Equilibrio precario

Decir que el país que más petróleo consume en el mundo y cuyas reservas no excederían los 15 años vista bombardeó y secuestró al presidente del país que cuenta con más reservas de petróleo en el planeta, con ser exacto, no agrega nada especial a lo que ya sabe cualquier persona bien informada.

Sin embargo, alrededor de ese hecho, parece proyectarse un mundo nuevo que ya no tendría el precario equilibrio del mundo que conocemos. La caída del Muro de Berlín y la difusión de las políticas neoliberales no han traído una nueva etapa de prosperidad para la humanidad.

La ONU parece haber iniciado su camino hacia los vertederos de la historia, al igual que lo hizo la Sociedad de las Naciones hace ochenta años. Creada ésta última para prevenir nuevos conflictos bélicos luego de la traumática experiencia de la Primera Guerra Mundial –30 millones de muertos además de los millones no calculados de huérfanos, viudas y desplazados–, no logró su cometido al no poder impedir las acciones de los matones de la historia de esa época –por ejemplo, Japón invadiendo Manchuria o Italia, Abisinia– o el surgimiento de nuevas potencias agresivas como la Alemania de Hitler.

Claro que la Segunda Guerra Mundial no la provoca la Sociedad de las Naciones sino, principalmente, la llamada Crisis del 30. La incapacidad de las principales potencias para garantizar una vida aceptable para sus habitantes, lanzó a éstas a una lucha despiadada por recursos y una nueva distribución de poder en el mundo.

El mundo actual presenta, casi cien años después de aquella crisis, signos crecientes de inviabilidad de los actuales modelos de vida que se propugnan desde los centros hegemónicos. La OIT, por ejemplo, informó que, en el 2024, cuatrocientos dos millones de personas buscaron trabajo sin encontrarlo. Esa cifra no incluye a los millones que sobreviven en trabajos precarios y nuevas formas de servidumbre y esclavitud.

Hoy tampoco la ONU cuenta con medios efectivos para evitar la violación del derecho internacional por parte de los poderosos. Su propia Carta fundacional prohíbe en el artículo 2 la injerencia en asuntos internos de otros países, pero choca el carácter declarativo de su Asamblea General con el poder efectivo ejercido por su Consejo de Seguridad, integrado éste por las potencias vencedoras en la Segunda Guerra Mundial.

Nuevamente aparece la tentación de redistribuir las influencias en el mundo. El presidente del país agresor, en este caso EE.UU., lo dice sin ninguna clase de eufemismo: “el dominio de Estados Unidos en América latina no será cuestionado nunca más”. O sea, se hace lo que nosotros queremos, o las bombas los harán entrar en razón.

Pero algo nuevo se agrega en esta escalada imperial: los recursos naturales ya no son considerados propiedad de los países que los detentan. La apropiación de recursos ajenos es algo muy antiguo en la historia humana, pero se aceptaba, de hecho, que constituía un acto de pillaje. Una vez más Trump viene en nuestro auxilio y echa luz para que no quede ningún malentendido: “Maduro se apropió de petróleo estadounidense. Nos robó por la fuerza. El más grande robo de propiedad estadounidense en la historia de nuestro país. Mantendremos nuestro bloqueo hasta que no se acepten todas nuestras demandas”.

Este nuevo tipo de liderazgos, como el del presidente norteamericano, está generando una inquietud creciente en la asociación psicoanalítica internacional, donde temen por sus futuras fuentes de trabajo. Dicen, off de record, que estaríamos marchando hacia un mundo donde, de tan explícito que será todo, ya no quedará nada por interpretar.

Enero de 2026. emiliopauselli@gmail.com 

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