias instituciones religiosas. Muchos creyentes intentan acompasarse a un gran logro de la cultura: diferenciar entre el sexo y el género, entre la biología y la cultura. Quizás por primera vez la humanidad está ante la posibilidad de superar la sexualidad animal destinada exclusivamente a la reproducción y transformarla socialmente en sexualidad humana.

Pero la tela social siempre conserva fibras de lo nuevo y de lo viejo, muchas veces sin que los propios tejedores tengan conciencia de ello. Algo de eso ha sucedido en el Censo Nacional que está en marcha en la Argentina donde, junto a preguntas innovadoras que apuntan a la autopercepción de género o al propio origen étnico, se pregunta inocentemente sobre quién es el jefe o jefa del hogar.

Durante muchos años, asociado a aquel concepto de familia como pareja heterosexual, el jefe del hogar era el varón. Esta realidad estaba reforzada por la postergación de la mujer que no tenía independencia económica ni financiera. La realidad de las familias monoparentales, la mayoría de ellas encabezadas por mujeres, hizo que en esas condiciones éstas también pudieran ser consideradas jefe de hogar. En la Argentina hubo un interesante programa de transferencia de ingresos llamado Jefes y Jefas de hogar desocupados.

Esta evolución del concepto lo relaciona fuertemente con el aporte económico a la familia. Siguiendo esta línea, el jefe del hogar podría ser el nieto que pedaleando en su bicicleta para repartir pedidos de comida obtiene más ingresos que el padre desocupado o la abuela jubilada.

Claro que la única autoridad no es la económica y las relaciones de poder en un grupo humano como una familia son variadas. ¿A ese tipo de relaciones se refiere la pregunta? ¿Busca saber qué persona de la familia es la más reconocida ya sea por su experiencia, su sensatez o su crueldad?

Jefes hay en la fábrica, también los hay en la oficina. Es un término traído del mundo del trabajo al ámbito familiar. En el trabajo el jefe gana más que el subordinado y toma decisiones que los demás deben acatar. ¿Eso es lo que quiere saber el censo?

Lo nuevo, en este caso, sería pensar que quizás muchas familias ya no tengan jefe ni jefa, que sean otro tipo de organización social y que la pregunta, entonces, no tenga sentido. Claro que nos perderíamos la posibilidad de informar luego qué tanto por ciento de los jefes de hogar son varones y qué tanto por ciento mujeres, pero ¿vale ese dato así obtenido la falta de reconocimiento al carácter colaborativo de una cantidad de hogares, donde las responsabilidades y los liderazgos son compartidos, en muchos casos aún por los miembros más jóvenes?

Quizás, alejarnos de la idea de la sociedad-fábrica nos permita hacer unas preguntas más interesantes, por ejemplo: ¿Cuáles de las pesonas censadas son las responsables del hogar?, permitiendo así el recnocimiento de múltiples jefaturas. O también: ¿Se reconoce a alguna de las personas censadas como jefe/jefa del hogar o se comparten las responsabilidades? No sabemos que resultado obtendríamos, pero sería muy interesante conocerlo.

Quizás los hogares aún se adapten fielmente al modelo laboral, o quizás descubramos que pasan otras cosas, pero, con la inocente pregunta sobre quién es el jefe, nunca lo sabremos. 

Mayo de 2022. emiliopauselli@gmail.com

Ir hacia arriba