Los juegos del hambre

La afamada película norteamericana, estrenada en el 2012, fue exhibida como representante del género de ciencia ficción, constituyendo uno de los relatos distópicos que, acorde a cómo va el mundo, se han hecho habituales en los últimos años.

Basada en la novela de Suzanne Collins, The Hunger Games, relata la competencia entre jóvenes por el alimento, donde sólo uno de ellos puede quedar vivo: el resto debe perecer. Para cada uno de los y las participantes, matar a un competidor es la manera de asegurarse su propia comida.

La alegoría de los juegos del hambre cobra especial actualidad en la Argentina de estos días, donde el Estado conserva en depósitos toneladas de alimentos mientras que los sectores menos favorecidos de la sociedad pasan hambre.

Claro que la pobreza y la indigencia no han aparecido con el actual gobierno, pero gestiones anteriores previeron mecanismos de emergencia para paliar esa situación. Uno de ellos, el más directamente vinculados con el hambre, fue la provisión de alimentos a comedores populares que, administrados por organizaciones sociales de diverso carácter, garantizaban el plato diario de comida a muchas de esas personas.

Lo que sí corresponde al actual gobierno es haber suspendido esa provisión con el indefendible argumento de que, en algunos casos, habría habido corrupción. En primer lugar, se está violando un principio universalmente reconocido, que consiste en que todos somos inocentes hasta que se demuestre lo contrario. En segundo lugar, si hubiese efectivamente casos de corrupción, lo que está aún por demostrarse, una reacción sensata sería detectar cuáles son esos casos y someterlos a consideración de los magistrados competentes. En tercer lugar, la materia en cuestión –la alimentación de compatriotas en condiciones de pobreza e indigencia– aconsejaría, a todas luces, la continuidad de esa prestación por parte del Estado hasta que concluyeran las investigaciones. En cuarto lugar, si se comprobara alguna situación irregular, sería necesario reemplazar al prestador y no eliminar la prestación: a nadie se le ocurriría eliminar el agua potable porque una empresa distribuidora haya cometido un error en la facturación.

Pero, los actuales gobernantes ya han dado sobradas muestras de que no aprecian la división de poderes y, por lo tanto, se consideran en condiciones no solo de gobernar, sino también de legislar –a través de decretos de necesidad y urgencia– y también de juzgar, aplicando castigos a quienes consideran merecedores de ellos.

En este caso, claro, los castigados no son las organizaciones sociales que, hipotéticamente, habrían utilizado esos elementos de manera incorrecta, sino directamente las personas que debían recibir ese beneficio y a las que, evidentemente, no les cabe ninguna responsabilidad en el tema.

Pero esta vocación de castigar que muestran las actuales autoridades, sobre todo cuando se trata de personas humildes, requeriría de alguna investigación especial. Volviendo a “Los juegos del hambre”, lo que allí ocurre está relacionado con eventos del pasado. En el imaginado país de Panem, la rebelión de los 12 Distritos contra el poder central fue aplastada y, desde ese momento, se estableció el “tributo” anual: un joven y una joven de entre 12 y 18 años deben ser enviados a los juegos del hambre. De los 24 participantes, 23 morirán, y ése será el recordatorio para que ninguno de esos distritos vuelva a intentar rebelarse.

Quizás en la Argentina esta trama incomprensible tenga también la misma explicación. Alguna pista nos la da el actual presidente, quien no pierde oportunidad de alabar lo que ocurría por estas tierras en el siglo XIX. ¿Qué ocurría por aquí en ese supuestamente glorioso siglo? Ocurría que, luego de liberados del dominio de España, las clases privilegiadas se encontraron con inmensas riquezas que ya no debían compartir con la corona. El cine argentino ha inmortalizado a esas clases pudientes viviendo en París, tomando champán a toda hora, mientras los humildes peones construían su riqueza día a día viviendo en condiciones miserables.

Pero, como la felicidad nunca es eterna, por más rico que se sea, un día se conquistó el voto, aunque por varias décadas sólo lo pudieran ejercer los varones. Eso llevó al poder a un Yrigoyen, luego a un Perón, luego a otros, y de a poco las clases medias y las trabajadoras comenzaron a contar con derechos y posibilidades de movilidad social ascendente.

Cada tanto un gobierno militar trataba de impedir ese estado de cosas, pero nunca lo lograba totalmente, ni siquiera con miles de desaparecidos, encarcelados y asesinados. Pero ahora sí parece haber llegado el castigo ejemplificador y de la mano del voto de la sociedad.

El pueblo soportó persecuciones, represiones, proscripciones… vamos a ver cómo hace ahora para soportar el hambre, parecen decir las actuales autoridades; más que hemos logrado que nos elijan para así hacer legítimo el castigo.

La vida te da sorpresas, sorpresas te da la vida. (Continuará…)

Junio de 2024. emiliopauselli@gmail.com

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