La sociedad del mérito y una nueva igualdad

Pocas personas se atreven a pensar que nuestra sociedad no se basa en el mérito. Esta creencia tiene, con seguridad, diversos orígenes. Además de que la idea del mérito es un ordenador social que explica éxitos y fracasos a partir de la conducta individual, lo que permite ignorar las disfuncionalidades de la sociedad en la que vivimos, las propias personas tendemos a considerar que aquello que logramos en la vida es por mérito propio.

Sin embargo, es difícil identificar procesos sociales que justifiquen esta creencia. Siempre se puede encontrar algún ejemplo de alguien de origen humilde que ha pasado a tener una vida holgada producto de su esfuerzo, pero analizados esos casos aislados más en detalle, se descubrirá que concurrieron una serie de factores fortuitos, además del mérito y el esfuerzo personal, para alcanzar ese resultado.

Además de la escasez de ejemplos de movilidad social ascendente, se hace difícil pensar en que una sociedad pueda funcionar en base al mérito si se halla consagrado el derecho de herencia. Suponiendo que alguna riqueza fuera producto del mérito, el transmitirla a otras personas que no han hecho ningún mérito para ello, salvo nacer en esa cuna, ya tergiversa todo el planteo. Si la vida fuera una carrera donde todos se esfuerzan por avanzar, la transmisión de la riqueza establece distintas líneas de partida que la transforman en una competencia tramposa.

Alguien podrá acceder a la mejor educación, a la mejor salud, a las mejores oportunidades. Cuando veamos a esa persona correr en el pelotón de vanguardia despertará nuestra admiración, pero esa admiración se desvanecerá pronto al enterarnos de que partió varios kilómetros delante de otros competidores menos afortunados, cuyo único demérito fue, también, nacer en la cuna en que nacieron.

El descubrimiento de que la sociedad del mérito es una construcción ideal que poco y nada tiene que ver con la realidad ha puesto en apuros hasta a los defensores más acérrimos de este cuento de hadas, con perdón de las hadas. El hada madrina de Cenicienta le provee de vestido, zapatos de cristal y carroza. El hada protectora de Pinocho le regala un corazón de fantasía para que vuelva a la vida. El hada del Mérito permite exculpar al conjunto de la sociedad de los infortunios que sufren la mayoría de sus integrantes, culpabilizándolos a éstos por su situación.

Si se hunde la idea del mérito, lo único que queda a flote es la realidad de la tremenda desigualdad que nuestra civilización ha creado entre los individuos, muy superior a la de cualquier otra época histórica conocida. Como ya no es posible adjudicar ese resultado social al mérito o falta de mérito de las personas, la idea de igualdad –para no hablar ya de fraternidad– naufraga irremediablemente.

La igualdad de posiciones sociales ya es una aspiración muy vieja, muy “socialista”, y ha retrocedido en el imaginario social. La igualdad de oportunidades se ve frustrada por aquel rechazo a la igualdad de posiciones: todos partimos desde lugares sociales tan distintos que sólo en broma se puede hablar de igualdad de oportunidades. Es por eso por lo que los cultores de la idea del mérito han tenido que inventar una tercera igualdad.

¿En qué consiste esta nueva igualdad? Muy sencillo, todos somos iguales en la medida que podemos hacer aquello que creamos conveniente a partir de las condiciones que nos han tocado en la vida. ¡Viva la libertad, carajo!

Así como los periciclos de los planetas permitían sostener la idea de un universo que giraba alrededor de la tierra, la idea de que somos iguales porque cada cual ejerce su voluntad independientemente de las condiciones sociales en las que le ha tocado vivir trata de emparchar la ya desinflada idea de la sociedad del mérito.

¿Qué a usted esto le parece inadmisible? Bueno, así se piensa el mundo actual. Como sucede con las denominadas “redes sociales”, donde la realidad se constituye a partir de lo que se dice y no de lo que ocurre, de la misma manera se pretende vivir en una cultura donde el destino de las personas depende de sus esfuerzos, cuando en realidad ese destino está, en gran medida, predeterminado por las condiciones que ese nuevo ser humano encontró al llegar al mundo.

Y esas condiciones para algunos resultan amables, para otros, problemáticas y, cada vez más, para la mayoría de los habitantes humanos del planeta, deplorables. El mérito que podríamos tener como sociedad sería dejar de creer en la sociedad del mérito y reemplazar ese mito por una preocupación más productiva: ¿cómo vivimos y cómo queremos vivir, y qué hacer para lograrlo? That is the question!

Marzo de 2024. emiliopauselli@gmail.com

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