La crueldad es algo inherente a la vida. Más allá de cierto culto contemporáneo a la naturaleza, la que haría todo bien –a diferencia del ser humano, que haría todo mal–, desde el momento en que unos seres vivos deben devorar a otros para subsistir, la lucha por la vida está instalada.
No importará tanto si se trata de un humano comiendo una milanesa de pollo o un tomate, un tigre despedazando a una gacela o un pez devorando a otro, a veces a su propia cría. Ni el pollo ni el tomate ni la gacela ni los pequeños peces pudieron continuar con su ciclo vital. El famoso equilibrio de la naturaleza consiste en el mantenimiento de una cadena alimenticia sustentable, aquella que les faltó a los dinosaurios y les sobró a las cucarachas.
Pero hete aquí que, producto de diversas circunstancias, la especie humana desarrolló la cultura. El conjunto de dispositivos para reproducir la vida que generó la cultura puede leerse, también, como un intento de reducir la crueldad que impera en las condiciones de la naturaleza.
Claro que esa victoria sobre la crueldad no es total, como lo demuestran el desarrollo de los complejos militares industriales y las guerras generadas para hacerlos sustentables, pero en principio aceptamos que no se debería matar ni robar y, dando muestra de cierta sofisticación, postulamos la igualdad entre todos los miembros de la especie, aunque eso diste bastante de constituir una realidad efectiva.
En esa encrucijada entre crueldad y cultura se viene desarrollando la historia contemporánea. Del lado de la crueldad podemos alinear a Auschwitz o la actual masacre del pueblo palestino, para ver que no se trata de un tema de religiones. Del lado de la cultura, la declaración de los derechos del hombre, la extensión de los servicios educativos o de protección de la salud.
Pero esta línea que separa ambos universos, el de la cultura y el de la naturaleza, comienza a desdibujarse desde que se instalan programas económicos y políticos denominados neoliberales, donde las diversas derechas intenta retrotraer el contrato de sociedad a aquellas condiciones de naturaleza, donde todos se enfrentan con todos y sobreviven los más fuertes.
Claro que para hacer aceptable la crueldad en el mundo moderno hay que disfrazarla de otra cosa. Por ejemplo, en la Argentina se están produciendo miles de despidos en el sector público. Esto es presentado como algo beneficioso para toda la sociedad, ya que esas personas no producirían nada valioso –¿de qué sirven la ciencia, la técnica, el arte, la educación, la salud?– y deben ser mantenidas con nuestros impuestos.
Los gobernantes anuncian exultantes los nuevos despidos, y una parte de la sociedad recibe con alegría esas noticias. Claro que para que esos sentimientos tengan lugar hay que obviar que esas personas llegarán a su casa e informarán a sus familias que ya no tienen ingresos, iniciando en muchos casos el camino de la pobreza y de la indigencia.
“¡Que vayan a trabajar al sector privado, donde se trabaja de verdad!”, expresan muchas personas víctimas de una ignorancia inducida, pero esa afirmación desconoce que las empresas privadas también vienen produciendo despidos y suspensiones en gran cantidad.
En el universo de la cultura la preocupación inmediata sería: ¿de qué van a vivir todas esas personas que perdieron su trabajo?, ¿cómo lograrán acceder a ingresos que les permitan atender sus necesidades básicas? Pero en el mundo de la naturaleza prima la satisfacción inmediata de no ser uno, sino el otro, el que está siendo devorado por el tigre.
Detrás de las diferentes concepciones políticas y de los programas económicos alternativos, las convulsiones del mundo actual terminan presentando un único dilema: ¿crueldad o cultura? La crueldad tiene siempre el mismo origen, los intereses particulares y los intentos por imponerlos. La cultura se modula con otro diapasón: la preocupación por el otro, y por eso produce una música totalmente distinta.
Las personas crueles que nos gobiernan olvidan que la vida humana surge del intenso y extenso cuidado que prodigamos a las débiles crías de la especie. Es más, olvidan que ellos mismos son resultado de esos cuidados. Es en ese largo proceso de sentarse a la mesa a comer la comida que proporcionan otros donde se aprende a cuidar a los demás.
Por eso no es de extrañar que la crueldad, al fin y al cabo, salvo en los casos patológicos, se corresponda casi siempre con una baja inserción en la cultura.
Abril de 2024. emiliopauselli@gmail.com