Cuando las palabras pasan a querer decir una cosa distinta de lo que siempre significaron, es una buena oportunidad para examinar qué es lo que está ocurriendo en la cultura: la deriva del lenguaje suele ser un buen testigo de procesos menos evidentes.
Hasta hace poco, cuando hablábamos de una brecha, ya sea en un muro o en las filas del ejército enemigo, nos referíamos, exclusivamente, a una abertura, a la creación de un espacio que antes no existía. Una brecha es el hueco por donde podríamos pasar de un lugar a otro.
Y no se trata de una fractura o una rajadura. Tiene de distinto, si lo pensamos bien, que cuando se produce una brecha eso nos permite mirar hacia el otro lado. Si se abre una brecha en la Muralla China, vemos China, que antes estaba oculta para nosotros justamente por esa muralla.
Sin embargo, tenemos que cotejar este significado de la palabra “brecha” con el uso que se hace de ésta en descripciones sociológicas y políticas de las sociedades contemporáneas. El mundo estaría caracterizado por sociedades divididas por brechas. Los habitantes humanos se alinearían a uno u otro lado de la brecha y esto explicaría desde resultados electorales hasta conductas y creencias determinadas por esa ubicación.
¿Ejemplos? Los que quiera. Vacunas y antivacunas. Provida y proaborto. Demócratas y republicanos. Neoliberalismo y neokeynesianismo. Libertad de mercado o regulación pública. Y todas las variantes locales que enfrenta a la población en las distintas latitudes, por ejemplo, en Argentina, peronismo y antiperonismo.
Desde este uso de la noción de brecha se desarrollan distintas posturas. Hay quienes dicen esmerarse por cerrar la brecha, tratando de encontrar elementos que serían comunes a los que están a uno y a otro lado. Otros que consideran que la única solución es que una fracción se imponga sobre la otra volviendo a dotar, así, a la sociedad de unos valores compartidos.
Pero la pregunta que queda pendiente es: ¿qué es lo que se ve del otro lado de la brecha? Porque si no vemos nada nuevo y no podemos pasar de donde estamos a otro lugar, deberíamos sospechar que no se trata de una brecha. Que las personas tengamos diferentes opiniones no quiere decir que estemos frente a una brecha, sino sólo que pensamos distinto.
Cuando vemos siempre lo mismo habría que sospechar que, más que ante una brecha, estaríamos frente a un muro. El muro puede estar pintado de distintos colores: unos verán su parte celeste, otros su parte verde y otros irán apreciando su diversidad según el momento de su camino por la vida. Y cuando esas personas, que viven en la misma sociedad, afirmen unas que el muro es celeste y otras que el muro es verde, no estarán divididas por ninguna brecha: sólo estarán mirando el mismo muro desde distintos lugares.
La imposibilidad de nuestra cultura de trascender, de generar enfoques originales para superar los problemas que nos afligen, como la desigualdad, la pobreza, la violencia y la discriminación, entre otros, nos debería alertar sobre el riesgo de estar encerrados entre muros, siempre los mismos, a los que llamamos, por alguna razón que habría que estudiar, brecha.
Esos muros están teñidos con creencias que tratan de explicar un mundo que quizás ya desapareció. Los medios de comunicación refuerzan esos muros, algunos para que nada cambie, otros ilusionados con que es posible volver a un mundo que habría sido mejor. Pero siempre es el mismo mundo, el mismo muro, se trata de los colores que inventó una cultura próxima a naufragar: la cultura de la competencia. Competimos por tener dinero. Competimos por tener trabajo. Competimos por tener razón. Pareciera que dentro del paradigma de la competencia no hay brecha, sólo el muro con el que se estrella nuestra cultura.
Las paredes nos hablan, ya transformadas en inmensos televisores como los que imaginó Ray Bradbury en su nunca más actual Farenheit 451. Y la pregunta parece que sigue siendo la misma: “¿El payaso blanco te ama?”.
Porque si lo que nos separa es una brecha y resulta que no podemos mirar hacia el otro lado, no tenga dudas: estemos pintados del color que estemos pintados, sólo somos un ladrillo más del muro.
Noviembre de 2025. emiliopauselli@gmail.com