Europa habla de rearme. La amenaza rusa parece hacerlo necesario. ¿Cómo es eso de que el zar Putin se salga con la suya y no logren expulsarlo de Ucrania? ¿Qué destino les espera a otros países de la región como Suecia, Polonia o Finlandia que pueden ser las próximas víctimas del insaciable afán expansionista de aquellos descendientes de Lenin y Catalina la Grande?
Esa gastada retórica se actualiza, aunque con muchas fisuras internas, tratando de hacer creer que hay razones culturales o históricas alrededor del conflicto europeo. Los acontecimientos del presente quedan así en segundo plano, siendo reemplazados por relatos incomprobables sobre peligros inminentes.
No se habla de la recesión económica, del desempleo abierto y la precariedad laboral, de la inflación de los precios ni de la crisis del sistema monetario en Europa, reflejo a su vez de los mismos fenómenos reproducidos en el resto del mundo “occidental”. Ante esa situación, cada cual trata de privilegiar sus propios negocios.
Un débil cordón ata aún los intereses de Europa y EE.UU.: ese lazo se llama OTAN, pero en su interior las dificultades se han hecho imposibles de disimular. Todos los miembros europeos terminan siendo compradores obligados de los productos del complejo militar industrial estadounidense, debiendo transferir a aquel país miles de millones de euros/dólares de manera permanente, mientras ven languidecer sus propias estructuras productivas.
Entonces, qué mejor, piensan algunos de sus líderes, que fabricar nuestras propias armas. Inflacionando el conflicto Rusia-Ucrania piensan que pueden tener un buen resultado en las próximas elecciones europeas y desarrollar su propio complejo militar industrial. ¡Basta de transferir dinero a EE.UU.! ¡Con el impuesto que pagan nuestras poblaciones comprémonos a nosotros mismos! O, dicho de manera más educada, pasemos de ser compradores de seguridad a ser proveedores. Al fin y al cabo, Europa no es el único lugar donde hay guerras y se podrían abrir nuevos mercados.
La esperanza es lograr, en la coyuntura, un alivio a sus alicaídas economías internas, aunque aún no sepan de dónde aparecerán los fondos para poner en marcha ese plan. Pero lo importante es, mientras tanto, no hablar de paz y que no se encuentre una solución pacífica a los diferendos. Un conflicto armado de proporciones parece ser la mejor opción que se les ocurre para poner a miles de personas a trabajar en la producción de las mercancías que mejor cumplen el objetivo de la obsolescencia programada: las armas.
Mientras tanto, EE.UU. no sólo aumenta sus ventas, sino que el conflicto le sirve para terminar de liquidar todo el rezago militar que aún tiene en sus arsenales. Generosamente provee aviones F16 que regularmente son derribados en Ucrania y, cuando termine de liquidar el stock, Europa no tendrá más remedio que adquirir los cazas de quinta generación, los F35, mucho más eficientes y, por lo tanto, también mucho más caros.
Se suma a esto el fantasma “Trump” que, sin saber disimular las reglas que rigen el mundo moderno, dice con todo desparpajo que “el que no paga no tendrá la protección de EE.UU.”. ¿Por qué habría de tenerla? Si el que no paga no puede adquirir comida, no puede tener vivienda digna, no puede acceder a educación, ¿por qué habría de tener seguridad? El artículo 5 de la OTAN, que compromete la defensa mutua de sus miembros, termina siendo poesía en un mundo que se rige por el dinero.
Las causas de una nueva guerra en Europa, si la insensatez de los Macron y compañía no logran evitarla, será una vez más el fracaso de esas sociedades que no logran proveer vida digna a todos sus miembros. En un mundo signado por la desigualdad extrema, se cree que la guerra puede ser una mejor opción para reactivar la economía que resignar privilegios y construir sociedades más igualitarias.
Mientras tanto, aquí por el sur, el improvisado presidente de la Argentina pide entrar a la OTAN. Quizás no sepa lo que significan esas siglas o en qué hemisferio está ubicado su país. Pero a la hora de favorecer a las empresas extranjeras no parece tan improvisado: acaba de enviar una ley que permite a las compañías petroleras desabastecer el mercado interno y exportar todo lo extraído, en un mundo donde esas mismas estrategias de guerra hacen del petróleo un bien imprescindible.
Parecería que los nietos de aquellos europeos sobrevivientes de la Segunda Guerra Mundial, que consideraron que algo así en Europa no debía volver a ocurrir, han salteado esa parte de la historia. ¿Por qué no habría de repetirse aquella tragedia si las bases de nuestra civilización siguen siendo las mismas: la acumulación de riqueza y la disputa por recursos?
Y encima, no tenemos acceso al gas de Rusia al precio que querríamos pagarlo. Habrase visto, estos zares, siempre creándole problemas a la culta Europa.
Mayo de 2024. emiliopauselli@gmail.com