Veremos, veremos, y después lo sabremos

Eso siempre decía mi madre, aunque no quedaba totalmente claro qué es lo que veríamos y qué sabríamos luego de verlo. Pero lo que sí entendíamos a ciencia cierta era que no podíamos estar seguros de nada si no lo habíamos visto. ¿Confianza extrema en el sentido de la vista? Nada de oiremos o de oleremos, no señor, tampoco de gustaremos ni tocaremos: veremos y no hay más que decir.

Pero, la verdad, no se trataba en realidad de una disputa entre los distintos sentidos. Lo que se oponía a ver era el decir, el decir de otros que nos contaban que la vida era de tal o cual manera. No es que a eso no había que prestar atención, claro que toda noticia sobre el mundo es para tener en cuenta, pero lo que no había que hacer era convencerse antes de verlo con los propios ojos.

Aunque, claro, ¿cuántas cosas podemos ver con nuestros propios ojos? Quizás no tantas.

Por empezar, descartemos lo que vemos en la televisión. La mayoría son ficciones y hasta los noticieros nos muestran lo que quieren y de la manera que quieren. Basta con hacer zapping y en un canal escucharemos la maravillosa noticia de que llegaron dos millones de vacunas al país mientras en el otro nos compartirán la penosa noticia de que, lamentablemente, sólo llegaron dos millones de vacunas.

Pero algo es cierto, responderá el lector: que llegaron dos millones. Uhm, ¿usted las contó? ¿No habrán exagerado unos y creído otros? Claramente, según la regla de mi madre, la televisión no entra entre las cosas que vemos.

Menos todavía las cosas que nos muestran en las redes sociales. ¿Quién nos la envía? Una amiga. ¿Y quién se la envió a esa amiga? Vaya a saber. Así que no crea que los esquimales tienen sexo con las focas o que en Birmania las hormigas pesan cien gramos cada una.

¿Qué eso no lo creería usted de ninguna manera? Bien, pero ¿cuántas veces se enterneció con la búsqueda de alguien que nunca había desaparecido o leyó una generosa oferta de medicamentos carísimos que estaban disponibles a partir de la muerte de un paciente inexistente? ¡Vamos! A esta altura ya sabemos que esas redes manipulan nuestros sentimientos sin ofrecernos ninguna garantía de verdad.

Así que no queda más remedio que volver décadas atrás y refugiarnos en los libros, escritos por gente seria y comprobable. Bueno, quizás no todos tan serios. Pero ¿es que los libros nos dicen cómo es el mundo? En el mejor de los casos nos dirán cómo ese autor cree que es el mundo, pero nunca podremos estar seguros hasta que no lo veamos por nosotros mismos.

No televisión, no redes, no libros. ¿Qué nos queda? Ah, la ciencia. La ciencia es incontrovertible, lo que dice la ciencia es así para siempre, justamente porque está comprobado “científicamente”.

¿Pero no ha escuchado usted que la ciencia permanentemente hace nuevos descubrimientos que llevan a cambiar lo que antes decía la misma ciencia? Así, amiga, que ni ciencia ni libros ni tv ni redes. De la radio mejor no hablemos, ni se le ve la cara al que nos habla.

Yo comprendo su perplejidad: ese mundo que brilla bajo las luces de neón es, en verdad, un mundo oscuro donde no podemos ver y, por lo tanto, tampoco saber. Sin embargo, nos comportamos como si supiéramos: discutimos con arrogancia, descalificamos con imprudencia, afirmamos con impunidad.

Mi madre no lo sabía, pero estaba hablando de las democracias modernas, también llamadas “representativas”, con las que no se come ni se educa ni se cura. ¿Usted quiere algo más contradictorio que llamar democracia a un sistema que aclara desde sus inicios que el pueblo no gobierna? O no sabemos nada de griego o el idioma se ha pervertido mucho más allá de lo que imaginamos. O, quizás, sencillamente, una democracia reducida a votar cada dos o cuatro años a personas en su mayoría desconocidas, esté en el escalón más bajo de la democracia: quizás por eso estamos siempre tan cerca del sótano.

Habrá que empezar a escuchar a los que hablan de que la democracia debe ser participativa, donde los ciudadanos sí podamos ver y saber. Los sabios dicen que eso es imposible, que somos tantos que otro se tiene que encargar de decidir por nosotros, que nos conformemos con elegirlos de vez en cuando.  Otros afirman que nadie tiene tiempo ni ganas de complicarse o de ir a reuniones donde se discuta sobre el bien común, que gobernar es un oficio y no cualquiera está preparado para opinar sobre esas cosas.

Pero, al fin del día, querida amiga, estimado amigo, si usted no quiere tener preocupaciones y prefiere dejar todo en manos del administrador, no se queje cuando se caiga el ascensor con su familia adentro.  

Julio de 2022. emiliopauselli@gmail.com

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