La sábana corta

Hay historias que, por más que repetidas, nunca dejan de suscitar asombro. No porque se trate de relatos maravillosas o complejos, sino todo lo contrario: reflejan situaciones simples que pueden acontecer, y de hecho acontecen, en la vida cotidiana.

Una de ellas es la historia de la sábana corta. El durmiente, al sentir frío se arrebuja con la sábana hasta el cuello, pero en el mismo momento, se le destapan los pies. Cuando ya el frío en los pies se le hace insoportable los cubre con la sábana, pero entonces, nuevamente, comienza a sentir frío en su cuello y sus hombros ahora destapados.

¿Qué tiene de asombroso esta historia? Lo que tiene de asombroso es que, con tanta frecuencia, haya quienes se pasan la vida tirando de la sábana, sin llegar a comprender nunca que lo que necesitan es una sábana más larga.

Cuando eso nos pasa a las personas las consecuencias no van más allá de un resfrío o del mal dormir, pero cuando lo mismo les pasa a los países las consecuencias suelen ser un poco más graves. A la Argentina de las últimas décadas ya le ha pasado tres veces y, ahora, estamos iniciado una cuarta experiencia de “sábana corta”.

Las consecuencias están a la vista: alto endeudamiento externo e interno, disminución o eliminación de presupuestos destinados a la educación y a la salud, aumento del desempleo, la pobreza y la indigencia, anulación de cualquier posibilidad de movilidad social ascendente.

Esta curiosa situación se produce cada vez que llegan al gobierno grupos políticos que creen que hay que reducir los ingresos de los trabajadores y la clase media, aumentar las ganancias de las grandes empresas y favorecer los negocios financieros, llamados eufemísticamente “inversiones”. Esa fórmula, que se considera virtuosa porque generaría riqueza a futuro –cosa, dicho de sea de paso, nunca comprobada–, siempre ha terminado en catástrofes económicas y sociales: no hay esperanzas fundadas de que esta vez acabe de una manera diferente.

El fracaso de esta estrategia lo comprende cualquier persona relativamente informada: al disminuir los ingresos de la gente el consumo cae estrepitosamente, al caer el consumo las empresas producen menos y comienzan los despidos, lo que deteriora aún más la capacidad adquisitiva de la sociedad. El propio Estado, así gobernado, cree que es virtuoso despedir empleados públicos para “achicar los gastos”.

Al seguir contrayéndose la actividad económica disminuye dramáticamente la recaudación impositiva: el déficit fiscal, que muestra una breve mejoría mientras las personas gastan sus ahorros, comienza nuevamente a ampliarse porque los ingresos del Estado bajan más rápido que los gastos. Los que llegan al gobierno acusando al gasto del Estado como la causa de la presión impositiva sobre la población se ven, entonces, obligados a aumentar los impuestos, crear nuevos o hacer crecer la cantidad de personas que deben pagarlos. El actual presidente de la Argentina, que el año pasado, como legislador, votó a favor de la exención del impuesto a las ganancias a la cuarta categoría compuesta por asalariados, ahora vuelve a imponer ese tributo a un millón y medio de trabajadores, cifra que irá creciendo por la dinámica de inflación y salarios.

La sabiduría popular sabe bien de qué se trata este camino al precipicio. “Cuando la gente tiene un peso, va y lo gasta, y eso pone en marcha toda la maquinaria”, explica José en el bar, quien nunca estudió economía pero lleva en el lomo sesenta años de sufrir a estos genios de las finanzas.

Es tan repetida la receta que el actual gobierno convocó al ministro de Economía de la anterior experiencia de “sabana corta”, el mismo que durante la presidencia de Macri endeudó al país en más de 50 mil millones de dólares. Ahora, que nuevamente comienza a sentir frío en los pies, no duda en recorrer el mundo intentando contraer nueva deuda: se trata de conseguir plata fresca para disimular, así sea por un tiempo, los resultados de esa política.

¿Las personas que llevan adelante estas acciones lo hacen por falta de conocimiento? Ojalá fuera así: sólo se trataría de ignorantes que, aunque parezca difícil, podrían aprender. Pero los que así conducen los destinos del país lo que buscan es favorecer a los grandes grupos económicos que, en el pasado y el futuro, serán sus empleadores. No hay tantas oportunidades de llegar al gobierno en un país como la Argentina, hay que saber aprovecharlo.

Pero la estrategia de aumentar ganancias para unos pocos tironeando de la sábana, sin aumentar la producción ni el consumo, es la historia de la sábana corta: por más que tiren de ella no alcanzará a cubrir el sueño de los argentinos y argentinas, cualquiera haya sido la opción por la que hayan votado.

Claro que eso no es problema para estos gobernantes: ellos duermen en otro lado.

Abril de 2024. emiliopauselli@gmail.com

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