Nuestro siglo ya va dejando dos décadas atrás… y nada de nada. El muy perezoso sigue sin despertarse y atender a las necesidades de su época. Por el contrario, los seres humanos que deben habitarlo encuentran crecientes dificultades para mantener su vida a salvo y, ni que hablar, la mayoría de ellos ya ha perdido la esperanza de encontrarse con un futuro mejor.
Pero, como no hay vida humana sin sueños, ante la poca actividad del susodicho no queda más remedio que recurrir a los sueños del pasado, por más inadecuados que estos puedan resultar. ¿Que usted no cree que sea así? Acompáñenos en un breve recorrido por la desteñida galería de promesas que hoy están disponibles.
Empecemos por lo mejor, el llamado “progresismo”, que tiene como una de sus banderas mejorar la vida humana para todos, en especial para aquellos menos favorecidos en las sociedades actuales. Pero el siglo no le da ninguna idea para alcanzarlo: tiene que ir al siglo XX y desempolvar los libros de John Maynard Keynes con la esperanza de encontrar allí la receta para equilibrar un modelo económico desquiciado que, por más que se lo intente, ya no logra reflotar el Estado de Bienestar ni con la ayuda de Poseidón. La automatización reemplaza de manera creciente al trabajo humano y el dinero ha dejado de ser un fin en sí mismo: ahora es un medio para obtener más dinero.
El progresismo, ante sus limitados resultados, es criticado con razón por las izquierdas, las que impulsan un cambio radical que invierta, definitivamente, la relación entre ricos ociosos y pobres laboriosos, pero sin trabajo. Pero cuando miran al siglo, éste no sólo permanece con sus ojos cerrados, sino que hasta se escuchan sus ronquidos. Tienen que viajar hasta el siglo XIX para tratar de reflotar una revolución proletaria con proletarios que hoy ya no tienen sólo sus cadenas para perder: pueden perder también su automóvil, la cuota para la escuela privada de sus hijos, el pago de la hipoteca por su vivienda y tantas cosas más.
Y ante el fracaso del progresismo que no logra acabar con la pobreza y de las izquierdas sin territorio ni utopías, se alza el llamado “neoliberalismo” como la alternativa para, supuestamente, mejorar la vida humana. Pero cuando se dirige en busca de las respuestas del siglo, encuentra la puerta de su habitación cerrada y un cartel colgando del picaporte que reza “Not disturb”. Así que no le queda más remedio que ir hasta el siglo XVIII, donde la posibilidad de dividir el mundo en colonias de las grandes potencias y de traficar y explotar el trabajo de los esclavos, mantenía la apariencia de que el libre mercado funcionaba.
Y mientras tanto, el siglo XXI no despierta, y quizás tenga sus razones. Es fácil criticar, pero pónganse en su lugar. Entre sueños escucha: “¡Trabajo! ¡Queremos trabajo!”. “Pedazo de vagos, ¡vayan a trabajar!”. “¡Vamos a crear millones de nuevos puestos de trabajo!”, y el siglo, un gran realista, lo que debería decir si despierta es: “Teniendo en cuenta aquello que ustedes llaman trabajo, cuánto más trabajen, más pobres serán y más crecerá la desigualdad”.
Y cuando se da vuelta para el otro lado, con su otro oído escucha las palabras significantes: “Desarrollo”, “Crecimiento”, “Aumento del PBI”. ¿Y saben qué? Si despertara debería decir: “En un planeta con recursos limitados, no existe el consumo ilimitado”.
Y mientras se desarticula la sociedad humana con los estertores de la cultura nacida de la revolución industrial y se aniquila el planeta para mantener artificialmente con vida a esa misma cultura que ya ha llegado a su ocaso, ¡el siglo XXI sigue durmiendo!
Lo grave no es tanto eso, sino que en el horizonte no se ve a ningún príncipe ni a ninguna princesa que venga a despertarlo con su beso. Por el contrario, ante la desazón y la falta de caminos que ofrece el siglo, los que pueblan crecientemente los caminos son los movimientos neonazis con su carga de odio, racismo, xenofobia, aporofobia y misoginia.
¡No! ¡Otra vez no! ¿No existe una manera de despertar del sueño que no sea con una pesadilla?
Octubre de 2022. emiliopauselli@gmail.com