La Cuarta Colonia

Todos sabemos que nuestros países, hasta hace aproximadamente doscientos años, han sido, en su mayoría, colonias españolas o portuguesas. Desde allí proviene el nombre de América Latina, luego de haber hecho desaparecer a la mayoría de las lenguas nativas y a sus hablantes.

A ese momento lo llamaremos la Primera Colonia. Sus rasgos principales consistían en la dependencia política de esos reinos europeos, en el saqueo de sus riquezas y en el genocidio de sus habitantes originarios. Si se hiciera la cuenta de las riquezas robadas de América y a esa cifra se le restaran nuestras actuales deudas externas, los países denominados “centrales” o “desarrollados” pasarían de ser acreedores a ser deudores por cifras que sólo con el trabajo y la austeridad de muchas generaciones podrían pagar.

A diferencia de los enclaves coloniales en Asia y África, por diversas razones, primero las ciudades y luego los territorios de América obtuvieron su independencia política. Ese es el momento en que nace la Segunda Colonia. Algunas de sus características fueron el control económico ejercido por las metrópolis y la influencia, a partir de aquél, en las decisiones políticas locales. Dependencia tecnológica y de bienes de capital, deterioro en los términos del intercambio, reducción de nuestros países a ser productores de materias primas sin valor agregado, son algunos de sus nombres.

Pero, como no se puede jugar con eso de la libertad, nuestros pueblos comenzaron a soñar con tener una vida mejor y eso, en muchos casos, se asoció a la independencia económica como primer paso para una sustentable independencia política. Es en ese momento donde se inicia la Tercera Colonia, basada en el control que, a través de las fuerzas militares autóctonas formadas en sus academias, las metrópolis garantizaron sus intereses en nuestros países. La retahíla de golpes de Estado en América Latina fue el evento más significativo de la tercera colonia. Como se sabe por la historia, estos gobiernos tuvieron como fin garantizar los intereses económicos de los centros extranjeros de poder y castigar con la cárcel, el secuestro o el asesinato a aquellos que se opusieran a esos designios.

Las llamadas “democracias” que en nuestros países reemplazaron a los gobiernos militares de la tercera colonia, a poco de andar, comenzaron a mostrar fisuras en su misión de mantener la relación colonial entre “centro” y “periferia”. Luego de unas décadas de ensayo y error, muchas sociedades fueron votando por opciones que, al menos discursivamente, incluían rasgos anticoloniales. Ese es el momento del nacimiento de la Cuarta Colonia, o colonia judicial.

Así como en la tercera colonia los centros de poder pusieron bajo su mando a las fuerzas armadas de nuestros países, en la cuarta colonia han sometido a nuestros poderes judiciales a sus propios intereses y, en muchos casos y sin pudor, a sus propios tribunales. No otra cosa significó los fallos del juez de Nueva York, Thomas Griesa, a favor de los fondos buitre que acosaron a la Argentina durante tantos años, o el reciente pedido del juez del Distrito de Columbia, Michael Harvey, que ordena el secuestro de un avión venezolano en Buenos Aires, o la extendida práctica de inhibir judicialmente a dirigentes políticos que no garantizan la defensa de sus intereses: Dilma Rousseff, Rafael Correa, Lula Da Silva, Cristina Kirchner, entre otros.

Pero a esta altura es necesario hacer dos aclaraciones. La primera, que las características de estas cuatro colonias no desaparecen totalmente cuando se pasa de una a la otra. Durante la cuarta colonia persisten enclaves coloniales territoriales, como el que ejerce Gran Bretaña en Malvinas o Estados Unidos en Guantánamo o Francia en la Guayana Francesa. Los gobiernos militares de la tercera colonia fueron los principales endeudadores de nuestros países, reforzando así la dependencia económica. En medio de la cuarta colonia se produce un golpe de estado en Bolivia y, en todos nuestros países, existen fuerzas represivas que, aunque muy ineficientes a la hora de controlar el delito –en especial el narcotráfico–, se muestran activas a la hora de reprimir cualquier protesta social. En fin, que las cuatro colonias en parte se suplantan y en parte se superponen como capas arqueológicas.

La segunda aclaración se refiere a cancelar la idea incorrecta de que la relación colonial se establece entre un agente externo, o metrópoli, y una sociedad, pueblo o país. Esta relación sería insostenible si no existiera una oligarquía en cada uno de nuestros países que, remedando a aquellos virreyes de la primera colonia, educa a militares, promueve a jueces y garantiza que sus propios intereses estén ligados a los de la metrópoli.

La historia suele burlarse de los ignorantes, tanto es así que el gobierno militar que en Argentina usurpó el gobierno en 1976 para “salvar a la patria”, designó ministro de economía a un descendiente y homónimo de aquel administrador que designaron los ingleses luego de invadir Buenos Aires en 1806: José Alfredo Martínez de Hoz.

Pero no hay que desesperar: la cuarta colonia llega como resultado del fracaso de la primera, de la segunda y de la tercera. El único peligro real es que convenzan a las sociedades de lo ventajoso que es ser colonia, y hay quienes no cejan en el intento.

Agosto, 2022. emiliopauselli@gmail.com

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