La sociedad es algo complicado. Las personas tienen deseos, aspiraciones, necesidades, valores, opiniones. Y, lo peor de todo, de acuerdo a sus creencias, a veces deciden hacer cosas juntas que, en ocasiones, resultan impredecibles.
Frente a ese caos, como una nueva matemática, se alza el sueño de individuos aislados que se relacionen a través del mercado, controlados, eso sí, a través de un Estado represor y justiciero que impida cualquier tipo de acción colectiva.
Por estos días, en Tucumán, provincia del noroeste argentino, se ha desatado un escándalo al encontrar, de casualidad, un depósito de comida no perecedera destinada a personas de bajos recursos en una casa particular. ¿Sistema informal de distribución? ¿Robo? ¿Peculado? No lo sabemos aún y quizás nunca lo sepamos, dado el lugar de poder de los supuestos responsables.
Pero el hecho ha representado una nueva oportunidad para renovar el sueño de una sociedad sin socios, de una humanidad sin humanos. Los gobernantes, escandalizados, no de la irregularidad con la conviven desde siempre sino de que ésta se haya hecho pública, no perdieron la oportunidad para anunciar que se eliminará “toda intermediación” entre el Estado y las personas necesitadas. Basta de comedores comunitarios, basta de movimientos sociales, el individuo que necesite algo lo solicitará al Estado y éste proveerá, eliminando las instancias sociales que sólo son fuente de corrupción.
La tecnología parece ser una aliada para estos sueños: una tarjeta magnética le permitirá a cada indigente comprar en ciertos negocios algunas mercaderías y, de esta manera, evitar tener que dirigirse a organizaciones de la comunidad en la que vive –que lo conoce y podría evaluar correctamente sus necesidades– para recibir ayuda.
La relación privilegiada entre Estado e individuo ha sido predicada por los organismos multilaterales de crédito, como el Banco Mundial, desde hace décadas. No es una idea técnica, es una idea política que considera que cualquier intermediación entre los seres humanos que no sea el mercado es sospechosa e inconveniente.
Tiene una ventaja adicional: esas personas, que no la pasan bien en la sociedad actual, recibirán su tarjeta y no necesitarán reunirse por ningún motivo. Se elimina de una vez la posibilidad de que conversen sobre su situación, sobre las causas que la origina y sobre lo que podrían hacer para modificarlas. El Estado allá arriba, como Dios, y el necesitado, desnudo, como un nuevo Adán, viviendo la culpa de su desconocido pecado: ese es el sueño.
Tenemos malas noticias: la sociedad no se puede eliminar y, por tanto, la intermediación entre los seres humanos será siempre necesaria. Hasta en el liberalismo más rabioso la aparición de las llamadas “economías colaborativas” –léase Uber, Airbnb, Rapi, etc.– no ha eliminado la intermediación entre las corporaciones y los consumidores: sólo cambiaron los intermediarios, muchos de ellos ubicados hoy en Silicon Valley.
Pero, dice el lector desconfiado que siempre nos lee, ¿qué intermediación puede haber si la persona necesitada cuenta con una tarjeta de compra que lo independiza de las ONG, cooperativas o cualquier otra forma de organización social?
¡Ay! ¡Ay! ¡Ay! ¡Qué fácil es vender humo! ¿Cómo imagina usted que se conformarán esas listas de personas necesitadas? Muy sencillo, dice la ya amiga del lector anterior: Las personas harán una fila en la oficina designada, dejarán sus datos y en unos días le llegará la tarjeta a su domicilio. Pero su ya amigo la corrige: Eso es innecesario, ¿para qué gastar plata en empleados públicos? Que se anoten en un formulario electrónico que transfiera los datos directamente para la confección de la tarjeta.
¿Y cuáles serán los requisitos? Muy sencillo, acota la lectora: que el INDEC dé la lista de las personas que están por debajo de la línea de pobreza. Eso es un poco difícil, tercia el autor de estas líneas, el INDEC estima la cantidad de personas en esa condición, no quiénes son, y, por otro lado, no creo que el gobierno esté pensando en otorgar 8 o 10 millones de tarjetas alimentarias. No, claro, acepta de mala gana el primer lector.
La realidad es que los “transparentes” sistemas de tarjetas lo único que hacen es agregar opacidad a la intermediación entre el Estado y las personas. Ese sistema “transparente” permitirá a los punteros políticos beneficiar a aquellos que sepan pagar sus favores sin exponer sus decisiones arbitrarias al juicio de las organizaciones de base. En el mejor de los casos las prioridades serán establecidas por decisiones de burócratas sin ninguna clase de control por parte de la sociedad.
La intermediación social, para bien o para mal, no se puede eliminar ni siquiera con la llamada “inteligencia artificial”. Ser humano tiene sus complicaciones y, a veces, lo que parece el mejor camino, nos lleva a la boca del lobo.
Si no, pregúntenle a Caperucita.
Diciembre de 2024. emiliopauselli@gmail.com