En alguna época era evidente la separación entre el mundo de la naturaleza y el mundo social. Aún hoy hay quien utiliza esta división para interpretar diversos acontecimientos planetarios. Pero, para hablar con propiedad, es tal la colonización que la especie humana ha logrado ejercer sobre el resto de la naturaleza, que esa diferenciación es cada vez más difícil de identificar.
También ha habido muchas otras maneras de dividir el mundo: Oriente y Occidente, mundo cristiano y mundo árabe, mundo capitalista y mundo socialista, todas denominaciones que ya se utilizan más como referencias geográficas o propaganda y justificativo de guerras, que como distinciones reales que establezcan un abismo entre esas realidades, más allá de la originalidad cultural de muchas de esas sociedades.
¿Entonces, la globalización ha finalmente logrado un mundo unificado? De ninguna manera. Una nueva división del mundo se viene abriendo paso desde haces siglos, para consolidarse definitivamente en la segunda mitad del siglo XX: aparece, a escala planetaria, la distinción y enfrentamiento entre el mundo del dinero y el mundo humano. El enfrentamiento es de tal magnitud que cada uno de estos mundos solo puede crecer si logra el retroceso del otro.
El presidente de ultraderecha de Argentina declara que habría que llevar en andas al ministro de Economía por los excelentes números macro que ha logrado en menos de tres meses, pero visto más de cerca se devela el misterio: en menos de tres meses el 60 % de la población quedó debajo de la línea de pobreza y el 80 % de los jubilados cayeron en la indigencia. Para que avance el mundo del dinero hubo que hacer retroceder al mundo humano.
Pero no vaya a creer que es sólo el resultado de la acción de fanáticos fundamentalistas. La ciudad de Buenos Aires está siendo asolada por una invasión de mosquitos, lo que, entre otras cosas, ha producido una epidemia de dengue sin antecedentes en esta región y que ya empieza a cobrarse sus primeras víctimas. Mientras tanto, no se realiza ninguna campaña de prevención, no se fumigan parques ni jardines ni se hacen disponibles las vacunas para la población. Otra vez, las cuentas darán muy bien al costo del retroceso del mundo humano.
Pero tampoco se trata del enfrentamiento de gobiernos malos con sociedades buenas. Estos dos mundos combaten cotidianamente. Así, un paciente es sometido a un estudio a pesar de haber levantado fiebre ese mismo día, lo que lo hace totalmente contraindicado. Pero, imagine usted: si se cancela el turno pierde dinero el sanatorio por tener un equipo ocioso, pierde dinero la endoscopista y pierde dinero el anestesista al no poder facturar por el servicio. El mundo del dinero se pone de acuerdo, aunque eso ponga en peligro la normal recuperación del paciente.
Y si se tratara sólo de trabajadores sin conciencia… Hasta las organizaciones de trabajadores luchan más por ingresos que por derechos, y estos últimos en la medida que permitan aumentar aquellos. Eso explica, parcialmente, cómo en las últimas décadas han visto reducirse sus filas a manos de la automatización sin que esto implique acciones de defensa efectiva de aquellos trabajadores que han caído en el paro o, lo que es peor aún, han desaparecido en el agujero negro de los denominados Población Económicamente Inactiva.
Claro que el enfrentamiento entre estos dos mundos explica, en gran parte, el estado de cosas que vivimos: desde el sistema de deudas odiosas que oprimen a gran parte del planeta hasta las guerras que, lejos de desaparecer, desarrollan nuevos focos. Los representantes demócratas en el congreso de los Estados Unidos argumentan, en favor de su propuesta de ayuda a Ucrania por 71.000 millones de dólares, que el 90 % ese dinero volverá a Estados Unidos a través de las ventas de su complejo militar-industrial. El mundo del dinero sigue creciendo.
Claro que aquí hay que hacer una diferencia, digamos, de eficacia. Mientras las nuevas derechas y otros representantes del mundo del dinero saben que la única manera de crecer es haciendo retroceder al mundo humano, mucho progresismo sigue creyendo que se puede ampliar el mundo humano sin afectar al mundo del dinero. En su pobreza programática, solo ofrecen a la sociedad más dinero, pero como eso ocurre muy de tanto en tanto, una parte de ésta queda a expensas de propuestas mágicas y promesas delirantes.
Como en La guerra de los mundos, el objetivo del mundo del dinero es el mismo que el de los marcianos de Wells: chuparle la sangre a la gente. ¡Mal año para Drácula!
Febrero de 2024. emiliopauselli@gmail.com