Puede parecer pretencioso querer enmendar las palabras que escribe Juan en su evangelio, más si se tiene en cuenta que hombres sabios, después de mucho trabajo, lo han seleccionado entre una serie de textos antiguos afirmando que lo allí escrito ha sido dictado por Dios.
También quedaría sin parlamento Susan Sarandon cuando en Dead man walking, traducida más decentemente al castellano como “Mientras estés conmigo”, alienta a Sean Penn en su camino hacia la ejecución: si él puede aceptar la verdad sobre los asesinatos cometidos será libre, si no ya de la muerte, por lo menos en alguna otra dimensión espiritual.
Pero, quizás, sólo se trata de que nuestro mundo actual no puede ser considerado como muy evangélico. Muchos no tienen problemas en arrojar la primera piedra y, en ocasiones, cosas mucho más peligrosas como, por ejemplo, mentiras o misiles.
Julian Assange tendría autoridad para polemizar con Juan, por más pergaminos que tenga el supuesto promotor de aquellas líneas. Haber publicado información verdadera que puso al descubierto innumerables crímenes de guerra cometidos por las fuerzas armadas norteamericanas no le significó ninguna libertad, por el contrario, hace años que es perseguido y actualmente se encuentra preso en Gran Bretaña mientras la justicia de ese país analiza un pedido de extradición efectuado por los Estados Unidos.
La misma situación se experimenta por estos días en Argentina donde filtraciones de mensajería instantánea muestran la connivencia de jueces, empresarios privados, medios de comunicación y políticos, configurando una situación -dádivas y tráfico de influencias de por medio- penada explícitamente por la ley. Pero esta verdad no hace libre a la sociedad de estos malhechores, por el contrario, esos delincuentes son los que siguen libres y tomando decisiones que afectan la vida de millones de personas.
El problema, entonces, no es que se planifiquen bombardeos a objetivos civiles, sino que esa planificación tome estado público. De esa manera, la negativa a aceptar la existencia de esas acciones criminales o de atribuirlas a lamentables errores en los casos en que no puedan ser ocultadas, se podrían ver afectadas de credibilidad.
Lo mismo ocurre en el caso argentino. El problema no es que jueces, funcionarios del gobierno de la ciudad de Buenos Aires y empresarios se hayan reunido en Lago Escondido en un viaje financiado por el multimedio más poderoso del país. El verdadero problema es que una parte de la sociedad pueda comprobar que la democracia es una ficción ya que las decisiones son tomadas por pequeños grupos de poderosos que no han sido elegidos por nadie.
De esa manera, los criminales se convierten en víctimas. El ejército de los Estados Unidos ha sufrido un ataque a su seguridad y nuestros poderosos criollos han sido espiados ilegalmente. Pobrecitos.
A la lista integrada por Julian Assange, Chelsea Manning, Edward Snowden y tantos otros, se le intenta agregar ahora el nombre del supuesto responsable de la filtración de marras, prometiéndole persecución, privación de la libertad, fake news y otras violaciones a sus derechos humanos.
Nuestra época hace caso omiso de la máxima “No maten al mensajero”, quizás porque los mensajes que tiene para dar son tan penosos que es más fácil eliminar al que los transmite que ponerse a pensar seriamente cómo superar esta cultura decadente donde unos pocos pueden defender sus propios intereses afectando obscenamente los intereses del resto de los seres humanos.
¿Cómo puede ser administrado un mundo que ha logrado un increíble desarrollo de la ciencia y la técnica ampliando de manera inimaginable su capacidad productiva, pero donde los frutos de esas posibilidades no las disfruta la especie que las ha creado? ¿Cómo sostener una manera de producir ganancias a expensas del aumento permanente de la pobreza y de la indigencia? ¿Cómo proyectarnos hacia el futuro cuando nuestra manera de vivir hace cada vez más precaria la situación del planeta que nos aloja?
Quizás la única manera de hacerlo sea ocultando la verdad y, por lo tanto, persiguiendo a los que se atreven a mostrar así sea una parte muy pequeña de ella. Occidente se escandaliza de que las mujeres musulmanas deban utilizar distintos tipos de velo para cubrir su cuerpo, su cara o su pelo, pero, mientras tanto, su cultura se va transformando, poco a poco, en un inmenso hiyab que oculta los reales mecanismos que gobiernan nuestras sociedades cada vez más desiguales.
Quizás por eso, en algún punto, esas culturas se entienden e interpenetran: lo importante es ocultar. Un manto de dólares ocultó la fraudulenta votación en la FIFA que dio lugar al mundial de Qatar. Se lamentan las muertes de mujeres que se rebelan contra la discriminación, pero se sostienen gobiernos teocráticos o fascistas en tanto eviten la instalación de alternativas más atentas a las necesidades de la sociedad y menos obedientes a las minorías que realmente gobiernan el mundo.
En resumen, el que quiera develar parte de la trama de la real dinámica social, que poco y nada tiene que ver con la justicia o con el mérito, ¡que se atenga a las consecuencias! La verdad es una mercancía peligrosa y traficar con ella es más riesgoso que hacerlo con armas, drogas o seres humanos.
No hay motivo para llamarse a engaño: cada poderoso cuenta con su propia Policía de la moral.
Diciembre de 2022. emiliopauselli@gmail.com