No veo ningún individuo

Se atribuye a Margaret Thatcher haber dicho, mientras miraba pasar a los transeúntes por una ventana del 10 de Downing Street, “no veo ninguna sociedad, sólo veo individuos”. Quizás no haya sido en ese edificio, quizás Scotland Yard o el MI5 no permita a los primeros ministros británicos asomarse a esas ventanas, en fin, que no podemos estar seguros de en qué condiciones la primera ministra pronunció esa frase.

Sobre lo que no nos queda ninguna duda es que se trató de un plagio: sólo estaba repitiendo lo que Ayn Rand había escrito en el año 1961 en La virtud del egoísmo, por cierto, de manera mucho más refinada y apoyándose en argumentos que a ella le parecían evidentes.

El egoísmo no ha contado con buena prensa en la historia conocida de la humanidad. Desde las enseñanzas de las religiones hasta la consigna de “Libertad, igualdad y fraternidad” de la Revolución francesa, el altruismo, el pensar y actuar teniendo en cuenta el bienestar del otro, se ha considerado como un rasgo propio de la evolución humana. No otra cosa decimos a nuestros niños cuando los alentamos a compartir sus juguetes.

Sin embargo, junto al surgimiento del neoliberalismo, se ha puesto en tela de juicio la corrección de ese pensamiento. Parecería que, desde el momento que somos seres vivos individuados, la tendencia natural que tendríamos las personas es a ocuparnos de nuestro propio bienestar. Todo otro sentimiento estaría sobreimpuesto a la naturaleza humana y sólo se sostendría al precio de una pérdida irremediable de libertad.

Pero, para hacer honor a este pensamiento, hay que distinguir entre dos tipos de egoísmo. Uno es el egoísmo brutal, el que no tiene reparos en pisarle la cabeza al otro para conseguir sus objetivos, y otro es el egoísmo inteligente, aquel que busca alcanzar sus objetivos sin hacer cosas que luego se vuelvan en su contra.

Claro que este último egoísmo, para ser efectivo, debe presuponer la posibilidad de alcanzar el bien individual de manera independiente de lo que pase con los demás. Pero, ahí está el secreto, cuando los demás sigan también sus intereses egoístas de manera inteligente, a todos nos irá lo mejor posible. Eso se llama mercado.

Muchos creen que los que piensan de esa manera adolecen de algún defecto moral. ¿Cómo alguien se puede desentender de lo que les pasa a los otros? ¿Cómo la búsqueda de mi beneficio personal puede ser la virtud principal –casi única– que debe guiar toda mi acción en el mundo? Nos vemos, enseguida, tentados a considerar que se trata de malas personas y, viendo el tipo de sociedades que el neoliberalismo va produciendo, tendemos a confirmarnos en esa idea.

Pero si alguien es bueno o es malo es muy difícil de decidir. ¿Bueno o malo para qué o para quién? ¿En qué aspecto bueno y en cuál otro malo? ¿Y cuál sería el tribunal que juzgaría sobre el particular? Cómo verán, no es un tema tan fácil de despachar.

Pero volviendo al hecho de que mirando por la ventana hay quienes no ven ninguna sociedad, sino sólo individuos, lo que podemos estar seguros es de que se trata de personas profundamente equivocadas. La propia Ayn Rand propone ejemplos del reino vegetal y del reino animal que confirmarían que el egoísmo es la principal característica de los seres vivos y lo hace de manera encantadora, claro, para mentes simples a las que se puede seducir con las explicaciones fáciles y sin complicaciones.

¿Cuál es el error fundamental que vicia de nulidad todos esos razonamientos? Muy sencillo, el individuo es un resultado, no un origen. La teoría se sostendría si todos naciéramos ya adultos, o si un lapacho pudiera crecer por igual en la yunga o en un desierto. Pero no es así: el árbol no existe sin el bosque, como las lianas no existirían sin la selva ni los lobos sin su manada.

Y el individuo es el resultado de la sociedad, sin ésta no habría individuos; y si éstos no pusieran empeño en reproducir la sociedad, se extinguirían, como quizás finalmente suceda de persistir en esta clase de error, quizás involuntario, pero inmensamente beneficioso para las grandes corporaciones y el capital financiero.

No sólo el individuo humano pasa largos años siendo alimentado por otros miembros de la especie, sino que en ese extenso período es necesario reorientar sus impulsos egoístas para que no termine en su propia autodestrucción. Mientras tanto, la sociedad no sólo le provee de conocimientos y valores: le aporta el lenguaje, sin el cual no habría individuo humano ninguno. Hasta Robinson Crusoe pudo sobrevivir en su isla gracias a los conocimientos adquiridos en la sociedad inglesa, esa misma sociedad que la Thatcher nunca pudo ver.

Si tuviéramos en mente estas cuestiones, quizás al volver a mirar por la ventana ya no veríamos individuos, sino sólo el resultado de una sociedad que, mejor o peor, aún funciona. Es hermoso ser niño, emocionante ser adolescente, pero quizás ha llegado la hora de crecer si queremos seguir siendo una de las maravillas de este planeta que, a pesar de nuestras acciones, aún nos cobija.

Año nuevo de 2024. emiliopauselli@gmail.com

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