Los diversos usos de las redes

Yo he estado confundido mucho tiempo sobre el significado de las llamadas redes sociales. He sostenido, con convicción, de que éstas estaban usurpando un nombre que no les correspondía en absoluto y que, de esa manera, establecían confusiones sobre sus reales propiedades y alcances.

Tenía argumentos para opinar así. Por un lado, no me parecía apropiado que se llamaran “redes”, ya que una red está conformada por múltiples nudos, mientras que en aquellas la comunicación siempre empieza en un punto y termina en otro. No importa que alguien pueda enviar un mensaje a miles de personas, el carácter de ese vínculo siempre será de uno con cada uno de esos miles. Es una clase de red que no teje ni entreteje, sólo envía impulsos que siguen rebotando por allí.

Menos correcto aún me parecía que se llamaran “sociales”. La sociedad siempre refiere a un conjunto de personas que interactúan entre sí, y, si de personas se trata, éstas, nos guste o no, siempre vienen acompañadas por sus cuerpos. En las redes sociales sólo se presupone un cuerpo, pero éste nunca tiene ningún punto de confirmación que permita realmente establecer un vínculo social. Desde las identidades fingidas que se pueden desplegar sin ningún esfuerzo, los mensajes enviados por robots y la impunidad de pontificar, mentir o agredir sin ningún tipo de consecuencia, cosa que, por supuesto, no ocurre en la vida social, el artificio se despliega en todo su esplendor.

Es difícil revisar las propias ideas, sobre todo cuando parecen fundadas en razonamientos correctos. Pero a veces tenemos la oportunidad de volver sobre nuestros pasos, de encontrar una nueva manera de mirar aquello que ya hemos visto tantas veces. Y esto me pasó a mí, de manera inesperada, con las redes.

No se trató de una epifanía, tampoco de una revisión crítica de mis opiniones anteriores. Fue más bien la necesidad de preparar unas clases la que me llevó a recorrer nuevamente el evangelio según San Mateo. “Andando Jesús junto al mar de Galilea vio a dos hermanos que echaban la red al mar, porque eran pescadores, y les dijo: ‘venid en pos de mí y os haré pescadores de hombres’”.

Y ahí comprendí mi error: efectivamente, las llamadas redes sociales están hechas para pescar subjetividades. Así como una red va atrapando a todos los peces que no pueden escapar a su trama, de la misma manera estas otras redes van arrastrando los deseos, la conducta y las creencias de las personas. A medida que las redes se perfeccionan, se les hace cada vez más difícil a esos peces-personas escapar de su planificada acción.

Y claro que son sociales –necio de mí que no lo comprendí a la primera– ya que sólo los intereses generados en el seno de una sociedad pueden transformar en una industria las actividades orientadas a determinar la conducta ajena. A través de la influencia de estas redes se eligen desodorantes, seguros y presidentes.

Claro que una red para pescar significa severos riesgos para los objetos de esa pesca. En muchos países del mundo ya se ensayan controles para evitar la mortandad de los peces humanos: la enfermedad mental, la angustia en niños y adolescentes, la depresión juvenil, la desinformación, los discursos de odio, son algunas de las causas de muerte de los humanos así pescados.

Salvo casos excepcionales, como el de la Argentina, cuyos gobernantes se empeñan en hacer retroceder la historia, nadie cree ya en el mundo que mentir constituya un buen uso de la libertad ni que la falta de control sobre las empresas más poderosas tenga algo que ver con la prosperidad –salvo, claro está, para la prosperidad de esas mismas empresas.

Y ese es el entramado principal de estas redes: desinformación, falsas noticias, invención de culpables y autorización para sacar lo peor de nosotros en relación con los demás. Pero, a diferencia de los peces que al ser sacados del mar pierden su hábitat y mueren, los seres humanos no pueden ser “sacados” de la sociedad en tanto tengan vida y lenguaje. Pero sí puede afectarse grandemente su hábitat social, como si nadáramos en una inmensa mancha de petróleo, que nos lleve al extremo de que se nos haga difícil respirar.

Y como no existe un Greenpeace para los humanos, tendremos que limpiarnos el petróleo entre nosotros mismos. Empatía, comprensión y paciencia quizás sean hoy los mejores detergentes disponibles.

Julio de 2024. emiliopauselli@gmail.com

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