El trabajo ha significado cosas diversas en distintas culturas y tiempos históricos. El cazador y recolector del neolítico trabajaba, pero de una manera muy distinta a la del obrero industrial del siglo XVIII o al trabajador informático del XXI.
Sin embargo, en todos los casos el trabajo estuvo relacionado con la obtención de medios para la vida, aún en las épocas donde fue despreciado y considerado una tarea de esclavos. En la actualidad el trabajo conserva aún esa función, en nuestro caso a través de la intermediación del dinero, aunque a un costo que no siempre apreciamos debidamente.
Al trabajar, en nuestra civilización, hacemos dos cosas a la vez: obtenemos una remuneración que nos permite, mejor o peor, atender a nuestras necesidades diarias y, a la vez, producimos una acumulación de riqueza cada vez mayor en las manos de los que detentan el poder económico. Mientras atendemos a nuestras necesidades básicas construimos, sin quererlo y posiblemente sin saberlo, la sociedad más desigual de la que tengamos noticias en la historia.
Esta dinámica, nacida con la Revolución Industrial, se ha visto inmensamente acelerada con la posibilidad de reemplazar de manera creciente a los trabajadores humanos por máquinas y software que controlan a esas máquinas. La transferencia de millones de salarios que ahora ya no es necesario pagar va a engrosar, permanentemente, la riqueza de algunos y sitúa a los trabajadores en un nivel de desigualdad relativa cada vez mayor.
Esa situación es la que explica que, en un mundo donde disminuye el trabajo a ojos vista, aumente, a la vez, la duración de la jornada de trabajo. En un curso normal de acontecimientos la mayor productividad del trabajo humano debería aumentar el tiempo libre para la mayoría de las personas. Ya hay estudios que recomiendan la semana de 15 horas de trabajo como estrategia para estabilizar la producción y el consumo, pero no son tenidos en cuenta: una manera de producir ganancias y acumulación de riquezas se impone aún sobre estas recomendaciones de sentido común.
Pero lo llamativo es que este culto por las extensas jornadas de trabajo también es asimilado por los trabajadores: trabajar más, hacer horas extras si es posible, es la estrategia disponible para aumentar los ingresos de por sí insuficientes que perciben. Y todo eso es rodeado de un manto virtuoso: cuánto más te esfuerces y más trabajes serás una persona moralmente mejor y, se agrega al final y en voz cada vez más baja, mejorarás tu condición de vida.
Es cierto que el que no tiene trabajo desciende hasta el noveno infierno del Dante, pero tener trabajo no te lleva ni cerca del paraíso. ¿Qué se puede hacer, si hay que aceptar estas condiciones de trabajo para no morir de hambre? Esa es una pregunta que se tuvieron que hacer los trabajadores y sus organizaciones muchas veces, y a sus respuestas debemos las principales mejoras sociales de los últimos siglos.
En el siglo XVIII, en Inglaterra, era habitual la jornada de 18 horas diarias, inclusive para los niños. En el siglo XIX, comenzando por Francia, los reclamos obreros lograron la jornada de 12 horas para los adultos y de 10 horas para los niños. El siglo XX fue el siglo donde se conquistaron las 8 horas y se prohibió el trabajo infantil.
¿Cuál será la meta del siglo XXI? Para decir la verdad, no hemos comenzado bien. Se percibe una tendencia firme a la extensión de la jornada de trabajo, también de la vida de trabajo, que no otra cosa es el aumento de la edad jubilatoria, y al crecimiento de la precariedad laboral. En Argentina, mientras crece el desempleo, ya la cuarta parte de los ocupados trabaja más de 48 horas, haciéndose normales jornadas de 54, 60 o 72 horas.
La Argentina está entre los países que legalmente consagran la jornada máxima de trabajo aceptada por la OIT: las 48 horas semanales. En la región, Perú también con 48, Brasil con 44, Colombia con 42, Ecuador y Chile con 40. Méjico, también con 48 horas, tiene una avanzada discusión para reducirla a 40.
No hay ninguna razón económica ni técnica –de organización del trabajo– que fije la jornada de trabajo. Se trata de una discusión ética que debe responder a la pregunta: ¿en qué consiste una vida buena? ¿Es deseable –y defendible– una civilización donde unos pocos acaparan la riqueza social mientras que la mayoría de los miembros de la especie deben trabajar extensas jornadas solo para sobrevivir, y agradecer por tener ese trabajo precario?
Una jornada de trabajo de menos horas, o una semana de cuatro días laborables, percibiendo la misma remuneración, no solo aumentaría el bienestar personal: sería, a su vez, un aporte inicial a un mundo menos desigual.
Agosto de 2024. emiliopauselli@gmail.com