En la vida hay distintas clases de decepciones, desde descubrir que ese producto no produce el efecto mágico de rebajar diez kilos en un mes, hasta enterarse de que la persona en la que más confías, en realidad, actúa en contra de tus intereses.
A estos ejemplos se podrían agregar otras expectativas no cumplidas: ni esa financiera nos pagó los intereses prometidos –es más, desapareció con nuestro dinero–, o la persona que amamos y con la que nos habíamos prometido fidelidad está en una relación íntima con otra persona.
Las decepciones políticas, aunque pertenezcan a otra familia de decepciones, presentan la misma dinámica. La expresión más escuchada después de unos meses de gestión de las nuevas autoridades suele ser: “yo no los voté para que hicieran esto”.
Podríamos subsumir todos estos casos bajo el título de Descubrimientos Dolorosos –DD–. ¿Qué tan dolorosos? Bueno, eso depende mucho del fervor con que se haya defendido la creencia ahora caída en desgracia.
Una cosa es cuando un ahorrista común invirtió una plata en el sistema financiero y fue defraudado. Otra muy distinta es cuando lo mismo le sucedió a un defensor acérrimo del sistema financiero y de la eliminación de todos los controles sobre los capitales.
Para cualquiera que esté en una pareja con acuerdo de fidelidad es doloroso enterarse de que la persona amada no está cumpliendo con ese compromiso. Pero es especialmente nefasto si ellos resultan ser, por ejemplo, los asesores matrimoniales en una diócesis de la religión católica, religión para la cual ese hecho representa un pecado mortal para el alma y, en ciertas circunstancias, puede acarrear hasta la condena eterna.
Ambos han sido estafados o ambos han sido engañados, pero los efectos en la subjetividad de las víctimas resultan totalmente distintos de acuerdo a sus creencias previas. A los primeros les ha ocurrido algo que suele suceder, así han visto también o se han enterado de que les ha pasado a otras personas; para los segundos, los defensores convencidos de esas ideas ahora contradichas por la realidad, el impacto, en ocasiones, resulta devastador.
Algo así le está sucediendo a una parte importante de la clase media en Argentina, la que fue convencida de que los planes sociales destinados a apoyar a los compatriotas menos favorecidos eran un cáncer para la sociedad ya que restaban recursos que se podrían aplicar a la generación de riqueza y, para colmo, esas ayudas se pagaban con sus impuestos.
El odio que estas prácticas solidarias generaron en esa parte de la clase media fue tal que hasta se acuñó un término despectivo para referirse a esas personas: se los denominó “planeros”. Los planeros no sólo eran quienes, certificando cierta situación de vulnerabilidad social, recibían recursos–escasos– del Estado: eran además perezosos, aprovechados, personas acostumbradas a vivir de los otros sin esforzarse en lo más mínimo por mejorar su vida.
Los que así pensaban comenzaron a recibir en estos días las facturas de sus servicios básicos –electricidad, agua, gas– sin una parte de los subsidios aportados por el Estado en los años anteriores. Así, dependiendo del perfil de consumo, esas personas están pagando entre diez y veinte veces más por el servicio recibido, y aún no se ha terminado de eliminar la inversión del Estado en esas prestaciones.
El aumento afecta a todos, piensen como piensen, pero para aquellos que hicieron del odio a los perceptores de planes sociales una causa moral y política, el efecto debería ser catastrófico: acaban de descubrir que… ¡ellos también eran planeros!
¿Qué harán frente a ese descubrimiento? Eso es un misterio que develará el futuro. Claro que siempre se puede aumentar el odio hacia distintos grupos sociales, ya que odiar es relativamente fácil: sólo exige elegir a alguien como responsable de sus desventuras y descalificarlo sin ningún tipo de pruebas.
Pero también es posible que algunas de esas personas encuentren un camino virtuoso para asimilar su Descubrimiento Doloroso: el de aceptar que la vida en sociedad es algo más complejo a que cada cual se arregle como pueda, y que la función de redistribución de recursos, dentro de una política consistente, es una de las funciones virtuosas del Estado.
Abril de 2024. emiliopauselli@gmail.com