La sociedad argentina está agotada del fenómeno de aumento permanente de los precios que, sobre todo, afecta a bienes de primera necesidad como alimentos, medicamentos o transporte. Todas las teorías parecen fracasar y todos los remedios terminan resultando inocuos ante esta calamidad.
Se debe al precio del dólar, afirman algunos, así que cuando el dólar sube, aumentan los precios, pero, si el dólar baja, impertérritamente, éstos siguen aumentando. Es que hay pocas reservas en el Banco Central, pero, contrariamente a lo esperado, cuando éstas aumentan, también lo hacen los precios. Lo que ocurre, aseveran los terceros, es que el aumento de los salarios repercute en los precios, pero, no lo va a creer, cuando el poder adquisitivo de los salarios disminuye, los precios vuelven a aumentar. Es que el aumento del déficit fiscal… pero cuando ese déficit disminuye, los precios aumentan con energía renovada.
Es que, opinan otros, este gobierno no inspira confianza y por eso las empresas aumentan los precios para cubrirse. Claro que hay que ser poco memorioso para haber olvidado que el gobierno anterior, de signo político totalmente opuesto al actual, también fue masacrado por la inflación. Y si buscamos explicaciones entre la gente sabia, seremos informados de que la inflación es un fenómeno multicausal y que hasta que la “macro” no sea “previsible” el fenómeno no cesará.
Todas estas explicaciones transitan por la ancha avenida del desastre, dibujando un paisaje que nada tiene que ver con la realidad, aunque de a ratos lo parezca. Por eso no es de extrañar que los intentos de remediar este flagelo fracasen reiteradamente: es como querer hacer muebles de pino con un árbol de algarrobo.
El gran equívoco que hace parecer a los especialistas personas mal informadas, cuyas predicciones nunca se cumplen, es considerar que la inflación es un fenómeno que tiene que ver con la economía. Nada más errado y nada más fantasioso. Aunque el aumento permanente de precios destruye la economía de la mayoría de la sociedad, no es un fenómeno que se genere en la esfera económica; muy por el contrario, esa realidad es un subproducto de una sociedad desigual donde algunos tienen el poder para aumentar ilimitadamente sus beneficios mientras que otros no tienen medios para evitarlo.
Esto quiere decir que la inflación es un fenómeno que se genera en la esfera de lo político, en el sentido más literal, como las prácticas que regulan la vida en común.
Aunque parezca un mal sueño o el producto de políticas totalitarias, décadas atrás las empresas, para aumentar sus precios, tenían que hacer presentaciones ante las oficinas púbicas que regulaban el comercio. Dichas presentaciones debían contener la información económica que justificaba esos aumentos, explicando detalladamente las variaciones de costos que le daban origen. ¿Se trataba de gobiernos comunistas? Nada de eso, eran en general gobiernos liberales de derecha, pero que participaban de la evidencia de que los precios y la rentabilidad no podían ser decisiones unilaterales de los beneficiarios de esas determinaciones.
En las últimas décadas se ha insistido, con total carencia de pruebas, en que cualquier mediación que no sea la del mercado es mala -excepción hecha de cuando esas mediaciones favorecen a las empresas- y la naturalización de esa creencia ha transformado a la inflación en un problema “del mercado”. No es de extrañar que el famoso “mercado”, cuya ley es la misma que la del océano: el pez grande se come al pez chico, no atine a dar ninguna respuesta al problema.
A cualquier intento de control de precios, las empresas responden inmediatamente con el desabastecimiento: “no podemos producir con esos límites de precios”, afirmación incomprobable, ya que no tienen la obligación de demostrarlo, e increíble, ya que sus balances siempre ofrecen ganancias exorbitantes.
Ante esa realidad, los distintos gobiernos apelan a ministros de economía “amigos” de las empresas, con “buena llegada” a los formadores de precios. Eso ya está respondido en la historia argentina desde hace cuarenta años: “les hablé con el corazón y me respondieron con el bolsillo”, dijo un ex-ministro de economía ante la inflación descontrolada.
En fin, que el problema de la inflación no es un problema económico y, por lo tanto, no se resuelve con medidas económicas. La inflación es un problema social y, por lo tanto, sólo podrá solucionare estableciendo un nuevo contrato social.
Hasta hace poco, algunos dirigentes políticos hablaban de la necesidad de un nuevo contrato social para salir de la crisis. Ya sea porque establecer dicho contrato no es de interés de los poderosos, ya sea porque el ejercicio del gobierno lima las mejores intenciones, se ha dejado de hablar del tema. En su lugar, se habla de economía y se pueblan los ministerios de lobistas.
A veces los caminos son largos, pero, si el primer paso se da en la dirección contraria, no tenga dudas, nos encontraremos más lejos de las soluciones, nunca más cerca.
Octubre de 2022. emiliopauselli@gmail.com