…los lingotes son ajenos.
El gobierno de la Argentina ha decidido trasladar lingotes de oro que se hallaban depositados en el Banco Central de la República, ubicado en la ciudad de Buenos Aires, a un banco de Londres. La justificación ha sido que, mientras en el Banco Central no reportan ningún beneficio, en su nueva localización en el extranjero podrán ser utilizados como garantía para tomar nueva deuda.
Es un viejo razonamiento, el del “beneficio”. El litio en el salar no reporta ningún beneficio, el petróleo en el subsuelo no reporta ningún beneficio, las empresas en manos del Estado no reportan ningún beneficio. Todas esas afirmaciones serían ciertas si agregáramos “no reportan ningún beneficio para los grandes grupos económicos privados”.
Y, para la manera de pensar de estos gobernantes, no existen beneficios para la sociedad ni beneficios para las generaciones futuras. Lo que no rinde cash, no merece recibir el nombre de beneficio. El hambre de las personas, como ha sido dicho, no es algo de lo que un gobierno deba ocuparse: de alguna manera lo resolverán los propios hambrientos.
Pero no es el objetivo de estas líneas debatir sobre teorías económicas que, dicho sea de paso, han tenido resultados desastrosos en todos los lugares del mundo donde se han aplicado, incluida la Argentina. Lo que queremos compartir con los lectores y lectoras es la similitud histórica de este viaje de los lingotes, con otro viaje desde Buenos Aires a Inglaterra ocurrido hace muchos años y que también transportó oro.
Esta historia comienza, probablemente, a finales de 1805, cuando el traficante de esclavos William Porter White, nacido en EE.UU. y radicado en la ciudad de Buenos Aires, envía un mensaje a su amigo y deudor Phopam, militar inglés con destino en Ciudad del Cabo, Sudáfrica. El mensaje decía, más o menos, que el tesoro que no se había podido enviar a España por la situación europea se hallaba depositado en cercanías de la ciudad de Buenos Aires, para ese entonces muy mal defendida.
Como para un pirata no hay nada más atractivo que un buen botín, asociado con Beresford y sin consultar a Londres ni esperar órdenes, el 25 de junio de 1806 Phopam se hace presente en el Río de la Plata y ordena desembarcar en la localidad de Quilmes.
Ocupada la ciudad sin gran resistencia, lo primero que hacen es, con la ayuda de White y algunos criollos, trasladarse a la Villa del Luján y apoderarse del tesoro real, compuesto de oro y plata. Éste es embarcado en la fragata Narcissus, la que parte inmediatamente hacia Inglaterra sin esperar el desenlace de la ocupación.
El tesoro llegó a Portsmouth el 12 de septiembre de 1806 y fue desembarcado el 17. Cargado en ocho carros con seis caballos de tiro cada uno, el 20 la caravana llegó a las afueras de Londres comenzando un desfile por la ciudad hasta su destino final: el Banco de Inglaterra. Para ese entonces, ya hacía más de un mes que los ingleses habían sido expulsados del escenario del crimen.
La ciudad de Buenos Aires fue recuperada 49 días después de su ocupación, pero el tesoro se hallaba ya muy lejos para ese entonces. Eso no menoscaba el mérito de los que efectuaron la reconquista, pero, a fuer de ser sinceros, deberemos aceptar que llegaron un poco tarde. Un robo más, impune, se había concretado en la historia universal.
Haríamos mal si no reconociéramos que el carácter de estas operaciones se ha perfeccionado mucho en el mundo moderno. Ya en el mismo siglo XIX se descubrió que los empréstitos de la Baring Brothers podían ser más eficaces y menos costosos que las invasiones, aunque presentaban dificultades a la hora de garantizar los retornos. La actual deuda externa, que agobia a la mayoría de los países, ha superado esas pequeñas imperfecciones: el que no paga es fuertemente sancionado, quedando prácticamente aislado de la economía mundial.
Pero no se detuvieron allí los avances, siempre las invasiones pueden ser fuertemente criticadas y la propia negociación entre países puede estar expuesta a diversos imprevistos que no queremos sufrir. Desde que la ONU, a falta de una actividad mejor en la que ocupar el tiempo, se ha puesto a redactar multitud de tratados y pactos sobre los derechos humanos, civiles, económicos, de las mujeres, etc., etc., es necesario cuidar las apariencias.
Entonces, ¿qué mejor que, en vez de tener que invadir o que negociar, instalar a los invasores en el propio gobierno de los países que queremos saquear? No necesitamos armas, ni fragatas, ni carros ni caballos ni aprobación internacional: ellos solos nos mandan sus tesoros para que nosotros los cuidemos. ¿Dónde? Pero hombre, qué pregunta: en un banco de Inglaterra.
Julio de 2024. emiliopauselli@gmail.com