El lejano far west

Las películas del far west constituyeron un género que describía situaciones donde el imperio de la ley era muy débil y la mayoría de los conflictos entre las personas se decidían con el uso de las armas. Ser un buen tirador resultaba un requisito indispensable para sobrevivir.

El conflictuado malhechor de La diligencia –John Wayne– o el intrépido sheriff de A la hora señalada –Gary Cooper– o el carismático bandido de Por un puñado de dólares –Clint Eastwood– retratan bien esas sociedades de fantasía donde una bala decidía la verdad en cada caso.

Pero las fantasías, en ciertas condiciones, parecen hacer un esfuerzo especial por transformarse en realidad. Hoy ya no se trata del oeste norteamericano, donde se masacraron poblaciones originarias de América como Cheroquis, Chicasaw, Choctaw, Creek, Seminolas, Sioux, Apaches, Comanches, Navajos, Cheyenes, Arapajoes y otros. Hoy parece necesario eliminar también a Persas, Azeríes, Kurdos y otros grupos que viven en Irán.

Los motivos que llevan a las potencias a desconocer todo tipo de legislación internacional y a replicar en el mundo lo que hicieron los europeos que invadieron los territorios de América son los mismos: la apetencia por recursos. Tierras fértiles y oro en el caso del territorio norteamericano, petróleo en el caso de Oriente Medio.

Hay quienes hablan de un choque de civilizaciones, otros de conflictos religiosos, otros de enfrentamientos étnicos. Son justificaciones que se ensayan para ocultar las verdaderas raíces de estas invasiones, genocidios y gentrificaciones que se realizan en búsqueda de recursos ajenos.

¿Qué conflicto étnico puede haber entre judíos y palestinos, si estos últimos son descendientes de aquellos, como así también ambos de otros pueblos antiguos que habitaron en esa región? ¿Qué abismo civilizatorio enfrenta a los saudíes con los hutíes, siendo todos ellos árabes?

Pero tampoco se trata de unos países “desarrollados” malos que se aprovechan de unos países “en vías de desarrollo” buenos. En América Latina la consolidación de las actuales naciones se realizó, en gran parte, eliminando o sometiendo a las poblaciones indígenas. En la Argentina, por ejemplo, a esos procesos se los denominó “campañas del desierto”, nombre que incluye una doble mentira: no eran geográficamente desiertos y tampoco se trataba de territorios deshabitados.

De lo que se desprende que la práctica de apropiarse de lo ajeno es muy antigua en la humanidad, siendo el apropiador aquel más fuerte y el expropiado aquél que no contó con los recursos necesarios para defenderse. Los más fuertes acuñaron, para justificar su derecho a disfrutar de lo robado, de un concepto contradictorio en sus propios términos: guerra justa. ¿Es que puede haber alguna guerra justa, como creía John Locke, adalid del liberalismo europeo y accionista e inversionista en compañías de tráfico de esclavos?

Además del mandato que impone el séptimo mandamiento, “no robarás”, el pillaje no tiene por qué ser un destino humano. Lo que sería necesario ahora es que, además de que lo condene Dios, lo empiecen a condenar también los hombres y las mujeres de buena voluntad dejando de dar su apoyo a líderes que atacan a otros países, o que se declaran admiradores de quienes lo hacen.

Y si no, a practicar puntería: el mundo todo será como el lejano lejano oeste.

Septiembre de 2026. emiliopauselli@gmail.com

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