Hace muchos siglos, un famoso filósofo llegó a la conclusión –con la ayuda del oráculo de Delfos, eso sí– de que era el más sabio el mundo por el solo hecho de darse cuenta de que ignoraba muchas cosas, mientras que otros de sus contemporáneos no se daban cuenta de ello.
Pero ha pasado mucha agua bajo el puente desde aquellos tiempos. La humanidad progresó increíblemente en sus conocimientos, tenemos algo a lo que llamamos “ciencia” que muchas veces le acierta –aunque no lo haga siempre–, y vivimos rodeados de maravillas que pocos cientos de años atrás nadie hubiera imaginado.
Tan grande ha sido la transformación de nuestro mundo que hoy muchos afirman que las personas que no obtienen trabajo lo deben a sus carencias formativas. Con todas las facilidades que existen, carreras diversas, capacitación a distancia, tutoriales por internet, libros electrónicos, nadie parecería poder disculparse por no cultivar sus conocimientos al más alto nivel.
Sin embargo, parece haber cierta diferencia entre recorrer prestigiosos trayectos educativos y los conocimientos que en los mismos se obtienen. Un pedagogo francés afirma que con los conocimientos con los que hoy se termina una maestría en su país, cincuenta años atrás no se hubiera logrado egresar de la escuela técnica.
¿Por qué ocurre esto? La respuesta es muy sencilla: hoy esos conocimientos han dejado de ser necesarios. Pero, ¿qué dice este insensato? ¿No sabe acaso que hoy todo se maneja con computadoras y que el que sea un analfabeto informático no podrá ni lavarse los dientes? Justamente por eso, ya no es necesario saber cómo funcionan las cosas, con sólo apretar el botón ya se produce el resultado esperado… casi siempre.
Y cuando eso no ocurre, cunde el pánico. El operario le avisa al supervisor, el supervisor lo comunica al gerente, éste habla urgente con el fabricante y aquél envía a alguien con conocimientos específicos y una factura. Y si la cosa se complica, a cambiar el equipo se ha dicho: a veces resulta más barato que repararlo y, sobre todo, ¿dónde encontrar alguien que sepa hacerlo?
En el mundo del trabajo se exigen hoy conocimientos distintos a los de antes, pero no más conocimientos, sino muchos menos. Los “maestros” de los oficios –electricistas, mecánicos, electrónicos, hidráulicos– van desapareciendo, y en su lugar se contratan ingenieros que, en verdad, trabajan de supervisores. Los oficiales de crédito o tasadores de seguros son reemplazados por programas de scoring, mientras que los contadores trabajan de administrativos. Hasta los abogados son reemplazados en muchas de sus funciones por la llamada inteligencia artificial y ellos mismos la consultan.
La formación que se ofrece, aunque esté rodeada de modernismo y glamour, se adapta bien a esta demanda decreciente de conocimientos. Aunque la información circula a gran velocidad, no lo hace así el aprendizaje. Un obsoleto cerebro se toma sus tiempos para asimilar, a veces con grandes dificultades, aquello que se le quiere enseñar. Es cierto que la totalidad de las clases y de los textos necesarios para graduarse pueden transmitirse en pocos minutos, pero al destinatario le tomará probablemente algunos años comprenderlos, asimilarlos y tenerlos disponibles como nuevos conocimientos.
Por eso conviene más desarrollar poderosos programas cibernéticos, lo que se puede hacer con el concurso de unos pocos, y reemplazar a esa masa humana torpe y, en ocasiones, ni siquiera dispuesta a trabajar “como se debe”.
Y si salimos de las ciencias duras la cosa es aún peor. Veamos nomás el resultado de la formación en ciudadanía que hemos logrado impartir en cuarenta años de democracia: un personaje que insulta a los gritos mientras blande una motosierra puede llegar a la presidencia de la república.
Claro que la tecnología es algo maravilloso, y el resultado de su aplicación debería producir una creciente cantidad de tiempo libre de trabajo en nuestras vidas: el embrutecimiento no es necesariamente su única consecuencia posible.
A no engañarse, amigo, amiga: esta vida tan fácil, que se puede aprender desde un ipod entre dos estaciones de metro, parece no proporcionarnos la sabiduría que necesitamos. Quizás haya que volver a los libros y, sin duda alguna, a los maestros, en especial a aquellos que saben que no saben nada.
Junio de 2024. emiliopauselli@gmail.com