Cómo tener una buena vida sin morir en el intento

La felicidad, creía un señor que asesoraba a Alejandro Magno, era el único bien que no se buscaba como medio para alcanzar otros bienes. Uno puede querer tener dinero, vivir un amor (o varios), completar una carrera que lo apasiona, construir una familia, desempeñarse en un trabajo gratificante, “jugar al juego que mejor juega y que más le gusta” y tantas cosas más, pero nada de eso constituye un fin en sí mismo: son sólo medios para ser felices.

En este momento de nuestra civilización hay dos grandes corrientes que propugnan la felicidad. Una de ellas plantea que la felicidad es un asunto individual, que depende del esfuerzo de cada uno y que cada cual recibe en la vida aquello que merece. La otra cree que alcanzar la felicidad tiene que ver, en gran medida, con el tipo de sociedad en la que se vive, las oportunidades que ésta le brinda y el tipo de vínculos solidarios que se establecen entre sus miembros.

El Estado de bienestar y el socialismo pertenecían a esta última corriente, el neoliberalismo y las nuevas derechas, que hoy parecen instalarse en el mundo, a la primera. Este dominio de las nuevas derechas, en ocasiones, destaca al egoísmo –y no al altruismo– como la principal característica de la vida humana, comparándola con las leyes que regirían en el mundo natural. Pero no siempre es así: dentro de estas corrientes otros argumentan que no es que no sea bueno ayudar a los demás, es sólo que para hacerlo hay que quitar recursos a unos para dárselos a otros, y eso, desde antiguo, se llama robo. Y el que recibe esa ayuda también pierde su dignidad, ya que se hace acreedor a algo por lo que no ha hecho ningún mérito.

El éxito de estas nuevas derechas parece estar más bien relacionado con haber sabido convencer a una parte de las sociedades de que, por más atractivos que fueran los ideales altruistas, estos son, sencillamente, imposibles de alcanzar. Las leyes de la economía lo impedirían absolutamente.

El mundo va quedando, así, deshabitado de seres humanos, siendo éstos reemplazados por productores y consumidores. Claro que la inmensa mayoría no tiene con qué producir y, cada vez más, tampoco con qué consumir. Pero nada hace mella en el individualismo extremo que esta corriente propugna, quizás reforzado por la sensación de poder que las nuevas tecnologías generan en las personas, borrando cierto límite entre la fantasía y la realidad.

La otra corriente, la que cree que la felicidad depende en gran medida de las condiciones que cada sociedad ofrece a sus miembros, ante tan apabullante derrota, se ha visto obligada a demostrar, en el terreno de la economía, que ese modelo inclusivo era posible. Así, el debate político se redujo, prácticamente, a la evolución del PBI, el desempeño de la balanza de pagos, los saldos exportables, la acumulación de divisas y así de seguido.

Quedan así, solapadas, dos discusiones diferentes: una, qué es lo bueno, otra, cómo lograrlo. Lo que haga una sociedad no depende de cómo quiere vivir, sino de unas leyes externas, embellecidas con la palabra “científicas”, que le prescriben cómo puede hacerlo. Es por eso por lo que no tiene mucho sentido eso de la democracia: ¿para decidir qué?, ¿para elegir qué? La política y los Estados son la fuente de todos los males, ya que para congraciarse con los pueblos llevan a cabo acciones nocivas, reñidas con aquellas leyes eternas de la economía que rigen la vida humana.

Por ejemplo, en Argentina, esos errores del Estado pueden referirse a temas tan diversos como las ayudas a familias con hijos discapacitados o a la provisión de medicamentos para enfermos de cáncer cuando éstos no pueden adquirirlos. ¿Por qué la sociedad en su conjunto debería hacerse cargo de la desventura de una familia en particular?

Pero nada de eso es tema de discusión. La política habla de régimen impositivo, de emisión monetaria o de las reservas del Banco Central, nunca de lo que es una vida buena. De a poco, esta discusión sobre los medios va haciendo olvidar las preferencias sobre los fines.

Ya nuestros antepasados, los que “vivían en las cavernas”, sabían que para enfrentarse a los peligros de la vida debían ayudarse mutuamente. Como dijera la antropóloga norteamericana Margaret Mead, el primer signo de cultura fue un fémur fracturado y luego sanado, porque, en el reino animal, romperse una pierna, si nadie te cuida, equivale a la muerte.

Por eso, esta propuesta de ser felices sin preocuparse de los demás, no sólo hace inservible la democracia, sino que, lentamente, nos va alejando de la cultura como rasgo distintivo del ser humano. Mientras tanto, los que propugnan una civilización más solidaria, hablan de economía.

Unas sociedades infantiles están naciendo. Ya, mío, teta. No alcanza a contrapesarlas la ideología socialista que se ha infiltrado en los jardines de niños, donde maestros y maestras enseñan a compartir los juguetes. El pago de impuestos es violencia que se ejerce contra la sociedad. Las cosas tienen su precio: el que no puede pagarlas, por algo será.

Y, pensándolo bien: ¿qué tengo que ver yo con aquel que se rompió una pierna? Quizás fue imprudente, quizás sus huesos no tenían suficiente calcio porque comía porquerías, quizás se puso a hacer cosas que a su edad no eran recomendables. Nada de eso es de mi incumbencia. Pobre tipo…

¡Qué mala pata!

Febrero de 2024. emiliopauselli@gmail.com

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