Estamos llegando, posiblemente, al final de una época histórica: la iniciada con la Revolución Industrial en el siglo XVIII. Ese cambio, originado en Europa, modificó la vida de millones de personas y, en la actualidad, ya ha impregnado, de una u otra forma, todas las culturas del mundo.
En un primer momento resultó muy dificultoso reunir en ciudades a la cantidad de seres humanos necesarios para abastecer la nueva manera de producir. Al surgimiento de la industria le siguió, por distintos procesos, la destrucción de diversos sistemas de reproducción de la vida, especialmente las economías campesinas, asentadas en muchos casos en sistemas de tierras comunales y la utilización compartida de los ejidos.
Un segundo momento se inició ya con grandes contingentes dedicados a la industria, aunque de manera intermitente. La pobreza se instaló en gran parte de Europa con el nuevo régimen industrial, siendo trasladada luego a las colonias. Hasta que las primeras organizaciones obreras pudieron organizar sus reclamos y sus planteos políticos, la revolución industrial avanzó sobre la miseria, el trabajo infantil, la mortandad temprana y otra serie de calamidades que la literatura de la época ha reflejado con fidelidad. Tiempos difíciles, en palabras de Charles Dickens.
Recién a mediados del siglo XX, luego de la depresión del 30 y de dos terribles matanzas mundiales, el modelo industrial pareció comenzar a ofrecer algo valioso a la humanidad. Una industria manejada por obreros y otra conducida por patrones compitieron entre sí. La aparición del llamado Estado de Bienestar insinuó un futuro para el modelo industrial, pero duró apenas dos o tres décadas: rápidamente comenzaría su declinación.
Uno de los principales fenómenos de esta etapa decadente lo constituye el sobrante de mano de obra. El peso de la producción fue pasando del trabajo al capital y de los seres humanos a las máquinas. Si bien el maquinismo y la automatización siempre representó un problema para el equilibrio del sistema, la aceleración de las innovaciones científicas y técnicas de las últimas décadas –en especial la computación y la llamada inteligencia artificial–, ha hundido al sistema salarial como distribuidor de renta.
Sobran trabajadores, pero no sólo trabajadores: sobran jubilados, sobran estudiantes, sobran necesitados de vivienda, sobran demandantes de salud, sobran congéneres necesitados de apoyo para alimentarse; o, lo que es otra manera de decirlo, faltan cada vez más personas con poder adquisitivo suficiente que justifiquen el modelo de generación de valor instalado por la revolución industrial.
Como las máquinas no consumen y los capitalistas y los sectores medios se encuentran en franco retroceso, la multitud de cosas valiosas o de baratijas que se fabrican no alcanzan un destino de realización aceptable. La expectativa de generar ganancias ha pasado de los objetos al dinero, el que sólo se puede valorizar si logra prestarse y cobrar interés por ello.
Como ya había descubierto Aristóteles, el dinero produciendo dinero representa la manera más artificial, aún más que el comercio, de la economía. El interés es como “dinero hijo el dinero”, de un dinero que no se usa para intercambiar ni para atesorar ni para fijar valor, como son las funciones atribuidas aún hoy al dinero. Por eso, concluirá el sabio griego defensor de la esclavitud, “con razón es aborrecida la usura”.
Pero, el estadio final de la era de la Revolución Industrial es usura y nada más que usura, como han señalado diversos autores contemporáneos preocupados por la falta de sustentabilidad de un modelo donde el dinero crece a mucha mayor velocidad que el valor, con las catástrofes cíclicas que eso produce en plazos cada vez más cortos.
Las teorías de la población sobrante hacen que algunos gurúes pronostiquen un colapso de la humanidad, en términos de reducción notable de la población mundial, lo que daría lugar a “un nuevo comienzo”. Algunos lo imaginan como resultado inevitable de la crisis ambiental: pandemias, catástrofes naturales, falta de agua y alimentos harían que sobrevivan unos pocos, los mejor preparados. Otros creen que la lucha por recursos hará que grandes masas humanas sean aniquiladas en las actuales y futuras guerras.
Las nuevas derechas neonazis, tan diversas entre sí, se alinean sin dudarlo con estas teorías. Han dado un nuevo impulso a las necropolíticas, donde el distinto es el que sobra, el afrodescendiente, el aborigen, el migrante, el LGTB+, las mujeres y los varones que reivindican la igualdad de los géneros, los pobres, los desempleados, etc.
Pero, mientras llevo a mis nietos a la escuela, pienso, ¿qué podré hacer yo para modificar ese pronóstico? ¿Qué podrán hacer los padres y las madres de esos niños que, al encontrarse, se abrazan con sus amigos y amigas sin desconfiar del futuro? ¿Qué podremos hacer todos para desnaturalizar las pautas culturales nacidas de la civilización industrial hoy en su ocaso? ¿Cómo dejar atrás la falsa creencia de que una mejor vida se relaciona con la competencia y no con la colaboración, con el individualismo y no con la solidaridad?
Porque, por las cifras que se manejan, la esperanza de que el que sobre sea el hijo del otro y no el nuestro, no parece muy justificada.
Junio de 2024. emiliopauselli@gmail.com