Haz lo que yo digo …

… pero no lo que yo hago. Así reza el refrán popular refiriéndose a situaciones de manifiesta hipocresía. Doy unos consejos y aliento unas pautas de conducta que no son, para nada, las que llevo a cabo en mi propia vida.

Distintos personajes se han hecho acreedores a esta calificación. Los que encabezan la lista son, probablemente, los ministros religiosos que predican una moral que, por inhumana, ni ellos mismos pueden cumplir. Quizás le sigan los médicos, al menos aquellos que prescriben dietas o formas de vida que ellos no respetan. En ocasiones es aplicable a los mismos padres, que damos a nuestros hijos consejos que luego no ponemos en práctica.

Pero, mientras todas estas incongruencias ocurren en el ámbito privado, las personas, más o menos, podemos defendernos de ellas y aspirar a vivir vidas más coherentes, con cierto correlato entre lo que decimos y lo que hacemos.

Más complicado es cuando esta práctica pasa a ser moneda corriente de las instituciones, en especial de aquellas que, por su carácter, afectan la existencia de millones de seres humanos. Por estos días, ese refrán es aplicable a organismos multilaterales acreedores de la Argentina, quienes alientan para nuestro país políticas que, los que dominan esos organismos, no aplican de ninguna manera en sus sociedades.

¿Por qué casi todos los países llamados “desarrollados” tienen inmensos déficits fiscales, mientras que para un país como la Argentina la prioridad es terminar con el déficit fiscal, aunque ello signifique abandono de la salud de la población, grave deterioro de la educación y entrega de las riquezas naturales? ¿Por qué en todo el mundo se subsidia el transporte por los beneficios económicos y ecológicos que esa práctica conlleva, llegando en muchas ciudades “desarrolladas” a ser gratuito, pero en la Argentina los ciudadanos deben pagar un precio exorbitante que ya comienza a dificultar el traslado de las personas a sus lugares de trabajo?

Los propios estudios técnicos de esas instituciones dejan en claro que aquello que prescriben tendrá consecuencias desastrosas. Aseguran que, en el año 2024, la Argentina será el país del mundo con mayor inflación, superior al 250 %. Pero, si se aplica el plan en marcha, en el 2025 la situación mejorará: la inflación bajará al 65 %, cifra que, lamentablemente, seguirá siendo la más alta del mundo.

Sobre la producción, el magnífico plan que proponen ha revertido la tendencia al crecimiento de la economía argentina y se estima una baja importante para el año 2024, claro que la situación mejorará algo en el 2025, aunque recuperando menos de lo que perdió el año anterior. En un mundo pospandemia donde la economía mundial muestra una tendencia al crecimiento, la Argentina decrecerá.

Sin embargo, tanto el FMI como la OCDE, insisten en que el plan es excelente – si es tan excelente podrían aplicarlo en sus propios países, ¿no? – y que el país va por buen camino. Para no entrar en farragosas e inentendibles controversias económicas, los que hayan sido convencidos de que todos los problemas se originan en la emisión monetaria, el déficit fiscal o la ayuda que el Estado presta a los ciudadanos más desfavorecidos, pueden pensar esta situación desde otro punto de vista: la Argentina, el país que recibió el mayor préstamo otorgado por el FMI durante el gobierno de derecha del presidente Macri, es el país con mayor inflación del mundo y el único que, siguiendo los consejos de sus acreedores, no va a crecer en la región. ¿Sospechoso, no le parece?

Pero esta ha sido una tentación que ha acompañado a la humanidad durante toda su historia: como ya dijera el Nano, “bienaventurados los que dan consejos, porque serán sabios a costa de los errores ajenos”.  Aunque quizás la explicación de este vicio, el de decirle a los demás lo que deben hacer, no busque en especial aumentar la sabiduría y tenga una explicación mucho más prosaica: los demás deben hacer aquello que me conviene a mí.

Si fuera posible que el pueblo argentino coma mucho menos de lo que come, se eduque mucho menos de lo que se educa, proteja a sus ancianos mucho menos de lo que los protege, fomente el arte mucho menos de lo que lo fomenta, en resumen, si fuera posible reducir a un mínimo insignificante los consumos materiales y espirituales de la mayoría de los habitantes de ese país, es factible, en teoría, que pueda aumentar el aporte que esa sociedad hace al capital financiero internacional en forma de pago de deuda, de intereses y de subsidios para las empresas que dominan la economía.

Claro, el riesgo que se corre siempre es que, cuando el burro se acostumbre a no comer, en ese mismo instante tenga la mala suerte de morirse.

Febrero de 2024. emilopauselli@mail.com

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