Cuando una pareja no resulta bien y las tensiones ya se hacen insoportables, es comprensible que se comience a añorar la época de la soltería. “¡Para qué me habré casado!”, se ha oído exclamar a más de un esposo o una esposa infeliz.
Esa es la situación que parece afrontar hoy el matrimonio entre el liberalismo y la democracia. La soltería del liberalismo es el siglo XIX, ese siglo que el actual presidente de la Argentina tanto añora, cuando los ricos, además de ricos, eran los que tenían todos los derechos y no debían compartirlos con el resto de la sociedad.
Sabido es que el liberalismo primero surgió en regímenes monárquicos, donde no existía el voto, o éste era ejercido por un número mínimo de personas, por ejemplo, los varones propietarios. En América Latina el experimento más mencionado de liberalismo se llevó a cabo bajo la dictadura de Pinochet.
Mientras el gobierno argentino ensaya su programa liberal, la relación con la democracia sufre su peor momento: toda petición, reclamo o expresión de la sociedad es respondida con palos, gases y balas de goma (por ahora), y cualquier opositor es tildado de corrupto o cosas aún peores. El hecho de haber triunfado en una elección presidencial los hace sentir autorizados a desconocer al resto de las autoridades también electas, como gobernadores y legisladores, y a ignorar directamente la división de poderes que ha caracterizado a las democracias modernas, derogando leyes y suplantándolas por decretos del poder ejecutivo.
Ya desde el compromiso de estos dos novios -el liberalismo y la democracia- la situación resultó muy desafortunada. Cuando en América Latina se comenzó a ensayar cierta participación de la sociedad en los asuntos públicos las cosas no resultaron bien: comenzaron a aparecer los Yrigoyen, los Perón, los Gaitán, los Arbenz, los Haya de la Torre, los Vargas, los Goulart, los Allende, los Chavez, los Kirchner, que querían decir cosas que el otro cónyuge no podía ni escuchar. Efectivamente, el liberalismo consiste en que los poderosos puedan hacer aquello más favorable a sus intereses, sin necesidad de tener en cuenta las consecuencias para la vida de la mayoría de la sociedad. Como en todas las parejas, el principal motivo de conflicto siempre termina siendo quién decide: en este caso, si se hace lo que quiere el poder económico o lo que quieren los ciudadanos.
Pero, como el tiempo fue pasando, ya se hacía insostenible mantener ese compromiso sin casarse. Es cierto que los novios se sintieron más animados después de comprobar que la desaparición de las colonias no representaba propiamente el fin del sistema de dominio colonial. También los alentó los resultados obtenidos por las sangrientas dictaduras latinoamericanas, las que durante casi todo el siglo XX eliminaron generaciones de dirigentes políticos y sociales que ponían reparos a esa unión.
Luego de las dos guerras llamadas “mundiales” todo estuvo listo para la boda. En occidente, el Estado de Bienestar fue la luna de miel del liberalismo y la democracia. Los países que aún no gozaban de las mieles del himeneo sólo debían “desarrollarse”, dejar atrás su pubertad e ingresar en el mundo adulto.
Pero, como todo matrimonio entre personas incompatibles, su felicidad no duró mucho. Cuando la pareja de marras ya no podía disimular más su crisis, vino en su auxilio un consejero matrimonial inesperado: el desarrollo de las tecnologías de la comunicación, no sólo internet sino, especialmente, la personalización del acceso que implicó la aparición de los ipod.
No sólo se hallaban ausentes aquellos líderes anticoloniales o antiimperialistas que el liberalismo económico había mandado eliminar, sino que las personas ya no necesitaban reunirse o leer para formarse una opinión de lo que ocurría en su sociedad: ya alguien se ocupaba de eso, haciendo así más llevadera la vida. Cientos de trolls, contratados y pagados por los esposos, les decían varias veces al día a cada persona lo que debía creer y lo que debía hacer.
Facebook, X, Instagram, TikTok son el Tinder de este matrimonio fracasado. El orgasmo de relaciones políticas así constituidas es el odio, cuanto más odio más excitación y más placer. Ni los tríos que se concretan en ciertos acuerdos electorales, ni los intercambios de pareja que practican funcionarios pasando de una orientación política a otra totalmente opuesta, logran salvar al matrimonio de sus rutinarias desavenencias.
Pero, a pesar de todas sus dificultades, lograron tener una hija, a la que pusieron de nombre Democracia Liberal. La desventurada, sin poder desconocer sus orígenes ni hacerse cargo de ellos, mordió la manzana y duerme plácidamente, sin tener el menor registro de las calamidades que sufren sus ciudadanos: desigualdad extrema, guerras, epidemias, desnutrición.
Ahora sólo resta esperar a que despierte, aunque la ausencia de príncipes dificulta la tarea, sobre todo porque cuando alguno pinta, sus padres se encargan de corromperlo o de eliminarlo. Mientras tanto, al resto nos espera un verdadero trabajo de enanos: mantener viva la esperanza de que una vida digna, digan lo que digan los poderosos, es posible.
La única ventaja que tenemos, otra vez, ¡es que somos muchos más que siete!
Abril de 2024. emiliopauselli@gmail.com