Error de atribución

Entre los numerosos errores que cometemos los seres humanos en nuestros procesos de comprensión y explicación, los errores de atribución terminan siendo de los más divertidos, aunque a veces con consecuencias gravosas para los que los cometen o para los demás.

El ejemplo típico que utilizamos en talleres y conferencias es el del estudiante que regresa de la escuela. Cuando tuvo un buen día entra a su casa eufórico y dice a padre, madre, hermanos, tía o amiga de la tía, o sea, a todo aquel que se le cruza por delante: “¡Me saqué un diez!”.

Pero no todos los días resultan ser Navidad. Hay algunos donde lo mejor hubiera sido no salir de la cama. Esos días el estudiante regresa pateando cualquier objeto que esté en el suelo y al alcance de su pie, la mirada baja y el rostro triste. Cuando entra a su casa, ante la preocupación de sus seres queridos por su decaimiento y aspecto lamentable, explica en voz baja y con convicción: “¡Me pusieron un uno!”

El día del diez el mérito había sido suyo y sólo suyo. Su esfuerzo, su inteligencia, su dedicación habían confluido para obtener tan buena calificación. Pero el día del uno ya la cosa cambió totalmente: quizás las preguntas del examen eran capciosas, el profesor incluyó temas que no correspondían o, simplemente, ese día aquél estaba de mal humor y se desquitó con sus alumnos. El diez me lo saqué, el uno me lo pusieron.

Al hijo o a la hija que regresan con tan diversa fortuna de su día de clases algunos padres los reciben con ternura, los felicitan por su logro o los consuelan por su fracaso. Otros los premian o los castigan de acuerdo al resultado obtenido. Con el tiempo, los más avisados intentarán explicarle que las personas nos podemos sacar un diez o un uno, o nos pueden poner un diez o un uno, pero que la atribución por la responsabilidad de la nota no puede variar según ésta sea más o menos satisfactoria.

La situación se complica cuando este error de atribución pasa a ser una conducta social y se agrava aún más cuando caen en él referentes cuya opinión influye en la de distintos sectores de la sociedad.

Por estos días gobierna en la Argentina un grupo de personas cuya preocupación central no es el bienestar de la población, el desarrollo de la economía, el crecimiento de la ocupación ni ninguna de las cosas que uno imagina deberían preocupar a cualquier gobierno del mundo. Su única preocupación es eliminar el déficit fiscal para así generar excedentes para pagar la deuda externa –de la que, dicho sea de paso, ellos mismos o sus amigos son acreedores en muchos casos–. Para ello han decidido, entre otras cosas, no actualizar los presupuestos educativos, con una inflación anual de más el 100 %. Esa decisión ha puesto en crisis a la educación superior a punto tal de que se está produciendo el mayor éxodo de científicos, investigadores y docentes recordado en la historia moderna del país.

La universidad pública en la Argentina ha sido uno de los pilares de la movilidad social ascendente y de la creación de una clase media distintiva de nuestra estructura social. Muchos de los dirigentes que impulsan estas políticas son egresados de la universidad pública, gracias a ella son abogados, contadores, médicos, ingenieros, arquitectos, pero la oportunidad que ellos han usufructuado ya no les parece necesaria para los demás. Hasta tenemos el caso de una docente universitaria que es diputada y en la legislatura vota en contra el financiamiento universitario.

Pero eso no es lo más llamativo. Se sabe que, desde hace tiempo, quizás desde el inicio de este ciclo democrático, la legislatura funciona a través de un nomenclador que establece qué se paga por votar a favor, cuánto por abstenerse y cuánto por no asistir al recinto, negando así quorum o facilitando la creación de mayorías especiales. Se trataría, en ese caso, sólo de intereses y de dinero: aunque repudiable, no nos sorprenderemos por ello.

Lo más llamativo, por estos días, son las respuestas que algunos periodistas obtuvieron al entrevistar a personas de origen humilde que, gracias a la universidad pública, hoy son profesionales, en algunos casos muy exitosos. El resultado fue variado: junto a las personas que reconocieron la agencia de esa oportunidad en su trayectoria personal y profesional, hubo casos que la negaron rotundamente. Esos entrevistados afirmaron que su posición se debía exclusivamente a su esfuerzo personal. Cuando el periodista o la periodista del caso les hacía notar que dada su condición social de inicio si no hubiera existido la universidad pública y gratuita no hubieran podido completar estudios superiores, lo negaron rotundamente: de no haber existido la universidad pública, ellos, de todas maneras, hubieran logrado sus objetivos. Definitivamente, ¡se sacaron un diez!

Fueron integrantes de una población sana, que sólo en su primer año de vida habían recibido 19 vacunas, los que participaron luego de los movimientos antivacunas durante la última pandemia, en muchas ocasiones con resultados fatales para ellos mismos y para otros que se hicieron eco de su prédica.

Habrá que pensar que en el mundo actual, tan proclive al individualismo y al “sálvese quien pueda”, los errores de atribución juegan un papel más importante del que parece en un primer momento. Al que logró sacar la cabeza fuera del agua le hacen creer que es un gran nadador; al que quedó sumergido… ¿a quién importa lo que siente o piensa el que fue derrotado en la lucha diaria por alcanzar un lugar digno bajo el sol?

Inmigrantes, víctimas de la guerra, niños, ancianos, pobres e indigentes de todo el mundo, por favor, abstenerse de opinar.

Octubre de 2024. emiliopauselli@gmail.com

Ir hacia arriba