Democracia y holocausto

Nunca se ha puesto en duda, hasta ahora, que estos dos términos son, históricamente, opuestos. Se piensa, con algún fundamento, que en condiciones de vida democráticas no podría haber surgido una experiencia histórica tan negativa como lo fue el nazismo, que llevó a la muerte a seis millones de judíos.

Para que eso sucediera el régimen encabezado por Hitler tuvo que eliminar, además, a otros cinco millones de alemanes que, con buenas razones, se oponían a ese conjunto de ideas políticas. Intelectuales, socialdemócratas, sindicalistas, líderes religiosos, fueron asesinados para que aquella simplificación extrema de la realidad ─alguien es culpable y hay que eliminarlo, en ese caso los judíos─ fuera posible.

Pero la marcha de los asuntos humanos hace envejecer a cualquier biblioteca de ciencia política: hoy democracia y holocausto aparecen hermanados en el medio de una confrontación electoral. Una de las candidatas a presidente de la Argentina propone, en todos sus spots publicitarios, “terminar con el kirchnerismo” y, por si quedara alguna duda de su intención, agrega “de una vez y para siempre”.

El kirchnerismo aquí mencionado se refiere a un grupo político que ha gobernado al país varias veces durante los últimos años y que hereda el nombre de su líder, ya fallecido, llamado Néstor Kirchner. Como todo grupo está compuesto por individuos que sustentan esas ideas y pareciera que la única manera de terminar con él, hablando razonablemente, sería acabar con las personas que tienen esas ideas en su cabeza.

La misma candidata que propone este nuevo holocausto es la única dirigente del arco político que nunca repudió el atentando contra la actual vicepresidenta de la Argentina, miembro de la fuerza política a la que hay que hacer desaparecer y compañera en vida de su líder, lo que da a entender que le hubiera parecido conveniente que dicho intento de asesinato hubiera resultado exitoso, comenzando así el camino propuesto de acabar con los kirchneristas.

La democracia parece impotente ante semejantes amenazas. Varias veces al día, por la radio y la televisión, se insiste en la idea de que ese exterminio sería la solución para todos los problemas del país. Posiblemente si alguna instancia institucional prohibiera ese discurso que llama abiertamente a la violencia política, los medios de comunicación concentrados lo denunciarían como un ataque inaceptable a la libertad de prensa, “libertad de prensa” que ya ha consagrado hace mucho tiempo el derecho a mentir.

La creencia de que exacerbar el odio contra algún grupo racial, social o político resultaría eficiente para llegar, a través del voto, a controlar organismos claves de un gobierno parece gozar de cierta legitimidad en el momento actual. Las consecuencias que de esas prácticas se puedan desprender parece no preocupar excesivamente a nadie.

La lógica que hermana democracia y holocausto parece ser la siguiente: si una mayoría electoral respaldara esas ideas, la violencia propuesta resultaría aceptable en tanto que lo querría la mayoría social. Claro que hoy sabemos que ese tipo de razonamiento es falso: el aparente apoyo a la violencia, la guerra y la persecución es siempre resultado de una manipulación momentánea de los miedos y necesidades de las personas, y sólo logran instalarse de manera efímera cuando son acompañadas de una severa represión a todas las ideas contrarias, incluidas las del grupo que se quiere eliminar.

No importa, a los presentes efectos, que usted sea o no sea kirchnerista; que simpatice con ese movimiento político o que su pensamiento se halle en las antípodas de aquél. En la Argentina, con la excusa de los movimientos armados, se eliminaron miles de líderes políticos, sociales, sindicales y religiosos que se sospechaba no favorecían a los intereses económicos dominantes. El Decreto-Ley 1461 de 1956 no se usó solamente para perseguir a peronistas, como la ley 17.401 de 1967 no llevó a la cárcel sólo a comunistas.

Cuando el llamado al holocausto vuelve a sonar públicamente en nuestro mundo sin que nadie proteste por ello, quizás sea el momento de recordar las poéticas y proféticas palabras de Bertolt Bretch: “ahora vienen por mí, pero es demasiado tarde”.

Octubre de 2023. emiliopauselli@gmail.com

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