Las palabras y las cosas

El viejo Aristóteles ya sabía que cuando lo que se decía coincidía con lo que ocurría en el mundo, esa afirmación era verdadera. Que los perros ladran, entonces, es una verdad. Que los canarios maúllan, es una falsedad.

Cuando las afirmaciones de alguien resultan reiteradamente falsas, se tiende a creer que las que formule en el futuro probablemente también lo sean. No se puede tener la certeza absoluta, claro, pero el refrán popular ha sintetizado muy bien esa situación: “el que miente una vez, miente mil”. Algo de eso le viene ocurriendo a la ONU en las últimas décadas y, por estos años, se está por concretar un nuevo papelón de la institución que reúne a los países del mundo.

Estimulada por la llegada de un nuevo milenio, esa organización no dudó en plantearse el objetivo de terminar con la pobreza en el mundo para el año 2015. El ambicioso programa llevó el nombre de Objetivos de Desarrollo del Milenio –ODM–. Faltando poco para cumplirse ese plazo, quedó claro que no sólo no se alcanzaría el objetivo, sino que se quedaría a una distancia considerable, casi ofensiva.

Entonces se abrió paso una solución: prorrogar el plazo 15 años más. Ese nuevo programa se llamó Objetivos de Desarrollo Sustentable –ODS– y, ya transcurridos dos tercios del tiempo agregado, comienza a quedar claro que nuevamente el deseo de acabar con la pobreza en el mundo será un nuevo y estruendoso fracaso.

Pero, aprendiendo del desengaño anterior, no esperarán a que se cumpla el plazo para certificar una nueva frustración: ya están preparando un nuevo programa, el denominado Pacto para el Futuro. Ya no contiene objetivos taxativos sino modestos compromisos de colaboración, imaginando que, si se cumplieran, podría existir “un camino hacia un futuro más halagüeño para todos los seres humanos, incluidos quienes viven en la pobreza y en situación de vulnerabilidad”. ¿Quizás sigan siendo pobres, pero ya no la pasarán tan mal?

Lo que el conjunto de los gobiernos de los países se niega a reconocer es el agotamiento de la cultura del individualismo y la ganancia. Así como la sociedad cambió cuando se reemplazó una forma de propiedad obsoleta, la que exhibía la nobleza y que se transmitía por la sangre, si se quiere cambiar algo en el mundo actual hay que modificar un sistema de propiedad privada que se ha transformado en antisocial. La desproporcionada acumulación de riqueza en pocas manos, y su justificación como expresión de una supuesta libertad, nos ha llevado de a poco a una situación similar a la reemplazada: inmensas fortunas que se transmiten por la herencia consolidan una nueva nobleza que gobierna el mundo.

La famosa libertad de mercado es una contradicción en los términos. No puede existir libertad cuando las organizaciones y personas que concurren al mercado presentan desigualdades definitivas e imposibles de subsanar.

La teoría de la libertad de mercado como causa del progreso se basa en la creencia, poco creíble y no comprobada, de que, si se enfrenta en un match de boxeo un peso pesado con un peso pluma, poco a poco el peso pluma, mientras recibe castigo de su rival, se irá fortaleciendo y adquiriendo la musculatura necesaria para equiparar la pelea. ¿Cómo será la pelea entre alguien que tiene miles de millones de dólares contra alguien que lo único que tiene es hambre o pobreza, como la mayor parte de la humanidad?

No decimos que los países se reúnen a mentir deliberadamente; sí decimos que, atendiendo a la historia de fracasos reiterados en los intentos de erradicar la pobreza, deberían sospechar que algo en su manera de entender el mundo no está coincidiendo con la realidad: los canarios se niegan a maullar. O, dicho de otra manera, la estrategia de dejar al zorro al cuidado de las gallinas no está ayudando a prosperar a estas últimas.

Hay cierto progresismo que es renuente a criticar a las Naciones Unidas. Es cierto que la misma aprueba muchas declaraciones que hablan de los derechos de las personas y grupos postergados, y eso es bueno. La propia identificación de la pobreza como un problema a superar es valioso. También es cierto que, por esos mismos motivos, algunos movimientos neofascistas acusan a la ONU de fomentar el comunismo, entendiendo eso como una descalificación.

Quizás esa renuencia se base, en parte, en una teoría política de vieja data que dice que siempre hay que identificar y enfrentar al “enemigo principal”, y claro está que la ONU no es el enemigo principal. Pero también es cierto que esa teoría recibe confirmación cuando el enemigo principal es derrotado. Cuando el neofascismo avanza en el mundo señalando, entre otras cosas, las inconsistencias del sistema de naciones y que ese progresismo no se anima a denunciar, esa teoría parece hacerse menos evidente.

Aunque al fin de la jornada es probable que las palabras y las cosas vuelvan a alinearse, habría que tener en cuenta lo que la humanidad ya sabe desde hace mucho tiempo: que, a la suerte, hay que ayudarla. Señalar lo que está mal y no funciona, más allá de cálculos estratégicos incomprobables, puede ser parte de esa ayuda.

Diciembre de 2024. emiliopauselli@gmail.com

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