Como Jim Carrey, una parte de la sociedad argentina sigue atrapada en Seaside, ciudad del mango de Florida, bajo una cúpula ficticia que simula soles, lunas, mares y futuro, aunque nada de eso sea real. Una vida se relata y una vida se promete, y, aunque las sospechas de que algo no está bien comienzan a crecer, aún se sostiene el show que miran interesados los organismos financieros internacionales que no pueden creer que, finalmente, se estén llevando a cabo sus planes más extremos, planes que, por otra parte, ya fracasaron en todo el mundo.
Como en el caso de Truman, la única manera de mantener a una parte de la sociedad dentro de esa ficción es la mentira permanente. Su padre no es su padre, su esposa no es su esposa, su amigo no es su amigo. Así funciona el 15.000 % de inflación al que estaríamos expuestos de no hacer lo que el gobierno de ultraderecha indica, o la existencia de un récord de indigencia heredada, o la añoranza de que hace 120 años la Argentina habría tenido uno de los 3 PBI más altos del mundo, todas falsedades que intentan que el hombre de verdad no se haga dueño de su vida.
Pero, así como mientras se lleva a cabo aquel show es necesario promocionar productos que hagan sostenible la financiación del increíble reality, de la misma manera es necesario conseguir fondos para el mantenimiento de esta ficción. Los recursos naturales estratégicos, las empresas públicas rentables, la energía, las vías navegables y el agua potable son una buena moneda de cambio para mantener a los espónsores interesados en el experimento.
Quizás Truman permaneció tantos años dentro de esa ficción, entre otras cosas, porque tenía un trabajo decente y no le aumentaban todas las semanas los productos alimenticios, no tenía que hacer frente al costo creciente del transporte público ni del combustible que utilizaba para su automóvil y, sobre todo, porque había un ejército de personas dedicadas a tergiversar la información para que a él todo le pareciera razonable.
Este último aspecto se replica de manera exacta en la Argentina de hoy: desde los grandes medios hegemónicos como así también desde los administradores de redes, se trata de hacer confluir informaciones –falsas, por supuesto– que hagan creíble lo que de otra manera sería absolutamente inaceptable.
¿Por qué para vivir mejor hay que vivir peor? ¿Por qué para combatir la inflación hay que cuadruplicar la inflación? ¿Por qué hay que aplicar los máximos aumentos a los alimentos que compran los argentinos y los máximos descuentos para los pozos petroleros que compran los extranjeros?
¿Por qué pasaban siempre en ese orden la bicicleta roja, la persona con flores y el escarabajo abollado? ¿Por qué los culpables de la supuesta situación terminal de la Argentina serán siempre los derechos de los trabajadores, las personas humildes y la justicia social?
Como nuevos Christof, los productores de este engaño creen que cuanto menos sepan las personas lo que está pasando, más natural les parecerá. Los dirigentes políticos son reemplazados por extras, personas contratadas en el extranjero aparecen como preocupadas por los destinos del pueblo argentino, la fobia al agua y a volar es reemplazada por el odio al populismo, garantizando así que el protagonista nunca pueda salir de su encierro.
Pero los organizadores de tal maquinaria de engaño no contaban con algo que no podrían manipular: el amor. Truman, con recortes de revista va reconfigurando la cara de Silvia, tal como él la recuerda. Es casi su único recuerdo genuino, el de la extra despedida de la filmación por haberse enamorado del protagonista y querer decirle la verdad sobe la falsedad de su vida.
¿Qué recuerdo podrá activar nuestra sociedad para recuperar el deseo de una vida digna? ¿Podrán convencer a la parte de la sociedad que aún acompaña este reality de política de que es necesario abandonar a nuestros viejos en la indigencia? ¿Cómo hacerle aceptable que una parte considerable de la niñez crezca desnutrida por la falta de acceso a alimentos? ¿Cómo convencerlos de que la salud pública deje abandonados a aquellos compatriotas que no tienen dinero para pagar la medicina privada?
En estos días sería quizás aconsejable volver a ver aquella película, nos daría muchas claves de cómo funciona nuestra sociedad actualmente. No se trata de la conocida disputa entre conservadurismo y progresismo, se trata de algo más básico: de poder volver a ser conservadores o progresistas, de acuerdo a la sensibilidad de cada uno, sin reproducir las conductas que el gran poder económico requiere para maximizar sus ganancias.
Claro que para eso hay que despedirse de la comodidad de que alguien piense por nosotros. Y para despedirse, conviene hacerlo como corresponde. Como dijera nuestro protagonista: ¡Buenos días! ¡Buenas tardes! ¡Buenas noches!
Marzo de 2024. emilopauselli@gmail.com