Mentime más

mentime bien, dice la letra del tango escrito por Claudia Levy, así en tus brazos me olvido de él. Es un intento de la protagonista de sustituir un amor verdadero por algún sucedáneo que, aunque no satisface el deseo original, aporta algún tipo de esperanza para seguir adelante.

Algo así ha ocurrido en el mundo en las últimas décadas. Del Mayo francés, la Revolución cubana, la Teología de la Liberación o el Human Be-In, hemos pasado a creer que bombardear otros países, o secuestrar o asesinar a sus líderes, o eliminar pueblos que ocupan el territorio que nosotros queremos, sería algo razonable y necesario para la humanidad.

Pero eso no sería lo más grave: se podría tratar sólo de la acción de un líder enfermo o de los intentos de un imperio en decadencia por sobrevivir a cualquier precio. Lo realmente grave es que haya personas que festejen el bombardeo de su propio país y la inminente sustracción de sus riquezas naturales.

Sin embargo, esa situación también podría ser una excepción: podría deberse sólo al contexto local de Venezuela y los amores y odios que los cambios en esa sociedad han generado, lo que ha producido uno de los principales fenómenos migratorios contemporáneos.

Lo realmente preocupante es la naturalidad con la que grandes contingentes humanos aceptan esas distopías como procesos deseables o, por lo menos, razonables. La persecución de inmigrantes, como en EE.UU., o la reducción drástica de servicios de salud y educación a la población, el abandono de las personas discapacitadas o la reducción brutal del ingreso de los ancianos, como en la Argentina, aparecen ante una parte de la sociedad como fenómenos necesarios o inevitables para “mejorar la vida social”.

No obstante, también podemos atribuir esto último a la abundante información engañosa que, transmitida a través de redes y medios de comunicación masiva, produce esos efectos en la población. Agitar fantasmas inexistentes sería la manera de lograr consenso para políticas crueles y, a todas luces, violatorias de las legislaciones nacionales e internacionales vigentes.

Pero, justificadas las acciones del imperio, el festejo por el robo en ciernes de los propios recursos naturales o el apoyo a políticas crueles, queda, sin embargo, algo sin explicar: ¿cómo una parte importante de la humanidad dejó de soñar?

Porque el Mayo francés fue el sueño de terminar con el autoritarismo, la Revolución cubana el sueño de autodeterminarse como sociedad, la Teología de la Liberación el sueño de que se respete la dignidad de los hijos de Dios, el Human Be-In el sueño de reconocernos simplemente como seres humanos. Lo común a todos esos sueños era que una vida mejor era necesaria y posible, y valía la pena intentarlo.

El neoliberalismo, que se ha vuelto hegemónico, no sólo trajo pobreza, enfermedades que ya se habían erradicado y una población más ignorante que en el pasado: también amputó esa capacidad de soñar que, desde la Revolución francesa, pareció ser un rasgo distintivo de la humanidad.

La tan mentada batalla cultural quizás deba agregar a la lucha por los derechos de las mujeres, de los niños, de los trabajadores, de los pueblos originarios, de los grupos étnicos, de los géneros no binarios, de los migrantes, de los discapacitados, de los ancianos y de tantos otros, la lucha por el derecho a soñar, sin el cual parece poco probable alcanzar aquellos y, sobre todo, mantenerlos en el tiempo.

Enero de 2026. emiliopauseli@gmail.com

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