Espejo, con E de Ecuador

El 10 de agosto de 1809 un grito estremecía a toda la América española. Antes que el 25 de mayo de 1810 en Buenos Aires y que el 20 de julio del mismo año en Bogotá, Quito dijo al mundo que quería gobernarse a sí misma y se ganó, con ese acto, el apelativo de Ciudad Luz por haber iluminado la independencia americana.

En estos días, nuestros hermanos y hermanas ecuatorianos vuelven a mostrarnos el futuro, claro que esta vez no ya luminoso y esperanzador, sino ominoso y terrorífico. Nos anticipan qué es lo que tienen por delante todos los países de la región que se dejen seducir por el canto de sirena del neoliberalismo, el que incluye la defensa de una supuesta “libertad de mercado”, el culto de la “antipolítica” y la reducción a su mínima expresión del Estado, destinado casi exclusivamente a la represión de la protesta social.

Las sociedades contemporáneas expresan realidades complejas. En relación a los problemas que sus gobiernos deben resolver, las propuestas políticas neoliberales pueden ser catalogadas, sin exagerar, de infantiles. Eso no es resultado de la falta de capacidad de las personas que profesan esa ideología, sino que es parte de su concepción del mundo, donde lo deseable y único positivo es la maximización de los ingresos de los grupos económicos poderosos. La conocida y nunca cumplida “teoría del derrame”.

Claro que, persiguiendo esos objetivos, las regulaciones introducidas por los Estados tendientes a igualar las oportunidades de sus ciudadanos y de cuidar el trabajo y los ingresos de la población, son vividas por el neoliberalismo como intromisiones intolerables en la libertad de las empresas que, de esa manera, podrían tener que limitar sus ganancias, lo que no puede permitirse de ninguna manera. Ecuador hoy nos muestra cuál es el final de ese camino, el de retirar al Estado de la gestión de las mediaciones y regulaciones necesarias para vivir en sociedad.  

La ilusión de que las empresas y el mercado, una vez desaparecido el Estado o reducido a su mínima expresión, se hagan cargo de esas mediaciones, es sólo eso, una ilusión. Las ideas del neoliberalismo no han producido sociedades deseables en ninguna parte, ni en los países por ellos llamados “desarrollados” ni en los otros, y dicho fracaso se debe a que sus postulados de base son erróneos: no es buena idea dejar al zorro al cuidado de las gallinas, en ninguna parte del mundo.

Ecuador se ha destacado en esta ofensiva contra su propio Estado al punto de resignar el tener una moneda propia y reemplazarla –como muchos aconsejan en la región– por el dólar, lo que dificulta cualquier barrera o sistema de control sobre el lavado de activos.

Claro que la respuesta que ofrece el actual gobierno neoliberal de Ecuador no deja de ser superficial y aleatoria. No puede leer las acciones criminales vividas en estos días como el resultado de la política social de los últimos gobiernos neoliberales, sino que lo atribuye a un fallo de los sistemas de seguridad.

Nada tendría que ver con la actual situación que en el Ecuador la mitad de su población sea pobre y que el 30 % de la misma viva en la indigencia, proveyendo mano de obra de manera permanente a estas bandas criminales ante la ausencia de un proyecto de sociedad que ofrezca, a todos y todas, la posibilidad de construir una vida digna a partir del trabajo.

Asustado, como lo está la propia sociedad, el gobierno sólo atina a ofrecer indultos y amnistías anticipadas a los militares y policías que combatan al crimen organizado. Con solo mirar a su vecino del norte podría sacar buenas conclusiones de lo que significa establecer premios por matar: la solución militar creó en Colombia el conocido problema de los “falsos positivos”, constituyendo un escalón más en la violación sistemática de los derechos humanos en aquel país.

Pero la “E” de Ecuador coincide también con las “E” de Eugenio Espejo, “el Indio” o “el Sabio”, quien iluminó las mentes de los que, años después, transformaron a Quito en la Luz de América. Ya en aquel hoy lejano siglo XVIII, cuando despuntaba la idea de que lo importante era sólo el individuo, supo escribir: “Se oye proferir a algunos, como un oráculo misterioso, la siguiente proposición: El bien común prefiere al particular. Pero en la práctica nada se ve tan comúnmente sino que el interés del público es sacrificado al interés del individuo”.

Vista la triste situación que viven los hermanos y hermanas ecuatorianas por estos días, el resto de los países latinoamericanos harían muy bien en recordar el conocido refrán: Cuando las barbas de tu vecino veas pelar, pon las tuyas a remojar. O, en su defecto, dejar de creer en la patraña de que nuestro problema es el Estado y que hay que desmantelarlo para que nos llegue la prosperidad.

Parece que lo que llega es algo bien distinto.

Enero de 2024. emiliopauselli@gmail.com

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