Desde Tim Rice y Andrew Lloyd Webber hasta Charly García, la Argentina ha hecho llorar a muchos. Se llora de emoción, también de dolor, en una despedida o en un reencuentro, ante una pérdida irremediable o por una gozosa recuperación, al ganar la final del campeonato mundial de futbol o al perderla.
En estos días la Argentina llora por la aparente despedida de la democracia que, con sus luces y sus sombras, ha impedido durante cuarenta años recaer en la violencia política que ahora, una vez más, se implementa desde un gobierno que representa los intereses de las potencias extranjeras y que, para lograr sus objetivos, debe aplastar toda resistencia interna.
Caen, descascarados como una pintura vieja, los discursos que acompañaron durante cuatro décadas este intento de convivir de otra manera entre los argentinos. El presidente de la centenaria Unión Cívica Radical no logra convencer ni a uno solo de sus senadores para votar en contra de una ley de entrega del patrimonio nacional y que otorga poderes extraordinarios a quien ya ha mostrado reiteradamente su desprecio por la legalidad.
El octogenario Partido Justicialista no logra evitar que algunos de sus representantes den los votos que necesitan los que se oponen a la justicia social, la soberanía política y la independencia económica, sus históricas banderas. Muchos gobernadores negocian migajas del pastel a cambio de su apoyo político al desmembramiento de la nación.
Los grupos de izquierda fracasan como vehículo para expresar la profunda frustración social que canaliza la ultraderecha. Bueno, fracasan es una forma de decir: en realidad no lo intentan. Descalificar al peronismo y odiar a los otros grupos de izquierda consumen todas sus energías.
Mientras tanto, democracia y convivencia se siguen alejando sin que por ahora nadie parezca poder ponerle remedio. La Corte Suprema de Justicia mira impávida cómo el Poder Ejecutivo deroga decenas de leyes y cómo compra otras en el congreso, a cambio de embajadas y otras prebendas.
Una masiva movilización repudió la aprobación de una de estas leyes. Una vez desconcentrada la misma en perfecto orden, un pequeño grupo de personas encapuchadas incendió un par de autos a una cuadra de la plaza del Congreso. La llamativa ineficiencia policial impidió detener, así sea, a uno solo de esos vándalos, pero, por el contrario, fue la excusa para comenzar a perseguir a manifestantes que se retiraban pacíficamente y detener a algunos de ellos, tenerlos desaparecidos durante horas y someterlos a malos tratos caracterizados como tortura por los pactos internacionales firmados por la Argentina.
No se encuentra entre los restos de la República ni un solo fiscal que interpele a un jefe de Estado que declara que su objetivo es destruir al Estado. Pero sí hay fiscales para acusar a pacíficos manifestantes de “sedición” e intento de “Golpe de Estado”, y jueces para negarles la excarcelación a estas nuevas víctimas de la violencia política. Mientras tanto, la mayoría del espectro político protege a una ministra de Seguridad cuyos protocolos y directivas son violatorios de los derechos humanos reconocidos por todas las naciones del mundo.
El colapso de una manera democrática de vivir no se produce sólo por la acción de un grupo de personas, por más perversas que éstas puedan ser, o por el resultado ocasional de una elección que puede estar expresando cansancio y disgusto con una manera de entender la política que ya no resulta eficiente para la sociedad. Para que colapse el respeto y la tolerancia es necesario que el conjunto de las formas institucionales por las que circula el ejercicio del poder estén, por lo menos, confundidas, en muchos casos corrompidas y, en cualquier circunstancia, dando la espalda a un proyecto de país independiente, con los riesgos que eso implica en un mundo que se despedaza en una incipiente guerra generalizada.
Los que hacen del odio su bandera y se burlan de las lágrimas de los demás, los Franco, los Hitler, los Videla, los Milei, nunca trajeron nada bueno para la humanidad. Sólo dejaron tras de sí muerte, destrucción y vergüenza de pertenecer al género humano.
Pero una parte mayoritaria de la sociedad argentina, en su fuero íntimo, probablemente no quiere rendirse, a pesar de “estar enferma de frustración”. Ante tanto odio, es imprescindible recuperar la ilusión de que es posible vivir de otra manera: solidaria, afectuosa y respetando a los demás.
Quizás los primeros brotes ya estén naciendo, secretos, cuidados, soñando con un día echar ramas y volar pájaros, porque, lo que se dice soñar, todavía no se ha descubierto como impedirlo.
Junio de 2024. emiliopauselli@gmail.com