De chanchos y humanos

Años atrás asistí a una charla ofrecida por un zootecnista a un grupo de campesinos en el norte de la Argentina. El joven ingeniero trataba de demostrar las ventajas de la cría de cerdos planificada, frente a la costumbre de la cría espontánea.

El hábito productivo en esa región consistía en la crianza a monte. El principal alimento que encontraba el animal en esas condiciones eran las vainas de algarroba, las que provistas generosamente por la naturaleza evitaba todo trabajo complementario para los propietarios de esos animales.

El profesional del Instituto Nacional de Tecnología Agropecuaria (INTA) no lograba convencer a su auditorio. Todo iba bien mientras hablaba de la mayor cantidad de pariciones que las hembras podrían tener, con el consiguiente aumento de lechones para la venta, del control de la sanidad y de la protección frente a distintos predadores. Pero, al llegar a la parte donde explicaba que los campesinos debían ir al monte a recoger la algarroba, se apagaba todo el entusiasmo que había logrado despertar: nunca nadie había hecho eso, probablemente, en los últimos siglos.

En su desesperación, el representante del INTA trató de resumir en una frase didáctica la situación que allí estaba planteada. Con una mezcla de humor, impotencia y enojo les espetó: “Miren, el chancho no va a trabajar para ustedes, el chancho trabaja para el chancho”.

En estos días, con motivo del tratamiento legislativo del Régimen Impositivo para Grandes Inversiones (RIGI) enviado por el presidente de ultraderecha de la Argentina al parlamento, volvió a mi mente aquella reunión llevada a cabo en un paraje de la provincia de Santiago del Estero, bajo la amable sombra que los aguaribayes ofrecían en esa calurosa tarde.

¿Cómo demostrar que los argumentos con que se auspicia ese régimen son falaces, además de injustos? ¿Por qué crear privilegios para empresas transnacionales con los que no cuentan las nacionales? ¿Qué quedará luego de la “explotación minera” de recursos una vez que éstos se acaben? ¿En eso estarán pensando al ofrecer treinta años de exenciones impositivas? ¿Por qué la obtención de inmensas ganancias por parte de esos capitales extranjeros debería ser beneficiosa para la Argentina, cuando ni siquiera están obligados a contratar personal local para sus emprendimientos?

Sería una buena oportunidad para recordarles a los legisladores la frase de aquel ingeniero zootecnista: “El chancho trabaja para el chancho”, no para nosotros.

Y sería especialmente apropiado recordarlo cuando acabamos de celebrar un nuevo aniversario de una de nuestras dos fechas patrias, la del 25 de mayo de 1810, cuando el Cabildo Abierto de Buenos Aires depuso al Virrey Cisneros y dio forma al primer gobierno criollo. Iniciaba así un proceso de seis años que culminaría el 9 de julio de 1816 con la declaración de la independencia en San Miguel de Tucumán.

¿Por qué debería ser beneficioso para tu familia darle permiso a alguien para que entre a tu casa y se lleve todo lo que quiera? Es difícil imaginar el sinsentido de todas estas propuestas, salvo el del interés de empresas extranjeras en nuestros recursos naturales. Hasta la sociedad, que no se puede reponer de su estupor, canta equivocadamente “La Patria no se vende”: los actuales personajes del poder no la están vendiendo, simplemente la están regalando.

Pero quizás nuestros gobernantes de hoy no se destaquen por comprender cabalmente los fenómenos que llevaron a constituir “una nación libre e independiente del rey Fernando VII, sus sucesores y metrópoli, y de toda otra dominación extranjera”. Como dijera otro presidente provisto por la derecha argentina cuando le tocó encabezar oficialmente los festejos del 9 de Julio en el 2016: “los patriotas debían haber sentido una gran angustia por tener que separarse de España”.

Al que está acostumbrado a obedecer al poder de turno, no importa cuál sea éste, si España o EE.UU. o algún otro, posiblemente le resulte muy angustioso enfrentarse a ese poder. Mientras tanto, el que considera importante trabajar por el bienestar de su familia, de su barrio o de su país, podrá sentir entusiasmo por el futuro que le espera, temor por las represalias que podrían tomar los que ya no podrán controlar su vida, urgencia por alcanzar la meta propuesta… ¿Pero angustia? Eso sólo lo podrían sentir aquellos que consideran que están haciendo algo incorrecto, como sería desobedecer a su patrón, o, en este caso, a su “querido Rey”, como realmente acabó la frase aquel presidente ante su invitado, Juan Carlos de Borbón.

Algunos legisladores apoyarán esas medidas por convicción, otros lo harán tan solo para asegurar su futuro económico personal: entre los despistados y los interesados podríamos volver a una situación previa a 1810. Mientras tanto, otros legisladores se oponen honrando el proyecto de un país independiente.

¿Qué podemos pedirle al futuro? En lo personal, yo “sólo le pido a Dios que el engaño no me sea indiferente, si un traidor puede más que unos cuantos, que esos cuantos no lo olviden fácilmente”.

¡Feliz día de la patria!

Mayo de 2024. emiliopauselli@gmail.com

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