Viejo precepto de muchas culturas, el “no matarás” fue considerado, y aún hoy lo es, como el más feliz de los hallazgos humanos a través de los siglos. Establece un mandato que instala el autorrespeto de la especie como una máxima imposible de eludir.
Claro que la misma especie encontró la manera, periódicamente, de justificar la suspensión de ese compromiso. Por razones religiosas, políticas o estratégicas, los humanos se lanzaron –y lo hacen aún hoy– a guerras que consideraron justificadas por alguna de las razones antedichas, por la combinación de algunas de ellas o por otros motivos nuevos.
Los resultados de esas excepciones al cumplimiento de la norma nunca fueron buenos. Aún hoy las guerras son la segunda causa de muerte de los seres humanos, superando a los ataques cardíacos, al cáncer y a otras dolencias que consideramos graves: la guerra es aún más grave.
Pero existen otras maneras de violación del “no matarás” que no consisten en enfrentamiento armados entre pueblos o naciones: también hay prácticas humanas como las llamadas púdicamente guerras civiles que truncan miles de vidas detrás de enfrentamientos étnicos o políticos de dudosa delimitación, en general al servicio de intereses económicos no confesados.
A esto habría que sumar los crímenes de lesa humanidad cometidos fuera de contextos de guerras externas o internas. Estos se hallan bien ejemplificados por el Terrorismo de Estado desatado en América Latina en la segunda mitad del siglo XX. En Argentina esas muertes comenzaron con las víctimas de los bombardeos a Plaza de Mayo en 1955 y alcanzaron su expresión sistematizada y cotidiana con los miles de crímenes del gobierno militar que usurpó el poder desde 1976 hasta 1983.
Pero la pérdida de vidas humanas es sólo uno de los aspectos de estos ejercicios de violencia. A ellos se agrega la evidencia de que ninguna de esas matanzas nos devolvió una sociedad mejor. Fracasan todos los intentos de justificar la violación del “no matarás” por los resultados obtenidos: aún en los casos que así pueda parecer, sólo se trata de efectos de corto plazo.
¿Creerá realmente Israel que una nueva matanza de palestinos aportará más seguridad en la región? ¿Creerán Rusia y Ucrania que podrán resolver sus diferencias a través del intercambio de misiles? ¿Creerá la OTAN que el apoyo militar a Ucrania le devolverá una Europa más segura? ¿Pensarán Estados Unidos y el Reino Unido que sus bombardeos contra los hutíes favorecerán en algo la normalización de las relaciones entre Arabia Saudita y Yemen?
¿Qué dejó tras de sí el Terrorismo de Estado en América Latina? Además de muertos, sólo sociedades empobrecidas y países ahogados por una inmensa deuda externa contraída durante esos gobiernos autoritarios.
Pero la violación del “no matarás” no sólo genera víctimas y agrava todos los problemas sociales, también deja una estela que transforma en algo indeseable todo lo que toca; es como una maldición de la que resulta imposible escapar.
Por estos días, una visita de legisladores oficialistas a genocidas que cumplen su condena en una cárcel se transformó en un escándalo de imprevisibles consecuencias. Una de las diputadas participantes de esa visita denunció a sus pares, pero no sólo a ellos, sino que develó una trama de corrupción e impunidad de la que participan jefes del servicio penitenciario, exjueces, un sacerdote y que contaría con el visto bueno de la ministra de Seguridad de la que dependen los establecimientos carcelarios.
En Córdoba, el asesinato de la madre de un hijo de desaparecido se ve envuelto en características escalofriantes relacionadas con aquella desaparición, donde se hace difícil, dentro de ese horror, determinar causas y responsabilidades, acontecimientos del pasado y del presente, e interpretar la sospecha de que su propio hijo podría estar relacionado con esa muerte.
La sociedad argentina les brindó a los genocidas la posibilidad de ser juzgados por sus crímenes, beneficio que ellos no ofrecieron a sus víctimas. A pesar de que aquellos nunca expresaron arrepentimiento por sus actos y tampoco colaboraron con información sobre el destino de miles de desaparecidos, el propio hecho de haber sido legalmente condenados abrió a la sociedad argentina la posibilidad de un nuevo comienzo, a pesar de esas heridas dolorosas.
Los acontecimientos de estos días muestran que los irresponsables intentos del gobierno de ultraderecha de Argentina de volver atrás en las decisiones tomadas por la justicia y tergiversar la memoria histórica transformando a criminales en héroes, no tendrá como resultado nada bueno.
Si no se respeta el “no matarás”, el olor de la muerte volverá a reinar sobre la Argentina, Y créanme, no es un olor agradable.
Agosto de 2024. emiliopauselli@gmail.com