De la ilusión

Todos alguna vez tuvimos que enfrentar revelaciones inesperadas. Un día alguna hermana nos dijo que los Reyes Magos eran nuestros padres o algún amigo que a los bebés no los traía la cigüeña. Duro de aceptar, claro, y, sobre todo, difícil superar la sensación de haber sido engañados impunemente; ya no podremos borrar el ridículo de nuestras biografías, como dejar año tras año pasto y agua para los camellos de los reyes de marras. Yo aún hoy tengo cierta ojeriza con los que me dijeron esas “verdades” que, aunque imprescindibles para la vida, le quitaron al mundo parte de la magia que lo hace un lugar menos inhóspito.

Pero los mitos no serían tan efectivos si no empalmaran con una parte de nuestros deseos. ¿Qué puede ser más alentador que el hecho de que alguien recorra el mundo para encontrarnos y traernos un regalo? ¿O que haya una ciudad entera en el polo norte donde elfos y otros seres de fantasía trabajan todo el año para obsequiarnos en Navidad? El que se haga el “adulto” y diga que esas son tonterías, o tiene una gran capacidad de autoengaño o, simplemente, miente.

Claro, como siempre que volamos, el problema es el aterrizaje. ¿A quién terminaremos odiando? ¿Al que nos embaucó, o a aquel que, quizás pensando en nuestro bienestar, nos anotició de cómo eran verdaderamente las cosas?

En estos días recordé estas historias mientras esperaba a que me atendiera una dermatóloga en el Centro Gallego de Buenos Aires. Dicha institución fue creada por varias asociaciones gallegas de la Argentina en 1907, cuando aún se creía que las cosas buenas ocurrían por la colaboración entre las personas y no por los intereses de lucro del mercado.

Llegué hasta allí por estar afiliado al Instituto Nacional de Jubilados, quien presta servicios médicos a través del llamado Programa de Atención Médica Integral, más conocido por sus siglas: PAMI. En la sala de espera, como es habitual, realizamos comentarios con nuestros vecinos sobre la calidad de la atención médica en cada uno de los lugares donde nos toca atendernos.

Fue en esa circunstancia que con una señora intercambiamos opiniones sobre la baja de la calidad de los servicios de otra institución señera: el Hospital Español, inaugurado en 1877 por la Sociedad Española de Beneficencia, creada a su vez en 1852.

La explicación de esta compañera de infortunio –porque, sépalo usted, ser hoy jubilado o jubilada en la Argentina es un infortunio– fue alucinante, y la transcribimos a continuación: “El Hospital Español se vino abajo desde que corrió el rumor de que lo iba a comprar el PAMI, pero ahora va a mejorar: ya despidieron a 200 empleados que había hecho entrar el anterior gobierno”.

Mi mente, que ha perdido su plasticidad infantil y ya no me permite acompañar a Bastian Baltasar Bux a cazar búfalos púrpuras con Atreyu, rompió ese momento de ilusión con una pregunta prosaica que, claramente, no estaba a la altura de las circunstancias: “¿Por qué cree usted que con doscientos empleados menos nos van a atender mejor?”. Mi interlocutora me hizo sentir inmediatamente lo impropio de mi observación; me miró con hostilidad y fue a sentarse en un lugar alejado de la sala de espera.

Y ahí comprendí que, sin querer, me había puesto en el lugar odioso del que destruye creencias muy queridas que dotan de sentido a la vida de una persona. De un tiempo a esta parte pareciera que muchos han sido convencidos de que el problema son “los trabajadores”. Entendí, por añadidura, algo que me traía desvelado: cómo personas a las que la salud pública les salvó la vida, a ellos o a alguno de sus hijos, pueden alegrarse cuando se despiden empleados públicos, por ejemplo, personal de limpieza, de enfermería o médico de esas mismas instituciones.

Se trata de ilusiones que nos hacen más llevadera la vida: la culpa de todo la tiene alguien con menos poder que yo, y alguien con más poder se puede encargar de echarlos a la calle para que yo no los tenga que seguir “manteniendo con mis impuestos”. Mucho menos encantador es pensar que, para vivir mejor, debo enfrentarme con personas poderosas que pueden hacerme muy difícil la vida.

Lo que no sé es que va a ocurrir cuando dejemos el pasto y el agua y ya no recibamos nada a cambio. Quizás lo que nuestros hermanos mayores nos quisieron decir fue, sencillamente, que hay un tiempo para recibir regalos y otro tiempo donde debemos hacerlos.

Entre tantos sueños legítimos, el mío es que nos regalemos una sociedad donde haya paz, pan y trabajo para todos, y donde nadie se alegre porque otro se ha quedado sin trabajo.

Agosto de 2024. emiliopauselli@gmail.com

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