…está sembrado de buenas intenciones. Así reza el refrán popular, a mitad de camino entre la experiencia práctica y las creencias y valores de nuestra cultura. En definitiva, lo que se quiere señalar es que el río de las intenciones no siempre desemboca en el mar al que se quería llegar.
Las conductas intencionales han sido divididas, para su mejor comprensión, en acción, deseo y creencia. La acción de votar, eligiendo a un candidato entre otros, responde a este tipo de actividades humanas intencionales. Una parte mayoritaria de la sociedad argentina votó al actual presidente, quien se autodenomina liberal, aunque sus acciones de gobierno sean profundamente conservadoras. Hasta ahí la parte de la acción.
¿Cuál era el deseo que motivó esa acción? Eso ya no es tan fácil de identificar, al menos habría que suponer varios deseos. Uno de ellos, claro está, el de vivir mejor, contar con mejores ingresos y reducir el flagelo de la inflación. Probablemente otro de los deseos que animó a realizar esa acción haya sido, también, que no ganen “los otros”, fácilmente culpabilizables –como todo oficialismo– de los aspectos no deseados de la vida social. También estarán los que consideraron que toda ayuda destinada a las personas más desfavorecidas se resta de sus ingresos y no están dispuestos a “mantener vagos”. En orden descendente, no se podría descartar que algunos hayan deseado mejorar sus opciones de ahorro, por ejemplo, comprando dólares sin restricciones, y así de seguido, con otros cálculos de más corto alcance aún.
Pero para realizar aquella acción, motivada en esos probables deseos, fue imprescindible que un cuerpo de creencias lo justifique. Así, adquirieron valor metáforas como la de la motosierra para terminar con la casta política, la promesa de que todos tendríamos dólares en una economía dolarizada o la propuesta de cierre del Banco Central identificado, sin argumentos, como responsable de la inflación.
Claro que aquí se presentan algunas fallas notables: no parece ser tan claro que esas medidas produzcan los resultados deseados. Se recurrió a un conjunto de propuestas simples y sonoras para resolver problemas complejos basados en una trama silenciosa de privilegios. Las creencias no necesariamente resultan justificadas, es más, en muchos casos están muy lejos de estarlo, como que la tierra es plana y otros productos curiosos del espíritu humano.
¿Qué sucede, entonces, cuando la acción realizada no parece conducir, prima facie, a los deseos que le dieron origen? Aquí, el abanico de las respuestas ocupa un registro difícil de agotar.
La primera reacción, y más comprensible, es la de pensar que para que se cumplan esos deseos hace falta más tiempo. No se tiende, en primera instancia, a cuestionar las creencias en las que se basaron nuestras acciones, más bien nos afirmamos en esas creencias confiando en que el futuro nos traerá aquello que esperamos.
Una segunda reacción, complementaria de la anterior, es identificar a diversos responsables de que nuestros deseos no se cumplan. Aquellos, los otros, los que piensan distinto, son los que ponen obstáculos a la realización de nuestros deseos. Como se verá, en este caso tampoco se ven afectadas las creencias originales.
Una tercera posibilidad agrupa a los que consideran que su acción no fue tan eficiente porque aquellos a los que eligieron no tienen la capacidad o la determinación para llevar adelante las promesas que hicieron. Ni cierran el Banco Central, ni dolarizan la economía y, menos aún, terminan con la casta política: por el contrario, la suman gozosos a su gobierno. Este grupo de motivaciones está más lejos aún de cuestionar las creencias en las que se basó su acción y, por el contrario, lo que solicita es su cumplimiento a rajatablas.
La conducta intencional, como en este caso, no parece ser pasible de una sencilla revisión, porque lo que está en juego es aquello en lo que, con más o menos razón, creemos. Hay quienes están esperando el momento en que esa parte mayoritaria de la sociedad argentina comprenda que se ha equivocado en su acción, reconozca que ha sido engañada y retire su apoyo a sus mandatarios. Lamentamos informar que es muy probable que eso no suceda.
El problema de las conductas intencionales no reside tanto en la acción ni en los deseos: sólo se pueden cambiar si cambian las creencias. Las empresas no deben tener ningún control del Estado porque son las que generan la riqueza. El Estado no debe gastar en ciencia y técnica, salud ni educación. El sistema de ingresos para la vejez no es sostenible. La importación y exportación de bienes no debe estar sujeta a ninguna regulación. Hay que eliminar todo apoyo a los conciudadanos que tienen menos ingresos o carecen de ellos. El gasto en las instituciones de la democracia sólo alimenta privilegios. Y así de seguido.
Si esa parte mayoritaria de la sociedad no puede cambiar esas creencias, pueden convivir estallidos sociales por las condiciones deplorables de vida que se están generando, cuya salida política sean nuevos proyectos de derecha, más “educados”, más “autoritarios” o más “eficientes”, pero siempre al servicio de los grandes intereses económicos y en contra de las mayorías sociales, incluidas los que los apoyan.
Acción, deseo, creencias. Y si de cambiar creencias se trata, recuerde, “el que no cambia todo, no cambia nada”.
Marzo de 2024. emiliopauselli@gmail.com